POR FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL
Mamá corría con sus achaques de asma y su pierna de elefante apoyada en su bastón por el empedrado exterior de la casa de madera con su absurdo pesimismo, su miedo a los huracanes, que entre julio y noviembre azotan el Caribe, y el delirio tremen de Salomé recostada en el patio, cerca del jardín de flores y geranios y la pequeña pila de agua dispuesta como bebedero. ¿Qué hora es?, me pregunta tocándose suavemente la barbilla con la punta de sus dedos. Mira fijamente a Salomé cuando se acerca al rosal y Salomé la mira a ella con los parpados caídos, cabeceándose, dominada por la gravedad, dormitando, mientras Mamá intenta alcanzar el picaporte de la puerta de atrás que da al patio para entrar a la casa, primero empujando la antepuerta de hierro que sirve de protección y que tiene dos candados quitados, el de la trabilla de abajo y el de la de arriba, antes de que yo le responda que son las once de la noche.
De frente, Salomé y Mamá se volvieron a mirar un poco de soslayo, ignorando esta vez mi presencia. Mamá se dirige a Salomé glosando algunas palabras breves, sin dejar de pensar en las viejas madrugadas que la llevaban en una larga y sinuosa carretera a Santo Domingo, atravesando los Cuatro Vientos, en los viejos cuentos de un abuelo español de origen catalán, mal humorado y bohemio, que llegó de conquistador colonial con arcabuz y todo y una criada con prominentes glúteos, descendiente de una esclava, mandinguera, proveniente del golfo de Guinea, que leía tazas de café y anunciaba viajes, dinero y sorpresas y que por casualidad, los dos se juntaron en un punto de la isla y se matrimoniaron.
Mamá le dice con tono suave y enérgico a Salomé que ya es tarde para estar a la intemperie, que va a pescar una gripe, que es hora de entrar a las habitaciones, colocar los cuadernos, el uniforme de caqui y los libros de la escuela en la mesita de noche, arreglar impecable la cama, colocar el mosquitero y acostarse, porque mañana tendrás que levantarte temprano para ir a la escuela a cumplir con tus deberes, que la noche es corta en verano.
Salomé no la oye, o no le pone caso y me mira entre nubes a mí, vencida por el sueño desde el lecho de zarcillos y gramas que bordean el jardín. Mamá no recibe respuesta y parece enojarse. Salomé sigue igual, impertérrita, como si nada, con su expresión de muñeca de cera.
Salomé está tendida larga y delgada como un cocotero tumbado en la grama; escucha leve en un lugar lejano, entre la vida y la nada, el grillo que mora en un lugar exacto de los infinitos intersticios del tronco del árbol que está a su espalda.
Mamá se mueve como pez en el agua en el interior de la casa, evocando los sueños de Papá y viejos fantasmas haitianos que acompañaron sus noches en la Frontera.
Esa luz que vez allá en la lejanía -grita- son los ojos grandes del dinosaurio, es él. Está en el bosque y viene para acá, avanzando.
Está realmente oscuro. Pienso que va a llover. Hay calor y humedad. Las nubes están preñadas de agua y forman cúmulos negros y redondos. En las lomas cercanas está lloviendo y lo sabemos por el olor a tierra mojada que inhalamos intensamente, los truenos y rayos que inquietan la noche, la humedad y la brisa fresca de los vientos alisios que nos llegan de la sierra por el Norte. Mamá que ya está dentro de la casa, arreglando algunas cosas, le ordena con insistencia a Salomé que se levante.
Salomé sigue acostada en la grama como si nada. Es una niña inquieta y consentida, es la última de tres, apenas tiene diez años, pero esta vez el sueño la ha vencido y sueña a voz de cuello con un dinosaurio que se acerca corriendo veloz por el bosque con la cerviz levantada, amenazando con su carrera de dientes y colmillos gigantes alojados en su potente mandíbula, listos para morder o aplastar en el asalto oportuno, con su larga cola y sus ojos vidriosos, alumbrando como dos faroles de barco navegando bajo la lluvia pertinaz que en estos momentos cae sobre la ciudad y empapa de agua a Salomé que empieza lentamente a despertar, claro, sin inmutarse.
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