martes, 30 de junio de 2009

EL GOLPE DE ESTADO AL PRESIDENTE ZELAYA

Honduras tiene una situación particular. Es uno de los últimos reductos del imperialismo norteamericano de la guerra fría que sirvió de escuela en la base militar norteamericana de Comayagua a todos las políticas militaristas que se pusieron en practica en América Latina basadas en la doctrina de la seguridad nacional Y aplicadA por Estados Unidos EN nuestros países, especialmente en Centro América y el Caribe. En ese sentido, las fuerzas armadas hondureñas gozaron siempre de independencia frente al poder ejecutivo y muchas veces eran narigoneadas por fracciones de la burguesía terrateniente y comercial de ese país vinculadas con las compañías transnacionales. En ese sentido, el poder ejecutivo devino entonces en una fuerza relativizada bajo el control de los militares y las empresas vinculadas al imperialismo norteamericano y europeo. Es por esa razón que cuando se produjo la reforma política impulsada por la Agencia Internacional para el Desarrollo (USAID), el ejecutivo quedó con menos poder que el que tradicionalmente tenía, ya que los poderes del Estado no fueron relativizados a modo de contrapeso uno del otro, sino que por el contrario, se creó el poder electoral y se reforzaron los poderes legislativos y judiciales como si cada de esos poderes fueran islas separadas por un gran océano, quitándole así independencia al poder ejecutivo hasta para destituir un jefe militar. En medio de esa situación y frente a una burguesía terrateniente relacionada con empresas agropecuarias de capital norteamericano y con un sesgo ideológico decididamente oligárquico, el presidente Manuel Zelaya inicia un vuelco en sus relaciones políticas desde el gobierno, abriendo a su país a las nuevas corrientes del pensamiento político vigente en América Latina.

En ese contexto se produce un fuerte forcejeo de poderes con el ejecutivo con la propuesta del presidente Zelaya de que se incluyera la cuarta urna en las elecciones de noviembre y donde se pretendía consultar a la población si aceptaba o rechazaba la inclusión del referéndum en la constitución hondureña y que más tarde conduciría a una reforma constitucional. Esta propuesta, aparentemente simple, desató la cólera de los militares y los poderes legislativos, congresionales y electoral por la simple sospecha de que el presidente Zelaya estaba armando un proyecto reeleccionista al estilo Chávez, Morales o Correa que pondría en peligro, ¡valga la paradoja!, los valores democráticos tradicionales en la sociedad hondureña. Aunque en el fondo de todo este golpe de sables el problema que motivaron esas contradicciones reside en la resistencia a la perdida de poder que podría ocurrir con la reforma constitucional por parte de los poderes aludidos en este comentario.

Al día de hoy martes 30 de junio, un día después de la reunión de los mandatarios del Sistema Centro Americano (SICA) y de Río en Managua y de los pronunciamientos del presidente de Estados Unidos Barak Obama, de la Unión Europea, del Consejo Permanente de Naciones Unidas y de su secretario general Ban Kim Moon, prácticamente aíslan a Honduras del resto del mundo, más las movilizaciones populares que en estos momentos se están llevando a cabo en todo el territorio hondureño en repudio al golpe de estado, lo que se espera es que los usurpadores del poder puedan convencerse de que su aventura no prosperará, o por el contrario, a través de un fino trabajo de inteligencia o por dinámica propia, se produzcan fisuras importantes en el mando militar que facilite el lanzamiento de una campaña de contragolpe que tenga como objetivo el regreso del presidente Manuel Zelaya.

lunes, 29 de junio de 2009

EN POCAS PALABRAS (SEGUNDA PARTE)

POR FERNANDO FERNANDEZ DUVAL


Llegó el pájaro silencioso en la noche oscura y se llevó en sus alas el sueño tirado en la almohada.

V

Cuando el carcelero abrió febrilmente la celda a su cargo, la libertad quedó enclaustrada entre las rejas.

VI

Los amantes taciturnos departieron su amor sobre la cama, sin dejar rastros de su agonía.

VII

Al caballo negro de Napoleón le cayó la nieve del crujiente invierno y jadeante de frío, se pintó de blanco en Waterloo.

VIII

Cayeron derribados de ignominia el mentiroso y el manipulador, sin encontrar por fin quien le contara una verdad.

VIII

Murió mi tía un distante y frío diciembre un sábado en la tarde, y en la soledad de su tumba nacieron flores.

REFLEXIONES DEL COMPAÑERO FIDEL

En la reflexión escrita la noche del jueves 25, hace tres días, dije: "Ignoramos qué ocurrirá esta noche o mañana en Honduras pero la conducta valiente de Zelaya pasará a la historia."
Dos párrafos antes había señalado: "…Lo que allí ocurra será una prueba para la OEA y para la actual administración de Estados Unidos."
La prehistórica institución interamericana se había reunido al otro día en Washington, y en una apagada y tibia resolución prometió realizar las gestiones pertinentes de inmediato para buscar una armonía entre las partes en pugna. Es decir, una negociación entre los golpistas y el Presidente Constitucional de Honduras.
El alto jefe militar, que seguía al mando de las Fuerzas Armadas hondureñas, hacía pronunciamientos públicos en discrepancia con las posiciones del Presidente, mientras solo de modo meramente formal reconocía su autoridad.
No necesitaban los golpistas otra cosa de la OEA. Les importó un bledo la presencia de un gran número de observadores internacionales que viajaron a ese país para dar fe de una consulta popular, a los cuales Zelaya habló hasta altas horas de la noche. Antes del amanecer de hoy lanzaron alrededor de 200 soldados profesionales bien entrenados y armados contra la residencia del Presidente, los que apartando rudamente la escuadra de la Guardia de Honor secuestraron a Zelaya, quien en ese momento dormía, lo conducen a la base aérea, lo montan por la fuerza en un avión y lo transportan a un aeropuerto en Costa Rica.
A las 8 y 30 de la mañana, conocimos por Telesur la noticia del asalto a la Casa Presidencial y el secuestro. El Presidente no pudo asistir al acto inicial de la consulta popular que tendría lugar este domingo. Se desconocía lo que habían hecho con él.
La emisora de televisión oficial fue silenciada. Deseaban impedir la divulgación prematura de la traicionera acción a través de Telesur y Cubavisión Internacional, que informaban de los hechos. Suspendieron por ello los centros de retransmisión y terminaron cortando la electricidad a todo el país. Todavía el Congreso y los altos tribunales envueltos en la conspiración no habían publicado las decisiones que justificaban la conjura. Primero llevaron a cabo el incalificable golpe militar y luego lo legalizaron.
El pueblo se despertó con los hechos consumados y comenzó a reaccionar con creciente indignación. No se sabía el destino de Zelaya. Tres horas más tarde, la reacción popular era tal que se vio a mujeres golpeando con el puño a los soldados, cuyos fusiles casi se les caían de las manos por puro desconcierto y nerviosismo. Inicialmente sus movimientos parecían los de un extraño combate contra fantasmas, más tarde trataban de tapar con las manos las cámaras de Telesur, apuntaban temblorosos sus fusiles contra los reporteros, y a veces, cuando la gente avanzaba, los soldados retrocedían. Enviaron transportadores blindados con cañones y ametralladoras. La población discutía sin miedo con las dotaciones de los blindados; la reacción popular era asombrosa.
Alrededor de las 2 de la tarde, en coordinación con los golpistas, una mayoría domesticada del Congreso depuso a Zelaya, Presidente Constitucional de Honduras, y designó un nuevo Jefe de Estado, afirmando al mundo que aquel había renunciado, presentando una firma falsificada. Minutos después, Zelaya, desde un aeropuerto en Costa Rica, informó todo lo ocurrido y desmintió categóricamente la noticia de su renuncia. Los conspiradores hicieron el ridículo ante el mundo.
Otras muchas cosas ocurrieron hoy. Cubavisión se dedicó por entero a desenmascarar el golpe, informando todo el tiempo a nuestra población.
Hubo hechos de carácter netamente fascista, que no por esperados dejan de asombrar.
Patricia Rodas, la ministra de Relaciones Exteriores de Honduras, fue después de Zelaya el objetivo fundamental de los golpistas. Otro destacamento fue enviado a su residencia. Ella, valiente y decidida, se movió rápido, no perdió un minuto en denunciar por todos los medios el golpe. Nuestro embajador había hecho contacto con Patricia para conocer la situación, como lo hicieron otros embajadores. En un momento determinado les solicitó a los representantes diplomáticos de Venezuela, Nicaragua y Cuba reunirse con ella, que, ferozmente acosada, necesitaba protección diplomática. Nuestro embajador, que desde el primer instante estaba autorizado a brindar el máximo apoyo a la Ministra constitucional y legal, partió para visitarla en su propia residencia.
Cuando estaban ya en su casa, el mando golpista envió al mayor Oceguera para arrestarla. Ellos se pusieron delante de la mujer y le dicen que está bajo protección diplomática, y solo se puede mover en compañía de los embajadores. Oceguera discute con ellos y lo hace de forma respetuosa. Minutos después penetran en la casa entre 12 ó 15 hombres uniformados y encapuchados. Los tres embajadores se abrazan a Patricia; los enmascarados actúan de manera brutal y logran separar a los embajadores de Venezuela y Nicaragua; Hernández la toma tan fuertemente por uno de los brazos, que los enmascarados los arrastran a los dos hasta una furgoneta; los conducen a la base aérea, donde logran separarlos, y se la llevan. Estando allí detenido, Bruno, que tenía noticias del secuestro, se comunica con él a través del celular; un enmascarado trata de arrebatarle rudamente el teléfono; el embajador cubano, que ya había sido golpeado en casa de Patricia, le grita: "¡No me empujes, cojones!" No recuerdo si la palabra que pronunció fuese alguna vez utilizada por Cervantes, pero sin duda el embajador Juan Carlos Hernández enriqueció nuestro idioma.
Después lo dejaron en una carretera lejos de la misión y antes de abandonarlo le dijeron que, si hablaba, podía sucederle algo peor. "¡Nada es peor que la muerte!", les respondió con dignidad, "y no por ello les temo a ustedes." Los vecinos de la zona lo ayudaron a regresar a la embajada, desde donde de inmediato se comunicó otra vez con Bruno.
Con ese alto mando golpista no se puede negociar, hay que exigirle la renuncia y que otros oficiales más jóvenes y no comprometidos con la oligarquía ocupen el mando militar, o no habrá jamás un gobierno "del pueblo, por el pueblo y para el pueblo" en Honduras.
Los golpistas, acorralados y aislados, no tienen salvación posible si se enfrenta con firmeza el problema.
Hasta la señora Clinton declaró ya en horas de la tarde que Zelaya es el único Presidente de Honduras, y los golpistas hondureños ni siquiera respiran sin el apoyo de Estados Unidos.
En camisa de dormir hasta hace unas horas, Zelaya será reconocido por el mundo como el único Presidente Constitucional de Honduras.

Fidel Castro Ruz
Junio 28 de 2009

Golpe en Honduras ROBERTO MICHELETTI Nuevo presidente hondureño: Entre la oligarquía y la política

P. ORDAZ - Tegucigalpa - El País 30/06/2009

La consigna del nuevo presidente hondureño es decirle al mundo: oigan, están equivocados, lo que sucedió aquí el domingo no fue un golpe de Estado. Pero para esa misión imposible haría falta un prestidigitador del idioma cruzado con un líder carismático, y no parece que Roberto Micheletti se acerque a ese perfil. De hecho, el nuevo mandatario, que ha pasado 30 de sus 60 años sentado en su escaño de diputado del Partido Liberal, tiene dificultades con la oratoria y una predisposición a la ira en cuanto se le lleva la contraria. Esto último tal vez sea debido a la falta de costumbre. Porque sabido es que, en Honduras, la oligarquía no sólo mueve eficazmente los hilos de los políticos, sino también los de los jueces, los militares y, con especial eficacia, los de los medios de comunicación.

La representación más gráfica de todo esto se pudo contemplar la tarde del domingo, minutos después de que el Congreso suspendiera -por unanimidad- al derrocado presidente Zelaya y eligiera como sucesor -también por unanimidad- al citado Micheletti. Fue entonces cuando éste compareció muy ufano ante los medios de comunicación, flanqueado por los presidentes del Tribunal Supremo Electoral, la Corte Suprema y, atención al dato, de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. Ninguno habló, pero todos asintieron complacidos a sus reflexiones. Quienes sí tomaron la palabra fueron los periodistas hondureños, pero sus preguntas no fueron para averiguar quién dio la orden de secuestrar al presidente o de qué se acusa a la ministra de Exteriores, también detenida y deportada. Por lo único que tenían curiosidad los medios de comunicación era por los planes de Micheletti para combatir el dengue y otros asuntos de parecida importancia. Micheletti contestaba complacido. Hasta que, de pronto, los periodistas llegados de fuera empezaron a plantear cuestiones menos cómodas.

-Señor presidente, militares encapuchados secuestran a punta de fusil al presidente democráticamente elegido y lo sacan en pijama del país. Usted dice que eso no es un golpe de Estado. ¿Me podría decir, por favor, qué es?

Micheletti, empresario del transporte además de diputado, se enfada. Esgrime un ejemplar de la Constitución y se lo enseña con malas pulgas al periodista extranjero: "Usted no se ha leído nuestra Constitución, ¿verdad? Pues la Constitución no puede ser pisoteada por nadie. Por eso el Ejército detuvo a Zelaya. Y lo volverá a hacer si otro presidente hace lo mismo". Y, para evitar más impertinencias, Micheletti, flamante presidente de Honduras, se levanta y se va.

domingo, 7 de junio de 2009

¿HEMOS DECRETADO UN ADIOS A LA MEMORIA?

Por Virgilio López Azuán

(dominicano, nacido en Azua. Es uno de los pricipales escritores jóvenes de nuerstro país. Con este artículo, Toq engalana su espacio.)

La celeridad de los tiempos hace que todo en la vida pase como un flash, como un destello fugaz que se escapa, que se pierde en horizontes a penas acabados de construir. A todos los hechos se les pasa como un rodillo y quedan aplanados, atisbados en los rincones del olvido.
Es así. Cualquier cosa que pase en este momento ya en fracciones del tiempo es sustituido por otro hecho recién acabado, recién suscitado: Un presidente que siendo obispo se le destapan varias mujeres con hijos clandestinos, violando los preceptos y los principios que sustentan la fe católica; una epidemia de gripe, la elección de un presidente negro, el asesinato de un personaje famoso, el uso de esteroides de Alex Rodríguez y Manny Ramírez, los amoríos del Padre Alberto o la última tecnología de Microsoft.
Todo eso se olvida en un instante. Los valores y los principios de la humanidad son estremecidos a cada momento. En fin, no tenemos tiempos para reflexionar, no nos queda tiempo para nada, y mucho menos para conspirar.
La sobre población mundial, el avance de la tecnología, las amenazas de enfermedades, del terrorismo, de la guerra biológica y la descomposició n moral les han dado un giro al pensamiento individual y social de esta humanidad. En este nuevo milenio estamos programados para olvidar. Es el tiempo de la desmemoria, de olvidos extraños.
Estamos como diríamos: condenados al olvido. Todas las ansias se hacen y se deshacen en un instante; la ilusión, la esperanza, los éxitos, los fracasos; las subidas y las bajadas, duran poco. Es como si estuviéramos en una vorágine que ha traído el siglo con sus pasos tecnológicos.
Ahora, ¿qué quedará después de todo, qué cosas no podremos olvidar? No sabemos. Ya en la primera década del siglo XX el filósofo, -y en cierta forma, la odiada conciencia de entonces-, Friedrich Nietzsche, llegó a declarar: "Dios ha muerto". Y esta filosofía estremeció los linderos de la intelectualidad de entonces e incluso de hoy en día. Era la desmitificació n de Dios, la desacralizació n de esa omnisapiente y omnipresente presencia divina. Hoy se ha ido más lejos, valores y principios sociales, políticos, divinos, filosóficos, humanos, han colapsados.
No creo que dados estos juicios se pueda decir que estamos en franca decadencia como aseguran algunos fatalistas, pesimistas y deterministas. En el pensamiento de la humanidad, esto que llamamos mundo, debería haber llegado a su final al inicio del tercer milenio. Ya recordarán los pánicos causados por el famoso y anunciado virus informático Y2K. Si revisamos la historia veremos el pavor de las personas cuando en el año 999 se esperaba la llegada del segundo milenio, y el mundo siguió campante. Los hechos que recordaremos serán aquellos que trasciendan los siglos y los milenios. No recordaremos más nada.
La producción de conocimiento es cada vez más abundante, y se tiene la certeza de que todavía la humanidad producirá más y más conocimientos. Existe esa tendencia con una proyección geométrica, gracias a la tecnología y a las bases del pensamiento científico y artístico que sustentan las ideas del mundo actual.
Después de todo quedará para que no se olvide, dirían los religiosos, "el espíritu de Dios moviéndose sobre las aguas". Eso no se olvidará. Quedarán las leyes de la naturaleza, las infalibles leyes que el hombre no será capaz de "esencinar" de asesinar su esencia.
Entonces, todos los días combatiremos en contra de los olvidos, para no perder nuestra identidad, nuestro ente. Esa será una de las grandes tareas de las futuras generaciones. Los "cerebros" son y serán los grandes sitios de almacenamiento de datos que son capaces de acumular informaciones, corriendo el riesgo de que a futuro los dispositivos tecnológicos puedan presentar desperfectos y desaparezcan fragmentos de la historia de la humanidad.
¿Saben ustedes cuántas informaciones se perdieron con los incendios de la Biblioteca de Alejandría? Nadie lo sabrá nunca. Aunque valiosos textos pudieron ser rescatados del siniestro y otros desastres, el conocimiento acumulado por generaciones se perdió para siempre. Bueno, sólo hay que imaginarse como han influido en el pensamiento de la humanidad, principalmente en el mundo occidental, aquellos aportes de la cultura helénica.
Entonces, en el mundo de hoy la velocidad con que ocurren los hechos y las cosas contribuyen con la desmemoria no solo individual, sino colectiva. Los principios corren riesgos de muerte, los valores que no son naturales sufren catarsis, trasformaciones que pasman ante la vista de todos. La expresión: "Ya nada es igual que antes", toma relieves de altas dimensiones. Las pérdidas de dogmas de fe que sustentaban principios y valores, las creencias que han sido trasformadas en conocimientos, han empujado a la desacralizació n de las cosas, a quitarle esos rasgos de divinidad que por tantos siglos se han atesorado y que en mucho de los casos se han utilizado como forma de poder para la explotación del hombre por el hombre.
Quizás los vaticinios o las ideas proféticas que señalan los libros sagrados, tomen más relieve, principalmente lo que respecta al fin del mundo, por aquello de que en los últimos tiempos se verá de todo y que la llegada de Cristo, -en el caso del cristianismo- , está a la vuelta de la esquina y entrará como un ladrón en la noche.
Los olvidos y la desmemoria son tan grandes que ya nadie mira para el continente africano, ya ha sido tan explotado, que algunos tratadistas lo consideran como el continente perdido. O sea, que no importa mucho, cuantas personas se mueran en Sudán o en Etiopía, ya eso no nos sorprende porque con la celeridad de las cosas, con la vorágine del mundo, la capacidad de asombro se está perdiendo. Y cuando perdemos la capacidad de asombro, perdemos el amor a la sabiduría, el apego al pensamiento trascendente, porque en el asombro encontramos el caldo de cultivo para filosofar.
Todo este proceso de desmemoria individual y colectiva no se registra al unísono en todas las culturas, por ejemplo en Europa y todo el mundo occidental sucede con más velocidad que en el mundo islámico, con aquello de los principios del fundamentalismo, que dicho sea de paso, puede que alcance niveles de extremo en los ámbitos del llamado desarrollo a escala humana.
El mundo de la tecnología, nos ha puesto en las manos dispositivos capaces de almacenar millones de documentos, e informaciones que podemos llevar en un bolsillo o colgado del pecho con un cordón, hilarantemente a ese dispositivo se le llama "Memoria". Entonces, ya la memoria pasa de nuestro cerebro a un dispositivo. El uso de esa maravillosa función cerebral está siendo obsoleto, a pesar de que la neurociencia está cada día descubriendo maravillas en nuestros hemisferios cerebrales.
La capacidad de retener imágenes, ideas, conceptos, cada vez es más exigente. La preparación para vivir en el mundo de hoy es cada vez más competitiva, es como una carrera al que sepa más o al que tenga más acceso a la gran memoria de la información y las redes de comunicación, que nos acelera, y nos lanza por un túnel del que no somos capaces de tornar, porque nos lame los sentidos nos succiona, nos zampa, y, sobre todo, nos despersonaliza a cada instante.
Ahora ¿qué vamos a hacer con esta realidad? Grupos humanos, sectores sociales y culturales, y entes individuales que han percibido o intuido estos fenómenos de desmemorizació n, han optado por el rescate de los patrimonios monumentales, históricos y culturales. Es como si su consigna fuera: "Volver a la raíz", y se han organizado para rescatar, preservar y difundir los orígenes, como una forma de que ideas ancestrales permanezcan vivas en las puertas de la memoria humana. Los que hacen este tipo de actividad tienen carácter revolucionario, gozan de una gran motivación y casi siempre adolecen de financiamiento para sus proyectos.
El fenómeno de la desmemoria puede ser contaminante, capaz de trasmitirse de persona a persona, de sociedad en sociedad. El olvido se puede constituir en algo inmanente, porque cada vez más la humanidad asiste a la puesta en escena de otras formas de motivación y maneras de vivir que son más motivantes.
Antes, cuando la humanidad estaba segregada, los grupos humanos apartados, en los tiempos de los inicios la escritura, todo era memoria, la historia de los pueblos se construía con la memoria oral. Versos, capítulos y grandes párrafos de los libros sagrados nos llegaron por la maravilla de la memoria del hombre. Aunque no tengo información terminada intuyo que muchos libros que se perdieron en el incendio de la Biblioteca de Alejandría pudieron haberse reconstruido con la memoria oral de los pueblos y sus autores.
Ojalá que no decretemos un adiós a la memoria, porque ¿Saben ustedes por qué me surgió escribir este artículo?, porque pasé mucho rato tratando de recordar de manera completa y sin ir al Internet, y no lo logré, un poema que me apasiona de Sor Juana Inés de la Cruz que dice: "Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón, /sin ver que sois la ocasión/de lo mismo que culpáis:"
Y ya ustedes ven, escribí este artículo completo y se me perdieron en la memoria, no solo los versos, sino Sor Juan Inés de la Cruz, completamente.

EL ESTADO HA VUELTO... Y A LO GRANDE

PAUL KENNEDY
EL PAIS 07/06/2009

(Paul Kennedy ocupa la cátedra J. Richardson de Historia y es director de Estudios sobre Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. Está escribiendo una historia de la Segunda Guerra Mundial).


Hace unos 500 años, en algunas zonas de Europa occidental, ocurrió algo curioso en la sociedad humana. En vez de pequeñas unidades territoriales -ducados, principados, ciudades libres, áreas gobernadas por caudillos anárquicos y fronteras llenas de violencia- aparecieron varias naciones-Estado (España, Francia, Inglaterra y Gales), cuyos Gobiernos poseían poderes extraordinarios: el monopolio del ejército y la policía, el derecho a recaudar impuestos y el establecimiento de estructuras uniformes de gobierno, además de una asamblea nacional, una lengua común, una bandera, un sistema de correos y todos los demás atributos de la soberanía que los 192 miembros actuales de la ONU dan por descontados.

Para los trabajadores que han perdido su empleo el castigo sufrido por los ricachones no es suficiente. Había llegado el Estado nacional, y el mundo nunca volvería a ser el mismo.

Pero ese Estado nunca careció de enemigos ni de críticos, entre ellos los numerosos intelectuales que se atrevieron a predecir su desaparición. Por ejemplo, Karl Marx profetizó que el éxito futuro del comunismo internacional llevaría de forma inevitable al "desvanecimiento gradual del Estado". También los partidarios de una Federación Mundial en los años cuarenta del siglo XX propugnaron la instauración de varias formas de gobernanza mundial, incluido un Parlamento de toda la humanidad.

Más recientemente -y esto nos aproxima al tema de este artículo-, los defensores del capitalismo de libre mercado sin ningún tipo de control dijeron que el mundo estaba convirtiéndose en un bazar único en el que los Gobiernos eran cada vez más ineficaces, las guerras y los conflictos eran una cosa del pasado, la guerra fría era una curiosidad histórica y las finanzas cosmopolitas eran la fuerza dominante en los asuntos internacionales.

Los lectores recordarán libros con títulos tan sugerentes como El mundo sin fronteras (Kenichi Ohmae, 1990) y provocadores artículos sobre El final de la historia (Francis Fukuyama, 1989) como ejemplos de este tipo de pensamiento. Si había un grupo de actores al que perteneciera el mundo, era a los juveniles banqueros de Goldman Sachs, los capitalistas de riesgo y los jadeantes economistas del laissez-faire. El Estado se había quedado anticuado, sobre todo en sus variantes más grandes.

Pues bien, dos grandes erupciones de principios del siglo XXI han puesto en tela de juicio la hipótesis de que ya no necesitamos ni tenemos que prestar atención a lo que los conservadores estadounidenses llaman, con desprecio, el "gran gobierno".

La primera fueron los atentados terroristas del 11-S. Aquellas acciones mortales e inesperadas por parte de unos actores no estatales hirieron profundamente a la nación más poderosa de la tierra y la empujaron a llevar a cabo una increíble variedad de respuestas contra Al Qaeda y los talibanes. Todas las medidas de seguridad, la enorme acumulación de datos sobre cada ciudadano, la comunicación de informaciones de inteligencia nacional con otros Estados y las medidas coordinadas contra las cuentas bancarias sospechosas y los artículos prohibidos fueron algunas de las muchas consecuencias de la llamada guerra contra el terror. (Como nota personal, este artículo lo he escrito durante un viaje reciente alrededor del mundo en el que siempre estuvo presente el "Estado"; en el aeropuerto de Roma tuve que pasar tres controles de seguridad. Hace 20 años, habría resultado increíble).

Si a esos miedos al terrorismo unimos el inmenso malestar sobre la inmigración ilegal y las medidas contra ella, tenemos la impresión de que el "mundo sin fronteras", si es que alguna vez existió, se ha visto sustituido por controles gubernamentales y exhibiciones de autoridad en todas partes.

El segundo acontecimiento desafortunado y aterrador ha sido la crisis financiera internacional de 2008-2009, en la que la irresponsabilidad generalizada en el mercado de las hipotecas basura de Estados Unidos ha causado una onda expansiva que ha alcanzado a todo el mundo.

Se pueden decir muchas cosas sobre esta convulsa situación, pero una de las más importantes es seguramente cómo ha humillado a quienes el novelista estadounidense Tom Wolfe llamó con sarcasmo "los Amos del Universo", es decir, los banqueros, los asesores de fondos de inversión y los falsos profetas de un índice Dow Jones en crecimiento constante. También han acabado aplastadas algunas de las entidades financieras más venerables y distinguidas. Para las personas que han perdido sus casas o han visto cómo se diezmaban sus ahorros y sus pensiones, la humillación pública de banqueros y consejeros delegados que hemos presenciado durante el último año no es más que un triste consuelo parcial. Para los millones de trabajadores que han perdido sus empleos o se han visto forzados a reducir sus jornadas de trabajo debido a la recesión mundial, el grado de castigo de los ricachones no es, ni mucho menos, suficiente.

Pero eso no es lo que quiero dejar claro aquí. Lo que quiero decir es que el mundo del capitalismo de libre mercado sin control se ha encontrado con un final brusco y escalofriante y que el Estado ha tenido que intervenir para hacerse con el control de la situación tanto económica como política.

En varias partes del mundo, por supuesto, el Estado nunca se quitó de en medio, y a finales de los noventa ya había indicios de que estaba aumentando sus poderes en países tan distintos como Rusia, China, Venezuela y Zambia. Pero lo que resulta más llamativo es el reciente vuelco en las economías que hasta ahora se regían por el mercado, sobre todo en Estados Unidos.

Ver a los principales banqueros estadounidenses interrogados una y otra vez en los comités del Congreso, ver cómo sus empresas están sujetas a "pruebas de estrés" gubernamentales, enterarnos de que sus salarios y primas van a tener en el futuro un "tope", es ver cómo se derriba a unos gigantes. Y es un poderoso recordatorio de la fuerza latente del Estado-nación.

Lo mismo ocurre, lógicamente, en la esfera internacional. ¿Quiénes son hoy los Amos del Universo: los señores del capital privado, cuyas limusinas y cuyos helicópteros entraban y salían cada año del Foro Económico Mundial en Davos, o los adustos responsables de nuestros principales ministerios de Hacienda y bancos centrales? La respuesta es evidente.

Hasta las grandes instituciones financieras mundiales bailan al son que les marcan sus amos políticos, es decir, los Gobiernos que más voz tienen en ellas. Tal vez el Fondo Monetario Internacional vaya a disponer de unos cuantos cientos de miles de millones de dólares más para ayudar a las economías dañadas y las divisas en bancarrota, pero ¿quién lo ha autorizado?

Por supuesto, un grupo de gobiernos nacionales que comprendieron la necesidad de rescatar el sistema financiero mundial. Da igual que lo decidiera el viejo G-7 o el nuevo G-20 en su reciente reu-nión de Londres; el caso es que fue claramente un G-algo, es decir, fue una acción de "gobierno".

En resumen, el Estado ha vuelto a primera fila (si es que alguna vez dejó el teatro, y no estaba meramente descansando entre bambalinas). En la mayoría de los países, la parte gubernamental del PIB está aumentando sin cesar, en consonancia con el gasto oficial y las deudas nacionales. Todos los caminos parecen llevar al Congreso, o el Parlamento, o el Bundestag; o al Banco Popular de China. Los mercados observan con ansiedad el menor indicio de alteración de los tipos de interés o cualquier afirmación, por muy calculada o torpe que sea, sobre la fortaleza del dólar estadounidense.

Todas estas cosas no habrían sorprendido a los reyes Valois de Francia, ni a los monarcas Tudor, ni a Felipe II de España. Al final, y para utilizar una frase favorita del presidente Harry Truman, "la responsabilidad es mía". Es decir, de los líderes políticos, que, elegidos o no, son quienes suelen tener las riendas del poder.

Era una locura pensar que esa vieja verdad ya no era válida en los últimos años, sólo por las especulaciones de algunos responsables de fondos alternativos y unos cuantos banqueros excesivamente ambiciosos.