FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL
I
El viejo avión bimotor, aterrizaba ya tarde con personal de auxilio, medicamentos, víveres y todo tipo de avituallamiento, después que el río inundara una noche al pequeño poblado y se lo llevara hasta el mar junto a su gente, sus casas, sus cosechas y sus animales.
II
El temor que producía a la población de su país el pequeño, silencioso y nonagenario tirano, inteligente, ciego, tembloroso y doblado en su sillón personal como un inofensivo guiñapo, no era precisamente su iracundo y rabioso estado de ánimo, sino su sospechosa y maléfica sonrisa de que sucedería lo peor.
III
El audaz e influyente funcionario palaciego, que se las arregla para posar en las ceremonias oficiales y aparecer sonriente en las fotografías full color de los periódicos nacionales al día siguiente, al lado del presidente de la República y su señora esposa, la Primera Dama, del cardenal y los obispos en los tedeum en la Catedral Primada de América, de algún empresario exitoso miembro directivo de la Cámara Americana de Comercio, del embajador de Estados Unidos los 4 de julio, del Secretario de Estado de las Fuerzas Armadas y del Jefe de la Policía Nacional, se quedó anonadado, preocupado y terriblemente asustado cuando el humilde, analfabeto y flaco campesino montaraz, oriundo de un pequeño pobladito de la región Sur del país, le cruzó por el lado sin darle importancia y lo miró de soslayo como si nada, es decir, como si no existiera.
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