martes, 15 de marzo de 2011

LA MUERTE ENTRE LA FILOSOFIA Y LO TRAGICO

Mi madre ha muerto y me duele su muerte, como si fuera la mía/ mi madre ha muerto y yo he muerto también con ella/ ¿cómo vivir sin ella?, ¿cómo pensarla en la muerte cuando le doy vida para que viva más allá de la muerte? Fernando Fernández Duval


Este acontecimiento que marca nuestras vidas para siempre, nos invita a reflexionar profundamente acerca de la muerte; reflexión que solo tiene sentido en la medida que nos permita cambiar nuestra valoración acerca de la vida, porque muchas veces uno se pregunta, ¿entonces, para qué vivimos?, ¿para que hacemos esto o aquello si de todas maneras vamos a morir? Frente a estas preguntas, surgen infinidades de enfoques que intentan dar respuestas al fenómeno de la muerte, incluyendo la negación de la muerte desde el enfoque en que la percibimos, influenciada por las religiones, que ofrecen nuevas vidas después de la muerte, como la transmutaciones y la vida eterna, como recompensa. Como nadie ha podido revelarnos el misterio de la muerte, porque, como decían los epicureos, cuando uno muere ya no está, todos estos enfoques son simples especulaciones que solo inducen a la meditación. Para que los lectores de este blog puedan plantearse la muerte desde una reflexión filosófica o teológica, dejamos pues la siguiente reflexión de Sergio Espinosa publicada en Antropomorfo del 15 de abril 2008; a saber:


LA MUERTE: ENTRE LA FILOSOFÍA Y LO TRÁGICO



Pasan Dioses, Mesías que son dioses,Y los sueños que son también Mesías:La tierra calla y dura.Ni Dioses, ni Mesías, ni las vanasIdeas y sus rosas: las que tengoSon mías, ¿qué más quiero?Fernando Pessoa,Odas de Ricardo Reis.

Se han abierto los sepulcros: se nos persigue por los pecados de nuestros antepasados y por la incompetencia de nuestros hábitos hereditarios para enfrentarnos con las necesidades y con las cargas del presente, en la frustración y transgresión de neurosis epidérmica y en el terror de psicosis. Nuestro triunfo sobre la naturaleza aparece como una victoria pírrica, que ha aumentado considerablemente nuestra esclavitud>>1) . La convicción del doctor Jung es muy clara: allí donde el espíritu divino es excluido, un sustituto inconsciente ocupa su lugar. Sin espíritus divinos, la omnipotencia será atribuida a cualquier cosa, a cualquier persona, y nos sentiremos víctimas de fuerzas inescrutables y absolutas. Lo sagrado se recluye en lo inconsciente. Lo cual no impide que su fascinación encuentre o se suministre otros —más modernos— alojamientos. Tal y como lo ha documentado la antropología, las sociedades arcaicas se hallan articuladas a la manera de un termostato que regula el paso de la energía de lo sagrado salvaje —la potencia instituyente de lo social— a lo sagrado doméstico; ambos extremos conforman, respectivamente, lo que Roger Bastide denomina una religión <> o <> —Lázaro emergido de su tumba— y una religión <> o <> —Lázaro sumergido en su sepulcro—. Entre lo instituyente (salvaje) y lo instituido (doméstico) se produce una peculiar dialéctica; por regla general, lo instituido castra, doma, recupera, manipula, controla, gestiona, administra, socializa, canaliza, regula, traduce, comunica, bautiza, transmite, encarna... y traiciona a 1) Cf. Carl G. Jung, <>, en Víctor White, Dios y el inconsciente, Gredos, Madrid, 1955, p. 43la potencia instituyente. La oscilación que va de uno a otro polo es recurrente e ineliminable . Por una inversión de características catastróficas —en el sentido griego del término—, las sociedades <> se deslizan de lo sagrado doméstico (instituido) a lo sagrado salvaje (instituyente). Pero en ese movimiento pierden la posibilidad misma de que lo instituyente instituya: por el contrario, lo sagrado sólo disuelve. La disolución de lo sagrado institucional —la Iglesia, por ejemplo— suscita una reimplantación en lo esotérico-comercial. Un mundo marcado por la muerte de Dios (Nietzsche) y por la muerte del Hombre (Foucault) no es, como veremos, un mundo íntegramente desencantado (Weber). Por el contrario, es un mundo propicio para la irrupción de un sagrado salvaje. Este pertenece al orden de la invención pura —no al de la repetición— y al de la imaginación —no al de la memoria—. La etnología reconoce una cierta polaridad entre el sagrado salvaje de la sociedad tradicional y el sagrado salvaje de la sociedad moderna —o, más bien, a la diferente posición que reviste en ambos tipos de sociedad. En el primer caso, el pasaje se produce de lo salvaje a lo doméstico; en el segundo, de lo doméstico (instituido) a lo salvaje (instituyente) 2). La astrología, como diría Adorno, es la metafísica de los cretinos . Se asiste, en suma, en el mundo moderno, a una cretinización de lo sagrado, a una banalización del misterio, a una trivialización de lo enigmático. Se dirá que pocas cosas escapan a la mirada de2) Cf. Roger Bastide, Le sacré sauvage et autres essais, Payot, Paris, 1975, p. 8 y ss. El antropólogo concibe la (¿constitutiva?) crisis de las sociedades capitalistas, fundamentalmente, como una crisis religiosa: ella es resultado de la lucha entre la ética puritana (o <>, entre los católicos) y la ética pagana; es decir, una lógica que favorece la producción pero limita el consumo, frente a una lógica que favorece el consumo limitando la producción. Tal contraste puede leerse, desde luego, como la reedición de una pre-sunta batalla arquetípica entre la Tierra-Madre (asociada con el ins-tinto, la irracionalidad, la sombra y la muerte) y el Cielo o el Trono del Sol (identificado con la razón, la política, el orden y la sociedad). El antropólogo —al cabo, preso en la dulce red de la metafísica— no puede hacer otra cosa que desear un equilibrio: el instinto, abando-nado a sí mismo, conduce al caos; la razón, absolutizada, cae en el absoluto despotismo. Cf. Ibíd., pp. 70-76El trance, en la sociedad primitiva, está <> sancionado: se halla, en este sentido, más cerca del teatro que de la histeria. Cf. Ibíd., p. 216 y ss.Cf. T. W. Adorno y M. Horkheimer, Sociológica, Taurus, Ma-drid, trad. V. Sánchez de Zavala, 1971, p. 197 ss.Walt Disney —pues hasta el malditismo, la obscenidad y el desastre —la muerte, el terror, lo siniestro— han sido digeridos por el vasto, eficiente, exponencial, rentable marketing de la cultura.2. A fuerza de acumular misterios nulosy de monopolizar el sinsentido, la vidainspira más espanto que la muerte:es ella la gran Desconocida.E. M. Cioran, Précis de décompositionQuizá la transgresión más temible dentro del juego establecido por las religiones del Libro sea la hybris del poeta, ese individuo que se atreve a dar nombre a lo que antes de su palabra simplemente no era. Porque su palabra no repite una impronta puesta desde siempre y para siempre en algún mundo verdadero del cual éste sería a su turno equívoca, errática repetición. La palabra del poeta —y eso lo comprendió Platón hasta sus últimas consecuencias— se niega a ser correlato o excrecencia de La Palabra. Si Kant pensó la irremediable escisión entre el Nombre y la Cosa, Hegel pretendió restablecer su (mediada) identidad. Pero el poeta no sabe hacer otra cosa que vivir de y en esa escisión 5). De acuerdo con el pregnante dictum de Wittgenstein, de aquello que no se puede hablar debemos callar 5). El Tractatus logico-philosophicum nos remonta hasta ese cráter. Mantener lo indecible en cuanto que indecible, el misterio en cuanto que misterio. Rodearlo de silencio y de reserva. De cualquier manera podemos seguir preguntando: y qué es lo que impone ese silencio. Qué es lo que se configura precisamente como lo in-decible para ciertos colectivos humanos. Qué es lo que no puede pensarse. No resolver —merced a la pregunta— el misterio, sino aproximarse a lo que podría significar el hecho mismo del misterio 7).5) <>, Cf. Jean Paul Dollé, <>, Magazine littéraire, Núm. 149, Paris, 1978, p. 24Cf. Ludwig Wittgenstein, Tractatus logico-philosophicus, Alianza, Madrid, trad. J. Muñoz e I. Reguera, 1975, p. 203. El original reza: <>. Un interesante comentario de este imperativo puede leerse en Eugenio Trías, La aventura filosófica, Mondado-ri, Barcelona, 1988, pp. 24 y ss.Franco Rella ha ofrecido recientemente una sugerente reflexión sobre el mis-terio desde una perspectiva que acoge los resultados de la filosofía, la literatura y el psicoanálisis. Cf. Le soglie dell’ombra. Riflessioni sul mistero, Feltrinelli, Milano, 1994. En definitiva, la (verdadera) sabiduría, en opinión de Rella, no puede proponerse resolver, sino, como diría J. Bergamín, ampliar el horizonte del misterio.Lo impensable es genérico: por reducirlo a una sola palabra, es la muerte. Un pensar, un decir más allá de ese umbral es lo que para Wittgenstein debe ser proscrito de la lengua. De lo que no se puede hablar debemos callar. Pero, precisamente, de eso habla toda una historia. Occidente se levanta sobre la pretensión —y la garantía— de haber logrado someter a la muerte. De saber qué es —que no es— y a partir de ese conocimiento de lo desconocido asegurar la colonización de este lado del umbral. Occidente, es decir: la metafísica (y sus turbulencias). Pues someter a la muerte supone el diseño y puesta en obra de toda una estrategia. Una estrategia de domesticación de lo impensable, que trae necesariamente aparejada una devaluación y un repudio de la experiencia del mundo, de lo que en su fugacidad e inasibilidad se ofrece al testimonio de los sentidos.Wittgenstein des-cubre en el horizonte de lo inefable una prohibición: de hecho, puede hablarse de eso que trasciende el límite —la finitud—, pero es preciso guardar silencio. Occidente, ese mundus imaginalis articulado en torno a dos ejes mayores —la metafísica emergida en la crisis de la polis griega y la religión salvacionista emergida en la crisis del imperio romano—, ha <> esa prohibición. El resultado de semejante hybris está ante nuestros ojos. El resultado es, fundamentalmente, la sobresaturación sígnica de la existencia a efectos de una desmesurada colonización y gestión productiva del ente. En su extremo, la humanización deshumaniza. O cierta humanización que tiene al espíritu por pivote y kybernetes. El Dios de la tradición occidental es el ápice de esa voluntad de aseguramiento —de supresión/sumisión de la mortalidad— que se despliega como una estructura de emplazamiento —Gestell— que también podría ser entendida (freudianamente) a la manera de una estructura de des-plazamiento: el miedo (a la muerte) es con-vertido en simulacro de eternidad. Y, al cabo, ese simulacro vampiriza toda la fuerza... acabando también consigo mismo.3. Una recapitulación posible de esa notable, instructiva y paradójica historia podría comenzar con estas frases destinales, atribuidas a Sócrates:Aquellos que realmente se aplican al camino correcto de la filosofía, están directamente y por su propia voluntad preparándose a sí mismos para morir y para la muerte. Si esto es verdad y en verdad han estado preparándose para la muerte durante toda su vida, sería por supuesto absurdo encontrarse turbados cuando llega aquello que tan largamente han contemplado y para lo cual se han estado preparando8).La filosofía es concebida, justo en su acta de nacimiento, como un ejercicio mortal. Podría definírsele, sin exageración, como la guerra del alma contra el cuerpo. El filósofo no puede temer a la muerte porque sabe de antemano que aquello que muere es la peor parte de sí mismo; el filósofo se distingue del resto de los hombres precisamente en virtud de este ejercicio consistente en separar, lo más posible, el alma de su cuerpo 9) . Los amigos del saber son los enemigos del cuerpo. A la muerte no se le teme porque se ha aprendido a despreciar, antes, todo lo que tenga que ver con la vida: a repudiar los sentidos, los afectos, los apetitos, todo 8) Cf. Fedón o del alma. Como se sabe, este diálogo se produce en la víspera de la muerte del propio Sócrates.9) Ibídemeso que <> . Por el cuerpo estamos atados a la vida —y a la muerte—, pero por el alma podemos alcanzar la libertad plena y la vida eterna. En su nacimiento, la filosofía tiene, en este sentido, muchas cosas en común con la religión (al menos con la religión en su versión salvacionista): en particular, ambas buscan la vida —la verdad— en otra parte. Porque para el filósofo que nace con Sócrates la verdad no pertenece a este mundo:Mientras que estemos en vida, parece ser que el mejor medio de acercarse al conocimiento es no tener, en la medida de lo posible, ningún comercio ni comunión con el cuerpo, salvo en caso de absoluta necesidad; no dejarnos contaminar en absoluto por su naturaleza y permanecer puros de manchas hasta que Dios nos libere de él. Cuando nos hayamos purificado así, desembarazándonos de la locura del cuerpo, estaremos en contacto verdaderamente con las cosas puras y conoceremos por nosotros mismos lo que es sin mezcla y es en esto seguramente en lo que consiste lo verdadero; para lo impuro, no le está permitido alcanzar lo puro 11).El alma es exactamente lo contrario del cuerpo: es independencia, es lucidez y es intemporalidad12) . Y lo es en virtud de su capacidad de desprendimiento del mundo físico. Pues, para los ojos del alma, este mundo es incurable confusión. Es cambio, mixtura y engaño. El cuerpo, habitante de esta mezcla, de esta opacidad, de esta caducidad, es lo único que en verdad muere. A esa sabiduría ha de llegar —disciplinada, obstinadamente— el filósofo, a esa disminución de la muerte, a esa destitución de la finitud, a esa forma tensa y elegante (¡y productiva!) de eludir el espanto de cesar. Para el filósofo, el precio que debe pagarse a fin de perder el miedo a la muerte no es otro que la mortificación del cuerpo, es decir, la minusvaloración y rechazo de lo —sin remedio— efímero y mortal. Porque el alma coincide puntualmente con el saber: es la Idea, aquello que nunca cambia y que no cesa; lo único que en verdad es. Es, justamente en cuanto que negación del tiempo. Para el filósofo —para esa estirpe de magos lógicos que inaugura Sócrates—, sólo es real lo que coincide con la Idea: no más que con aquello que permanece. La muerte es burlada —o tal es lo que se pretende— en esta operación que consiste en poner al saber por encima —y en contra— de la vida13) . Pues lo eterno, evidentemente, no es la vida: pero sí lo es —según quiere enseñarnos el filósofo— el saber, es decir, la Idea, de la cual el alma es correlato. Que el cuerpo muera es el resultado (lógico) de su comercio y comunión con las cosas de este mundo; pero la continuidad del alma, su desprecio por esta muerte, depende de su identificación con el conocimiento. Por el saber —por la contemplación de la Idea— el hombre —el filósofo, el hombre teórico, el asceta <>— se pone a salvo del destino.A esta fontanal estrategia del alma es a lo que podemos llamar, tentativamente, metafísica14) . No se trata tanto de saber que existe una separación —una diferencia de naturaleza— entre el alma y el cuerpo, sino de garantizar que esta separación se produzca —y produzca todos sus efectos. Sólo gracias a ella la muerte podrá ser borrada, podrá ser neutralizada, podrá ser nulificada. Para la estirpe de Sócrates y Platón, la vida sólo 10) Ibídem11) Ibídem (En la edición de Nuevomar, México, 1992, pp. 112-113)12)Cf. James P. Carse, Muerte y existencia. Una historia conceptual de la mortalidad humana, FCE, México, trad. R. Vargas, 1987, p. 3213)Contra semejante castración de la existencia se rebelará Nietzsche.14) Cf. Carlo Sini, Pasar el signo, o. c.podría ser afirmada a condición de negar la (realidad de la) muerte. La muerte no tiene más realidad que la que tendría una escenografía donde actúan personajes que por su voluntaria identificación con la Idea han dejado de ser mortales15) . En suma: la inmortalidad del alma es la respuesta del filósofo a la aflicción que suscita la experiencia de nuestra finitud. Pero es una respuesta que al neutralizar a la muerte, al minimizarla, al reducirla al estatuto de paso, de umbral o de tránsito que no interrumpe la continuidad de las almas, tiene como consecuencia una neutralización, una minimización, una reducción de la vida misma. Consecuentemente, el problema es que, sin la muerte, la vida pierde todo su sentido16) .4. Veamos ahora un poco más de cerca esta estrategia de nulificación de la finitud, tal y como va a ser fijada y enriquecida por las tradiciones cristianas. Es verdad que la muerte nunca ocupa una posición central en la enseñanza de Jesús17) ; el nazareno está preocupado fundamentalmente por los asuntos de esta vida. Pero si Sócrates inventa el discurso filosófico como una propedéutica para (negar) la muerte, la doctrina de Jesús parecería ayudar al creyente a soportar esta vida a la luz de la promesa de su resurrección : <>18) . Mas todo indica que el mortal resucita a esta vida cuando finalmente se libera de la ignorancia —que es, según esto, la verdadera responsable de que el hombre permanezca esclavizado a la muerte. En el evangelio de Juan, la eternidad se alcanza conociendo al 15)Cf. James P. Carse, loc. cit., p. 4816)Los herederos de Platón no han logrado desembarazarse de este resultado: la negación de la muerte es el anverso de un atentado contra la vida. En esa opera-ción simplemente se la ha despojado de su riesgo. <>. Cf. J. P. Carse, ibídem.17)<>, Mateo, 8:2218)Pero ¿quién o qué es lo que resucita? Sobre este punto existe una interesan-te controversia. Véase al respecto el comentario de J. P. Carse en el libro citado, donde sostiene que la resurrección que promete Jesús es simbólica, no metafísica: <>, loc. Cit., p. 254. La supervivencia del Cristo —y de todos los cristianos— no tiene más realidad que en la continuidad de una comunidad ética cuyos imperati-vos se reducen al arrepentimiento frente a Dios y al perdón entre los hombres. ¡Una visión que no desmentiría el mismo Hegel! Esta es la impresión que dejan, al menos, los evangelios sinópticos, que se caracterizan por situar a Jesús en sincronía y consonancia con un medio predominantemente judío (el evangelio de Juan destaca, por el contrario, su conflicto). Sea como fuere, la muerte es desesti-mada, des-plazada por exigencias morales dentro de las cuales la referencia a lo sobrenatural tiene escaso predicamento.19) Juan, 11:25Dios verdadero y al Hijo que ha enviado: no es el carácter sustancial del alma —como piensa Sócrates— lo que hay de inmortal en el hombre, sino su fe en la revelación de Lo Más Alto.Pero es ciertamente en la exégesis paulina —en la invención paulina, como diría Nietzsche—, donde la muerte del propio Cristo alcanza una mayor profundidad teológica. Porque es del todo evidente que se trata de una muerte sacrificial. Es la víctima infinita ofrecida a cambio de vencer a la muerte: <>20) . En este sacrificio absoluto, la apuesta consiste en que la muerte sea derrotada —aunque no pueda, en principio, quedar absolutamente eliminada. Los fieles cargan con la muerte de Jesús en el cuerpo 21) a fin de que sus cuerpos sean, a su vez, redimidos22) . Pablo lo dice con una insuperable fuerza expresiva:Se siembra en corrupción,se levantará en incorrupción;(...) se siembra cuerpo animal,resucitará espiritual cuerpo 23) .Para el apóstol, de lo que se trata siempre es de vestir de incorrupción lo corruptible y de vestir de inmortalidad lo mortal 24) . En esta revelación, lo importante está en percatarse de que ni la vida ni la muerte son propiedad de los mortales. Eso ha enseñado la muerte y la resurrección del Señor. Ambas —vida y muerte— están en otra parte. Y sólo por la fe sabemos que la vida verdadera no es la vida de este mundo. La fe, en la visión paulina, nos ayuda a vivir una vida y a sufrir una muerte que no son nuestras.La muerte de Jesús en la cruz tiene, como hemos podido comprobar, el valor de un sacrificio absoluto25) . Significa, para Agustín, la muerte de la muerte. Es, en pura ortodoxia, la remoción absoluta del pecado. Para el cristiano, la muerte nunca es un acontecimiento <>: ella marca la divisoria entre lo divino y lo humano, y es, al mismo tiempo, el castigo impuesto por Dios a una criatura que, en su desobediencia absoluta, ha deseado no morir26) . Pues la muerte, como dice Pablo, es <>. Por el pecado, es posible 20) 1 Corintios, 15:5421)2 Corintios, 4:922) Romanos, 8:2323)1 Cor., 15:4924)1 Cor., 15: 53Aun así, persiste la interrogante. Una víctima de valor infinito, ¿podría can-celar, descontinuar de una vez por todas el sendero maldito de todas las vícti-mas? ¿Cómo creer que a Lo Más Alto le podría satisfacer el sacrificio de lo super-fluo? En el horizonte de los perseguidos, sólo el dolor infinito sería capaz de suprimir el dolor finito, momentáneo, localizado, motivado, el irredimible dolor de lo que ya por pasar ha pasado. Pero, podemos preguntar, ¿quién se ha arroga-do el derecho de practicar semejante redención?25) <>, Cf. J. P. Carse, loc. Cit., p. 268. Y el pecado par excellence ha sido, en la tradición bíblica, querer ser (como) dios.estar muerto en vida, y es en virtud de ello que para el cristiano puro solamente la fe garantiza la salvación27) . La muerte de Jesús en la cruz significa, para Lutero, la consumación de la historia, un tema que, tal como constataremos, reaparecerá, si bien bajo una máscara especulativa, en el sistema ideado por Hegel. A través de la fe, el cristiano vive ya en el fin de los tiempos (históricos). A su luz, el mundo aparece como una estación de tránsito. Es en la consideración de este mundo como un escenario provisional, como una antesala de la vida eterna, donde el cristianismo confluye sin fricciones con el platonismo28) . En resumen, <>29) . En la cosmovisión cristiana, la muerte es real —pero no definitiva. El mundo es real —pero está muerto. La vida ha sido restaurada —pero permanece invisible a los ojos de este mundo. Para el cristiano, sólo hay una manera de escapar de la muerte: merced a la gracia de Aquél a quien, en su trascendencia, pertenecen la vida y la muerte. Pero el hecho es que existe esa posibilidad, y es allí donde filosofía (platónica) y religión (cristiana) mantienen, en oposición a la visión trágica, su tenso abrazo.5. Veinte centurias de pensamiento metafísico no han impedido a éste desembocar en una, a primera vista, desalentadora conclusión: la muerte es la cosa misma que el pensamiento es incapaz de asimilar. Tan sólo anuncia la posibilidad de que el pensamiento y la experiencia de los hombres sufran el (impensable, inexperimentable) contacto con la absoluta alteridad30) . La filosofía moderna —la que, tradicionalmente, se 27) Tomás de Aquino enfatiza el valor de la fe para remontar la cuesta de la na-turaleza: <>, Summa Theologica, 22 ae, Q. 6, art. 1. He ahí la formulación medieval de una misma estrategia de remoción.28) Está claro que el punto crítico de esta confluencia es la inmortalidad <> del alma. A Platón no le haría ningún sentido —ninguna gracia— la especulación cristiana acerca de la resurrección de los cuerpos.29) Cf. J. P. Carse, loc. cit., p. 27930) Si lo sagrado, como sostiene la fenomenología de la religión, es, mediante el mito, el rito y el templo, una suspensión del tiempo y una desgarradura del espacio, podrá sostenerse que, desde un punto de vista meramente funcional, lo que procura cumplir y satisfacer es la negación, el atenuamiento o, en su caso, la asimilación del fenómeno de la muerte: lo absolutamente otro es pre-experimentado, mediante un simulacro que permite traspasar imaginariamente el límite. Ante esa irreversible discontinuidad que es la muerte, lo sagrado abre al hombre la posibilidad, la oportunidad y la ocasión, de entrar y volver a salir de ese reino clausurado. Por lo sagrado es posible, en suma, (trans)pasar —hace arrancar de Descartes— ha intentado hacerse cargo de este desafío —la amenazante discontinuidad de la muerte— situándose no fuera, sino en el interior de la Historia. La modernidad se ha empeñado en pensar la trascendencia —el mundo verdadero de Platón y los eléatas, el Dios de los judíos y los cristianos— no más allá del tiempo, sino en su propia temporalización . Y precisamente en ese empeño es necesario alinear la majestuosa —aunque, en muchos respectos, frágil, incompletable, desgarrada— obra de Georg Wilhelm Friedrich Hegel.La muerte —mi muerte, la de cada uno de los hombres— es, en rigor, (lo) impensable, pero eso no significa que la discontinuidad que está en juego en ella no tenga nada que ver con el pensamiento. Lo cierto es más bien lo contrario. Es la muerte, quizá, la <> que más ha impulsado al pensamiento, porque, como muestra la antropología, la (conciencia de la) muerte constituye la experiencia básica de la cultura . Para Hegel, como veremos, el problema de la muerte surge en el plano del Entendimiento, y su solución aparece en el plano de la Razón . El entendimiento es el punto donde la conciencia se comprende a sí misma: en ese nivel se configura la autoconciencia, cuyo punto de partida siempre es la certeza sensible: en ésta sólo tenemos noticia de que hay un mundo —un Otro que no soy yo. De allí se pasa necesariamente a la percepción, donde comienzan a individualizarse y a identificarse determinados objetos. En el entendimiento cristaliza la autoconciencia —precisamente porque el entendimiento sabe que los objetos forman parte de un mundo de relaciones, pero esas relaciones son, en realidad, producto del entendimiento mismo. Es el carácter tautológico del entendimiento —una auto-referencialidad donde se encuentra amenazada la alteridad que ya detectaba la mera sensibilidad— lo que obliga a Hegel a postular una dimensión más elevada en el camino —en la experiencia— de la conciencia.Del entendimiento no se transita a la razón a través de un progreso meramente intelectual. Las autoconciencias progresan y se desarrollan entablando entre ellas un combate a muerte. , Cf. René Girard, El misterio de nuestro mundo. Claves de una interpretación antro-pológica, Sígueme, Salamanca, 1982, p. 95. Y un poco más adelante: <>, Cf. p. 19333) Ambos términos, en el sistema hegeliano, difieren considerablemente del uso convencional. En el texto sólo podemos hacer un resumen muy apresurado. Vid. G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, Fondo de Cultura Económi-ca, México, 1976arriesgando la vida se mantiene la libertad, se prueba que la esencia de la autoconciencia no es el ser, no es el modo inmediato como la conciencia de sí surge, ni es su hundimiento en la expansión de la vida>>34) . Pero esa lucha a muerte tiene que dar paso —si no quiere detenerse en la destrucción generalizada del Otro— a la relación asimétrica del amo y del esclavo. Lo interesante aquí es que el esclavo se somete al señor interiorizando su propia muerte. Solamente de ese modo salva su vida. Hegel logra así poner la alteridad en el corazón de lo mismo: en el centro del espíritu. Lo interesante, además, es que nadie antes de Hegel había siquiera intentado hacer de la muerte una estructura del yo: siempre se le concibió, en filosofía y en religión, como algo externo que amenaza y le acaece desde fuera al sujeto .35)El esclavo ha entrado así en una dialéctica que le llevará del estoicismo —la retirada del mundo y la libertad puramente pensada— al escepticismo —la negación del mundo y del pensamiento— y de éste al estadio de la conciencia desdichada —la escisión de lo humano en dos mundos inconciliables— y al páramo del Entendimiento —la alienación del yo respecto de lo Otro— para desembocar, con la filosofía de Hegel, en el transparente imperio de la Razón: en el Saber absoluto que consiste en el itinerario íntegro de la conciencia. El filósofo cree encontrar en la historia misma de la Humanidad la fascinante aventura de la conciencia. Así, cada momento de esta (lógica) dialéctica ha cristalizado en una determinada época del mundo. Hegel ha tratado de identificar la dinámica interna de lo real, la estructura lógica de la vida y de la historia, y para ello se ha visto en la necesidad de colocar la muerte en el corazón mismo de la existencia. Desde Hegel sabemos que la muerte no solamente es una amenaza que desde el exterior pende sobre nosotros o un castigo al que nos hemos hecho merecedores en virtud de nuestros excesos y/o de nuestros defectos. La muerte tampoco es algo completamente irrisorio, una simple línea de paso entre dos diferentes modos de existencia. Para Hegel, es decir, para el saber absoluto, la muerte es la posibilidad misma de ser humanos. El entendimiento es incapaz de penetrar en el misterio que rodea a la muerte, pero para la razón sólo es comprensible aquello que lleva la muerte en sí mismo. Sólo aquello que ha hecho suya su finitud, su muerte, puede alcanzar un carácter infinito, puede ser un contenido para la razón. <> .36)En términos más simples: eso que el entendimiento separa y distingue, la razón lo reconcilia y unifica. Por la razón hacemos nuestro lo absolutamente otro. Yo soy —al mismo tiempo— mi propia vida y mi propia e intransferible muerte. En la dialéctica de la Razón la existencia y la no-existencia —la vida y la muerte— se pertenecen mutuamente, dejan de oponerse de manera absoluta. Y aquí se ve fácilmente cuál es el riesgo de semejante operación de reconciliación, que Hegel confía a los poderes de la Razón: ella no tiene 34) Cf. G. W. F. Hegel, Fenomenología del espíritu, o. c., p. 11635) <>, Cf. J. P. Carse, loc. cit., p. 37836) Cf. J. P. Carse, loc. cit., p. 384límites, la Razón es por sí misma la rebelión contra el límite37) . Hegel ha reconocido el lugar de lo Otro —de la muerte— en la dinámica de lo real, pero al colocarlo en el corazón del Ser no ha podido evitar suprimirlo en tanto que otro. La Razón se ha vuelto infinitamente incontinente. El Espíritu ha devorado a su Otro y ya nada puede moderar o detener su incontrolable inclusividad. La muerte es una posibilidad, pero en esta inflación infinita de la Razón ya nadie muere .38)6. El arco que se tensa entre Sócrates (o Platón) y Hegel es considerado por la crítica como la clave de bóveda de toda la filosofía occidental. El pensamiento filosófico es un rondar en torno de esa experiencia que ningún pensamiento puede experimentar pero que de todas maneras se encuentra, nos guste o no, en el centro de la vida humana. Platón ha concebido la filosofía como una preparación para la muerte; Hegel, como una experiencia de la conciencia que ha de absorber, incluir dentro de sí a la muerte a fin de alcanzar el saber absoluto. Pero prepararse para la muerte supone, en Platón, un ejercicio de negación de la realidad de la muerte. Con este rechazo, la vida experimenta, en reciprocidad, una pérdida de sentido, de intensidad y de interés. En el otro extremo del arco, la inclusión de la muerte en el progresivo desenvolvimiento de la conciencia supone, en Hegel, una suerte de supresión —aun bajo la forma de la asunción— de la alteridad, una disolución de todos los límites que desemboca en la <> del Espíritu absoluto. La finitud del individuo es el precio que debe pagarse a fin de garantizar la (buena) infinitud del Espíritu .39)El cristianismo, esa delicada (aunque también explosiva) mixtura de platonismo, judaísmo y derecho romano 40) , se ha enfrentado al dolor de la existencia —a la experiencia de ese mal radical que es la muerte— proponiendo una estrategia que no puede, como harán los platónicos, negar su realidad, pero gracias a la cual pretende derrotar con el ejercicio de una <> que no es otra que la resurrección en Cristo. Una vida cuya verdad es el sacrificio de esta vida. Pues, para que algo sea —para que yo sea—, dice la sabiduría 37)Cf. Ignacio Izuzquiza, Hegel o la rebelión contra el límite, Universidad de Zaragoza, 199238)<>, Cf. J. P. Carse, loc. Cit., p. 385. Incidentalmente, en observaciones como la reseñada se reconocerá fácilmente la perspectiva kierkegaardiana asumida por este autor.39)Desde luego, aquí no se trata de una supresión en el sentido habitual del término. No hay en Hegel una negación <> de la alteridad, sino una negación determinada que es intrínseca a (el despliegue de) lo Absoluto. La Identidad está en Hegel, por así decir, tocada por la muerte. 40)Cf. Félix Duque, <>, en Lo santo y lo sagrado, Trotta, Madrid, 1993cristiana, es preciso ante todo desaparecer, quitarse de enmedio 41). A saber: sacrificarse. Callar, conceder, apiadarse, dar chance. El sacrificio no puede ser desplazado, y es inútil practicarlo en la carne o en el espíritu del otro. Hay que matarse uno mismo —y eso, nótese, no es pecado: al contrario, es la esencia de la ab-negación— para que aquello que nos hace ser —aquello que nos da y nos quita el ser— advenga. Tal y como lo formulara Agustín de Hipona: <<¿Qué víctima más grata a Dios podría elegir el hombre para ser inmolada por él que la carne humana?>>42) . Ese absoluto se nutre de los mortales que imaginan —y se someten a— lo que no muere. Pero lo que exige no es que se le ceda y le sea dado lo que no muere, sino eso que de por sí está ya de antemano condenado a morir: <>43). Matar —sacrificar— lo que ya —de siempre— está muerto —porque es de suyo mortal. A saber: lo vivo: la carne, el cuerpo, la extrema e inútil fulguración de lo que en su propia incandescencia se extingue. El cristianismo es un continuo exorcizar la muerte —aunque el costo de este exorcismo sea precisamente la pérdida de ese fulgor efímero que consiste en pisar la tierra, en soñar el cielo, en amar sin esperanza, en dar sin retribución.<>44) . En la arriesgada apuesta cristiana, lo que se juega es la posibilidad de un desprendimiento antes de que (el) todo se (nos) desprenda. El para qué se antepone a la absoluta e irremediable pérdida. Saber para qué parecería poder redimir toda insensatez y todo sufrimiento. Exactamente lo mismo que ocurre en la dialéctica hegeliana: muero porque la vida (del Espíritu) requiere mi muerte —mi finitud— para ser ella misma infinita. Renuncio a mí y a lo que por azar me constituye para que el infinito Plan no rompa sus divinos engranajes: <>45). Es decir: ofrezco yo, al Yo infinito, mi yo, por (todos) nosotros. Un sacrificio <>, un sacrificio útil, un sacrificio práctico, un sacrificio rentable y reciclable. El mediador dice: <>. Primero, yo. Matándome (antes de) la muerte, llego a ser lo Otro de mí, del yo: Inmortal. Dicho de otra manera: soy Dios porque —y en el momento en que— renuncio a mí. Dios es la renuncia, la abnegación, el sacrificio, el: primero hay yo, pero para que haya tú, yo perezco —por ti: <> 46). 41) ¿Quién o qué es el demonio —el mal— para aquellos que sufren? El o lo que no condesciende: el frío, el poderoso, el hinchado de sí, el soberbio, el que vive sin pensar, sin querer saber de su propia mortalidad. El demonio remite a aquello que, por envidia, porque simplemente es incapaz de morir, impide nues-tro regreso. Es decir: aquel que torna superfluo todo sacrificio. Eso que se imagi-na absolutamente dueño de sí. Aquello que cree no tener necesidad de terminar, de ceder su sitio al (lo) otro de sí. Ese que satura el tiempo, quien rellena —sin dejar que fluya— el espacio. Lo que no deja ser. Cf. San Agustín, De Tiritaste, IV, 14, 19 (Obras completas, B. A. C., Madrid, 1985)42) Ibídem43) Ibíd., p. 31044)Ibídem45) Ibídem46) Ibíd., p. 311El significado esencial de todo esto es que debemos matarnos —debemos, si ello no es (del todo) posible, mortificarnos— para redimir el sufrimiento: para que éste —¡finalmente!— tenga un sentido. El dios que muere nos enseña a morir. La pregunta consiste en saber si nos enseñará en y por ese mismo acto a vivir. ¿Acaso nos enseña a ser lo que somos? ¿Qué enseñanza nos persuadiría para ser eso que irremediablemente (también) somos? 7. Acotemos ahora, un poco al margen, que la vía alterna de la experiencia cristiana, aunque siempre dentro de la asunción de la Reforma, es la que representa Kierkegaard. Según se sabe, éste se mantiene al lado de Feuerbach no sólo en su común oposición a Hegel, sino en su desprecio al <>, que se ha identificado a tal grado con el espíritu del progreso (material) que ya no recuerda su verdadera naturaleza, consistente en la inversión total del mundo. Uno y otro coinciden en su retorno a la crítica luterana de la positividad católica. Pero mientras que Feuerbach reconoce en el protestantismo una modalidad religiosa de la humanización de Dios, Kierkegaard extraerá una consecuencia contraria: la humanización no puede ser más que una revuelta contra lo cristiano. Es que la interioridad cristiana se encuentra marcada por una tensa paradoja: el particular se aferra a lo inconmensurable de un objeto absolutamente extraño. El reino es (históricamente) irrealizable. De cualquier forma, y en su carácter de pensador moderno, el acento de esta polaridad recae en el sujeto: Dios es la verdad, pero ésta sólo existe para un existente que se encuentra ante Dios. La declaración hegeliana de que Dios sólo es esencialmente <> pasa por la antropologización de Feuerbach y encuentra lógico puerto de arribo en la preeminencia de la subjetividad que defiende Kierkegaard, la misma merced a la cual sostendrá su combate contra la alienación cristiana: contra su positivación en Iglesias y Estados. Crítica solidaria, por lo demás, de una reducción del sentimiento religioso al rango de una pasión anti-racional. Cierto que tal conversión no constituye, empero, el motivo principal de su divergencia con Hegel, centrado en el enfrentamiento entre el cristianismo y la historia. Para Hegel, como veremos, la historia es precisamente el (único) terreno donde el absoluto del cristianismo se realiza. Pero hay que tomar en cuenta que, desde Kierkegaard, esta co-pertenencia es en extremo problemática, por no decir impracticable. La búsqueda o construcción de una beatitud eterna se halla en irresoluble contradicción con el conjunto del devenir histórico; una imposibilidad que encontramos en la base de los posteriores conceptos de historicidad: ontológico-existencial, en Heidegger, y filosófico-existencial, en Jaspers. La relación del existente con Dios tiene que abolir la historia para retornar a una estricta contemporaneidad, y ello sólo es posible si el cristianismo, en lugar de ser una estructura objetiva sometida a las contingencias temporales, se asume en su carácter virtual, es decir, a la manera de un simple postulado, que no remite a la arbitrariedad de un deseo sino a la actitud de una legítima defensa frente al congénito sinsentido de la existencia. Es por ello que el carácter paradójico de la fe no va a ser nunca eludido, sino afirmado insistentemente por Kierkegaard: la subjetividad es el camino a la verdad, pero la verdad, en cuanto entra en relación con un existente, revela que sólo desprendiéndose de sí es capaz de volver a sí. No hay otro mensaje que la señal, un cobrar conciencia por encima —¡o por debajo!— de toda autoridad. Su posición, en tal virtud, resulta fronteriza: a medio camino entre la poética y la religión propiamente dicha. Y lo mismo cabría decir de su actitud ante y contra el cristianismo (vigente): la crítica, para que sea eficaz, no puede articularse desde la barrera —como lo hace Feuerbach, en un intento que fracasa precisamente por colocarse en el exterior de lo que combate—, sino desde dentro, <> al cristianismo con sus propios medios. El resultado, sin embargo, permanece una vez más en la indecisión: situándose en la bisagra de la apología y la apostasía, su crítica no es lo suficientemente eficaz como para perturbar a la ortodoxia —ni para entusiasmar demasiado al librepensador. La ambigüedad de su revuelta no hace, al respecto, otra cosa que expresar una insoluble tensión interna; pues para él, el cristianismo ha sido fundamentalmente, desde su nacimiento y hasta el fin de los tiempos, un camino que se abre en el clímax de la desesperación —y que no ofrece garantía alguna de consolación y reparación por el dolor experimentado. El camino elegido puede ser fruto de un funesto error —en concreto, la suposición de que el sufrimiento sea consecuencia de la culpa y del pecado—, pero, según él, basta con saber llegar hasta el final del mismo para alcanzar cierta salud y cierta paz. Por ello, como también tendremos ocasión de comprobar, la crítica de Nietzsche parece insertarse justo en el punto en donde Kierkegaard vacila: culpabilidad y pecado dejan de ser atributos humanos para concebirse en cuanto efectos de significación, productos imaginarios de una actitud vital que ha llegado a su fin precisamente allí y cuando pretende ser la única posible.47).En suma: platonismo, cristianismo, hegelianismo: tres modalidades mayores de la metafísica cuyo límite consiste justamente en su incapacidad de asumir el límite —en su voluntad de abolirlo. Una misma necesidad de escapar del cuerpo. Un mismo terror ante la muerte que sólo señala la sed de venganza contra la vida.8. El pensamiento filosófico emerge de entre los intersticios y grietas del pensamiento mítico —pero lo hace infectado, a pesar suyo, con esa al parecer inerradicable, epidémica enfermedad del lenguaje que ha generado, entre otras, la poderosa ilusión de la Verdad Única. "Del Dios único se pasa a la pérdida de lo sagrado, a la profanación completa del mundo; es la culminación del proceso de abstracción que llevó de los mitos como parte de los ritos a la mitología, de la mitología politeísta de dioses concretos a los dioses cada vez más abstractos protectores del estado, de éstos al Dios único y del Dios único a lo más abstracto y despersonalizado, la razón y su lógica" 48). Semejante pérdida aparece como resultado de una lucha a muerte del pensamiento —y del saber— contra la vida. Por negar la muerte, una civilización ha terminado por introyectarla, por capilarizarla en el seno de su propia vida. Despreciando la (fatalidad de la) muerte, ha acabado difuminándose la frontera entre ambas.Con frecuencia, Nietzsche ha sido alineado por la academia entre los más conspicuos representantes de la filosofía "vitalista"49). En realidad, el epíteto sólo alcanza el valor de un locus communis. Más le cuadraría, quizá, el apelativo de fisiófilo. Si algo le caracteriza, es el rasgo de no ser un filósofo normal. Es más bien, si se trata de encontrarle un rótulo, una especie de fisiólogo50). Pues el filósofo —desde Sócrates— busca colocarse en una posición o en una perspectiva desde la cual ante todo le sea posible juzgar la vida: decir —y saber— cómo habría de ser. Nietzsche piensa que, además de soberbia, esa actitud es insostenible. Pues la vida es el no-más-allá: sólo desde ella —desde su radical inmanencia— es posible juzgarlo todo —es posible juzgar incluso la pretensión de juzgar. La filosofía se ha edificado sobre el suelo de esa pretensión, y por ello Nietzsche ocupa un espacio ex-céntrico respecto de la historia del pensamiento filosófico. No se sitúa en el punto de vista del progreso, ni siquiera en continuidad con la tradición. Su flanco de mira es precisamente aquel desde el cual la historia de la civilización (occidental) aparece como la profundización de una trayectoria marcada, desde su nacimiento, por el extravío y la decadencia 51). El platonismo sería la primera cristalización —o, mejor dicho, la más perfecta— de esta voluntad de verdad que en el fondo equivale, para Nietzsche, a una voluntad de negación de la vida. Una estrategia que, articulada con el monoteísmo religioso de los judíos, da origen e impulso a esta cultura reactiva y resentida que constituye el destino fundamental de Occidente. Querer la verdad y no la vida: tal la decisión que Nietzsche identificará con la palabra nihilismo. Preferir la verdad a la vida es ya el comienzo de esta historia cuyo previsible fin es la muerte de Dios. Imaginar un punto de vista más alto o más profundo que la vida es, para Nietzsche, lo mismo que repudiarla, menospreciarla, darle la espalda: en otras palabras, la voluntad de verdad es una señal inocultable de haber sucumbido al miedo y de estar sometidos a su influjo, de ser incapaces de afrontar el sufrimiento, parte esencial —e inextirpable— de la vida misma. Preferir la verdad a la vida equivale a dejarse guiar por la debilidad y por el instinto de venganza... contra los propios instintos. 50) Aunque no, desde luego, en el uso científico del término. Nietzsche sería en todo caso un pensador de la physis. Véase, al respecto, Alain Juranville, Physi-que de Nietzsche, Denoël/Gonthier, Paris, 197351) Ex-centricidad no sólo temática sino también, y sobre todo, estilística: "la inaccesibilidad de Nietzsche proviene (...) del status extraño y ambiguo de su lenguaje frente al lenguaje tradicional de la filosofía. (...) Nietzsche desarrolla contra esta tradición y contra su lenguaje una forma particularmente insidiosa, insinuante y compleja de subversión", cfr. Michel Haar, "Friedrich Nietzs-che", La filosofía en el siglo XIX, siglo xxi editores, México, 1979 (vol. 8 de la Historia de la filosofía), p. 403. También Bernard Pautrat ha intentado anali-zar cómo se forma una filosofía a efecto del funcionamiento de un lenguaje: de Nietzsche importa menos qué dice que el modo según el cual no puede dejar de decirlo. En ese sentido, Pautrat asegura que Nietzsche escapa de la fábula metafí-sica <> —en la re-iteración (estilística) opera la verdadera al-teración (conceptual) de la tradición a la cual se enfrenta. Cfr. Ver-sions du soleil. Figures et systéme de Nietzsche, Seuil, Paris, 1971, pp. 51 y ss. Una tesis semejante es la que defiende François Warin en su estimulante estudio Nietzsche et Bataille. La parodie à l'infini, PUF, Paris, 1994: <> (p. 17). A la pesada seriedad de la consolación metafí-sica sólo cabe oponer una parodia jubilatoria y carnavalesca que podrá ser repe-tida sin incurrir en la simulación típica de la mera re-iteración dogmática.La filosofía —que en Nietzsche casi siempre viene a ser sinónimo de metafísica— es el lugar (discursivo) en el cual se inventa y aposenta la verdad: donde se construye un <> de esencias idénticas e inmutables superpuesto a la vida, que está, por el contrario, marcada por la diferencia, el conflicto, la multiplicidad, el devenir: flujo inasible e impredecible. Decir vida es señalar, en Nietzsche, una composición de fuerzas 52) . Postular <> mundo, <> vida, sólo tiene sentido si se le considera como síntoma; pero la consolidación de aquel mundo en cuanto medida de éste equivale al triunfo de la debilidad sobre la fuerza; dicho con mayor énfasis, a la victoria de la muerte sobre la vida. En esta estrategia de lo reactivo contra lo activo la moral judeo-cristiana aportará una pieza fundamental: la valoración de las pasiones tristes y el rechazo o represión de los impulsos más vitales. La religión del resentimiento (judaísmo) y de la mala consciencia (cristianismo) son en realidad religiones de la muerte de lo divino. Aportan a la humanidad la noción de un Dios moral, que es para Nietzsche el signo mayor de una desacralización de la existencia que ya no hará sino ramificarse y expandirse sin freno. La muerte de Dios admite en este sentido diferentes acepciones. Designa en primer lugar la pérdida de su influencia. Dios muere, pero como resultado de la acción de los propios creyentes. Pues lo que el creyente busca es, ante todo, seguridad. Busca un signo que le proporcione modos confiables de orientarse en la vida. El Dios fabricado en la confluencia de la metafísica platónica, la moral judaica y el derecho romano —es decir: en el cristianismo— termina siendo un Dios insuficiente. La exigencia de seguridad se busca otras garantías. Garantes mundanos, como la razón y su ciencia. El progreso y la historia ocupan la sede del Dios muerto. Para Nietzsche, este desplazamiento no es precisamente una señal de madurez. Tan sólo revela una agudización de la enfermedad. La secularización del Dios único no disuelve la religión: ésta más bien termina capilarizándose, convirtiéndose en el escándalo de una religión oculta; una fe que ni siquiera es capaz ya de aceptarse a sí misma en lo que es. Por ello, la muerte de Dios tiene en Nietzsche un inocultable aspecto siniestro: su deceso infecta toda la existencia humana y la infesta de divinidades parasitarias —de diosecillos y cultos neo-mistéricos que no se reconocen en cuanto tales53) .Que Dios muera es un resultado nefasto de aquellas decisiones originarias: la verdad en lugar de la vida, la razón contra el libre juego de los instintos, el debe enfrentado al es, la quietud absoluta superpuesta al paso de las cosas. Es decir: la nada en vez de la existencia. Los ideales (supremos) no logran justificar la vida —porque siempre han sido su negación. Pero Nietzsche no se detiene en la formulación de esta denuncia. Desenmascarar a los valores supremos y reconocer en ellos envoltorios de la nada no deja de ser, a su turno, una empresa nihilista: difícil será negar que la guía una misma voluntad de verdad. Nietzsche concibe su crítica como parte del destino nihilista de Occidente. Pero también la concibe como un anuncio de la posibilidad de escapar de semejante des(a)tino. Frente a la imagen lineal del tiempo cristiano —creación, encarnación, apocalipsis—, 52) La vida es para Nietzsche resultado de la lucha entre instintos contrapues-tos: es la fuerza que se opone a obstáculos y resistencias, el poder que busca siempre ser más. Voluntad de poder, solamente eso. 53) En la cúspide de su pululación, será fácil identificar a esas deidades con sus nombres propios: Capital, Ciencia, Estado. Los nuevos, los nombres modernos de la vieja Trinidad. Desde su centro vacío, ¿podrá negarse que nos sigue obser-vando —condenando la vida— el mismísimo ojo imperturbable?una prueba 54) del carácter cíclico del tiempo: el eterno retorno como liberación de la culpa, como inocencia del devenir. Frente a la voluntad de verdad que es una voluntad de nada, Nietzsche muestra la necesidad del engaño, la ilusión, la creación estética como única justificación admisible de la vida.La muerte de Dios exhibe así un significado alterno: nos remite al acabamiento de la metafísica del mundo verdadero, al final de ese mañoso desdoblamiento que sólo ha sabido despreciar la irremisión de lo sensible. La muerte de Dios aparece como la condición necesaria para que la vida pueda —de nuevo— ser incondicionalmente afirmada. La muerte de Dios es el acontecimiento que revela el destino y el designio de la voluntad de verdad: la sumisión de la (inocencia de la) vida a la (necesidad de la) muerte. Porque, en definitiva, la verdad no habita, no se encuentra en otro mundo. Para Nietzsche, la verdad es siempre un error —pero un error que la vida misma necesita a fin de no desmoronarse. Ella —la verdad— es sólo un momentáneo equilibrio de fuerzas encontradas. Y es justamente la admisión de esta evidencia lo que caracterizará al übermensch 55) . La figura del superhombre alude a una suerte de intersección: <>56) , una de las cuales es el abandono —o la transmutación— de la idea tradicional de redención: no se trata ya de redimirnos de este mundo, sino de redimir —con la alegría trágica de una voluntad de suerte— el azar que lo constituye —y que en el mismo juego destituye 57).9. En uno de los fragmentos que aparecerían póstumamente bajo el rótulo de La voluntad de poder, Nietzsche escribió: <> . En la experiencia trágica, como tendremos ocasión de comprobar, la muerte no es lo contrario de la vida sino su más suntuoso lujo, eso que le da a la existencia su sabor más amargo —pero también su extrema fulguración. Y ello porque <54)>, en José Luis Vermal, Nietzsche y la crítica de la metafí-sica, Anthropos, Barcelona, 1987, p. 755) Que, por supuesto, no tiene mucho que ver ni con supermán ni con la bes-tia rubia de la propaganda nazi. Como señala Haar en loc. cit., las <> del pensamiento nietzscheano —voluntad de poder, eterno retorno, nihi-lismo, superhombre— escapan a la <>. Cada término, más allá —o más acá— de su <>, es un dispositivo lingüísti-co cuya meta principal es arruinar el principio de identidad. 56) Cfr. Isidro Herrera, <>, ms. inédito, p. 757) Cfr. Remedios Avila, Nietzsche o la redención del azar, Universidad de Granada, 1988. La expresión voluntad de suerte es, como se sabe, la caracteriza-ción más profunda de la experiencia nietzscheana a juicio de Georges Bataille.58) Cf. La volonté de puissance I, Gallimard, Paris, p. 211existencia no es sino una excepción, una limitación provisional de la voluntad de vivir; la lucha grande y pequeña por la existencia gravita en todos los sentidos en torno a la preponderancia, el crecimiento, la expansión, conforme a la voluntad de poder que es precisamente voluntad de vida>>59).En la misma vena escribía Montaigne: nunca morimos de lo que nos enferma, sino —¿justamente?— de aquello que nos hace vivir60) . La posibilidad de la asunción (trágica) de la muerte marca así una torsión decisiva en el pensamiento occidental: <>, apunta M. Blanchot, <>61) . Pensar la muerte es introducir en el pensamiento la duda absoluta, la profundidad insondable de la disimulación: pues tenemos que pensar que la muerte, para el mortal, no es un hecho, sino, esencialmente, una tarea 62) . En el fin de la modernidad, una resistible transición o torcimiento: del Dios-Tapón (Muerte de la muerte) se pasa al dios-agujero (muerte como más profunda posibilidad). El tiempo del ultimo dios 63) . 59) Cf. La gaya ciencia (aforismo 349), M. E. editores, trad. Luis Dí-az Marín, Madrid, 1994, p. 22460)Cf. Essais, III, Paris, p. 1361)Cf. Maurice Blanchot, El espacio literario, Paidós, Barcelona, trad. V. Palant y J. Jinkis, 1992, p. 8762)Ibíd., p. 8863)Cf. Martin Heidegger, <>, Aut-aut, núm. 236, marzo-abril de 1990, pp. 64-84 (trad. italiana de Pietro Kobau del ori-ginal alemán, Cap. VII de Beiträge zur Philosophie (Vom Ereignis), edición de F. -W. von Hermann, Frankfurt/M., Klostermann, 1989)


La muerte es insondable

Lo irónico de la muerte está en que ella existe para que otros no existan. Ahí está la dificultad: cuando existimos ella no existe, cuando ella existe nosotros no existimos. No hay nivel intermedio.La muerte es realmente insondable. El único modo por el que la conocemos es gracias a su evidencia sensible e intelectual. Sensible en cuanto su presencia nos arrebata el ser, intelectual en cuanto la conocemos como mero concepto.

Muerte, Paranoia de los ilotas de la eterna gloria

Parece mentira que sigáis hablando de Nietzsche, ¿Qué es lo que queréis? ¿Hacerlo santo? Dejad que se pudra en el olvido allá donde también lo superhombre tiene un trono entre los gusanos de la gloria. Habláis de la muerte como si se necesitase hablar de ella hasta su consecución, ¿donde tenéis la cabeza?, ¿que sois un Tolstoi, que enfermo a los 50 cuyas fuerzas se disiparon en la idea de la muerte?.Solo conozco a alguien que hace soportable la vida, el bastardo de Emil Cioran, y mas concretamente en su libro La caída en el tiempo, no voy a censurar que se hable de la muerte, pues yo mismo he padecido de la maldición del olvido, pero ha que remover lo superado, en mi caso al menos, no se si en vuestra encumbrada lucidez hayáis encontrado una pregunta mas que hacerle a la muerte. ¡A la vida! a esa deberíais dirigir vuestros escritos, si es que creéis en ella, y dudo que habiendo leído a Emil Cioran, yo lo he devorado entero hasta sus huesos, podáis seguir teniendo dudas, o accesos de una mórbida turbulencia paranoica, profundicen señores pero en algo productivo si es que conocen algo que lo sea y hagan de ello algo interesante, no nos aburran con sus miedos, miedos producidos por tipos que nos llamaron los torpes y chapuceros, ¿Quién es ese que hicieron santo? Un tipo que hablaba del hombre encerrado en un pueblito, aislado en su casita, paranoico con sus Alos de grandeza, un bobo mas para que perdamos nuestras verdaderas certidumbres en pos de una incierta vida, ¿irrealidad vendida a cambio de que? ¿A cambio de lo que soñaba, amaba, disfrutaba? Que se pierdan esos fantoches en la búsqueda del santo grial, enfermos sifilíticos que alternan en los burdeles del lauro y la gloria. Dejen mi pequeña pero amable vida y no me den sombra como lo hacia Alejandro magno.Diógenes, el filósofo griego se encontró con Alejandro Magno cuando este se dirigía a la India. Era una mañana de invierno, soplaba el viento y Diógenes descansaba a la orilla del río, sobre la arena, tomando el sol desnudo... Era un hombre hermoso. Alejandro no podría creer la belleza y gracia del hombre que veía. Estaba maravillado y dijo:“Señor...” - jamás había llamado “señor” a nadie en su vida- “...señor, me ha impresionado inmensamente. Me gustaría hacer algo por usted. ¿Hay algo que pueda hacer?”Diógenes dijo: “Muévete un poco hacia un lado porque me estás tapando el sol, esto es todo. No necesito nada más.”Alejandro contestó: “Si tengo una nueva oportunidad de regresar a la tierra, le pediré a Dios que no me convierta en Alejandro de nuevo, sino que me convierta en Diógenes”.Diógenes rió y dijo: “¿Quién te impide serlo ahora? ¿Adónde vas? Durante meses he visto pasar ejércitos ¿Adónde van, para qué?”.Dijo Alejandro: “Voy a la India a conquistar el mundo entero”.“¿Y después qué vas a hacer?”, preguntó Diógenes.Alejandro dijo: “Después voy a descansar”.Diógenes se rió de nuevo y dijo: “Estás loco. Yo estoy descansando ahora. No he conquistado el mundo y no veo que necesidad hay de hacerlo. Si al final quieres descansar y relajarte ¿Por qué no lo haces ahora? Y te digo: Si no descansas ahora, nunca lo harás. Morirás. Todo el mundo se muere en medio del camino, en medio del viaje”.Alejandro se lo agradeció y le dijo que lo recordaría, pero que ahora no podía detenerse. Alejandro cumplió su destino de conquistador, pero no le dio tiempo a descansar antes de morir.

lunes, 19 de abril de 2010

PRIAMO SE QUEDA ENTRE NOSOTROS

FERNANDO FERNANDEZ DUVAL

Ayer, a eso de las dos de la tarde, tuve la ingrata noticia: PRIAMO ha muerto, me telefoneaba con el corazón partido y la voz quebrada mi amigo de infancia, el ingeniero Homero Cuevas. Me sobrecogí; dos lágrimas salieron de mis ojos y seguí adelante conduciendo por el Malecón de la capital. Mientras conducía iba en silencio, mi esposa y dos de mis tres hijas, me observaban, pensando en el amigo que acababa de partir hacia lo inexorable.

A Príamo lo recuerdo sentado con las piernas entrecruzadas la última vez que lo vi en el Club de los Trinitarios del municipio de Santo Domingo Este, cuando los dos asistíamos a la puesta en circulación de los Indicadores Económicos Sociales de la Provincia Bahoruco, preparado por el economista Ángel Vázquez Perdomo. La brisa húmeda de los Haitises resfrecaba la noche y Príamo hacía uso de la palabra con su espectacular garbo. Vestía pantalón negro y chacabana blanca. Humilde como siempre, con un lenguaje directo y mucha propiedad, Príamo se refería a la pobreza particular de Neyba, destacando las potencialidades que tenía en su suelo, en sus ríos y montañas para emprender el camino hacia el desarrollo.

Después de su intervención se sentó a nuestro lado, tomamos refresco, me miró fijamente. Hablamos de los políticos, de sus miserias e ingratitudes y él, pausado, nos hablaba de lo que había que hacer para desarrollar a Neyba.

Después nos despedimos con apretón de manos, dejando a tras su sonrisa blanca y la mirada de sus achinados ojos enredado en el neón.

En semana Santa, el amigo Leo Thewuissen me dijo que Príamo estaba muy enfermo. Llamé al Ingeniero Homero Cuevas y me confirmó lo que me dijo Leo.

Ahora que Príamo no está físicamente entre nosotros, no pienso recordarlo, como el que se ha ido para siempre, me dije. Quiero recordarlo como el titán que todavía está con sus ideas, con su sencillez, su honradez, su visible alegría: amable, luchador incansable y soñador, porque el neybero, el hijo de Talita, el hermano de Rafaelito y Adonis, el INMORTAL que dicen que se ha ido, se queda entre nosotros. os a TOQ

jueves, 4 de marzo de 2010

CASI MUERTO

FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL

El monte estaba oscuro en el mes de enero, densamente oscuro, precisamente cuando los días de invierno son más cortos y las noches se hacen más largas en el hemisferio norte. No había una sola alma por los alrededores, solo el sonido y el aleteo constante y presuroso de los murciélagos de una cueva y las aves nocturnas, las chicharras y los grillos en las ramas y los troncos de los árboles y el ruido del río que bajaba serpenteando las lomas de Panzo, mientras Blanco, moribundo, murmuraba en sus adentro,

- ¡caramba, me pasó esto a mí!,

Mientras la noche se tragaba los árboles y lo cerros macizos que tenía cerca y hacía resaltar el ruido del agua que caía abruptamente en cascada sobre un despeñadero en el fondo del valle formando un salto como si fuera una larga cola de caballo.

Blanco estaba tirado boca arriba en el suelo, casi sin movimiento, adolorido y acalambrado, respirando fatigosamente con el alma saliéndosele del pecho.

Solo atinaba a recordar por unos breves instantes los últimos acontecimientos de su fatídica noche, cuando alcanzó a ver aquella silueta de aquel maldito toro negro, que se confundía con su propia sombra y que desapareció de su vista y lo embistió con furia por sorpresa, mejor dicho, por la espalda, por el frente y los costados, moviéndose violento como un fantasma entre las sombras con los ojos brillantes para emerger con resoplidos por la boca y la nariz entre los matorrales, para propinarle, una, dos, tres, cuatro y más cornaduras y lanzarlo al suelo y levantarlo y volver a embestirlo, a cornearlo, a patearlo con sus patas delanteras tantas veces, hasta dejarlo inmóvil, casi muerto.

Todo ocurrió en un solo instante, como el rayo, sin que pudiera huir o defenderse de la endiablada bestia.

Supo que estaba herido cuando palpó el suelo y lo encontró húmedo; miró y no vio a nadie; volvió a mirar de nuevo y sintió que su cuerpo estaba sumergido en un gran charco de sangre que salía de sus costados.

De pronto, ante el intento vano de llamar en voz alta, de pronunciar nombres cercanos, queridos, amados u odiados y lugares lejanos a los que quiso ir alguna vez en su vida, la voz de Blanco se quedaba atrancada, entaponada, sin salir de su garganta una sola sílaba. En ese instante de corta duración, repasó detalladamente el primero y último acto conciente de su vida, pasándole revista a cada uno de ellos como si fuera un film de corto metraje, enjuiciándose a sí mismo, o rindiéndole cuenta detallada a otro con el que intentaba hablar y no podía.

Volvió a llamar y no pudo; perdió fuerza en las extremidades que no le respondían a sus deseos; el vientre le latía violentamente; y la cabeza le ardía y le dolía a la vez desde la boca reseca por la deshidratación provocada por la hemorragia, hasta la punta de los pelos que se movían con el viento frío que soplaba sin pausa.

Blanco comenzó a tener alucinaciones, a gorjear como los moribundos por la falta de oxígeno, a tener pesadillas, a tener un pensamiento incoherente y fugaz, que iba y venía como la llama de una hoguera que se movía, lo alejaba y lo acercaba a su propia realidad, se ponía pequeña y se agrandaba de repente entre los leños que la alimentaba.

Blanco se desesperaba. Tenía más de cuatro horas tirado entre las hojas y las ramas secas del monte desde que fue embestido por el toro, apenas se movía y cuando lo intentaba, el cuerpo le dolía. La sangre le salía a borbotones; tenía la cara pálida y amoratada como una hoja blanca y los ojos desorbitados.

Por un momento sintió que se moría como un animal abandonado. No quería morirse solo sin que nadie lo viera y le diera cristiana sepultura. Se apenó de sí mismo y lloró sudoroso por la suerte que corría. Intentó pararse y llamar a Maruca, su mujer, que lo esperaría, lo cual consiguió deletreando el nombre: M A R U C A.

Trató de incorporarse levemente con dificultad para ir hacia el río, agarrándose tembloroso de los troncos de los árboles que le quedaban cerca. Volvió a llamar a Maruca. Siguió avanzando lento, arrastrándose en zigzag hacia el río como si tuviera nadando en aguas picadas y profundas, con la cabeza escondida, pegada, inerte sobre el pecho, sin fuerza y la mirada perdida.

Por fin, llegó jadeando al río; se acercó a la orilla como pudo; introdujo la cabeza al agua con dificultad y comenzó a bebérsela en pequeños sorbos hasta saciar su sed; dejó de sentir el malestar de la muerte por unos instantes; pensó que se salvaría de esta; en medio de esa sensación de felicidad que se produce en el proceso de sanación de los males que agobian el cuerpo; quiso levantarse y no pudo; se estremeció como un rayo de los pies a la cabeza; vomitó lo poco que tenía en el estómago y volvió a desfallecer en medio del río…

Ahora, Blanco estaba tirado allí, arrastrado por la corriente hacia el centro del río con la cabeza hacia arriba, mirando sin moverse hacia el cielo, entre piedras y lodo, casi muerto, por no decir, muerto de verdad.




FIN

EL TEMA MILITAR ES TODAVIA UN TABU

El tema de la corrupción en las Fuerzas Armadas y la policía Nacional ha sido un tabú en la opinión pública, pues nadie, absolutamente nadie, quiere referirse al mismo, ya sea por temor o complicidad; pero lo cierto es que en esas instituciones, la corrupción es el principal medio de la falta de disciplina y autoridad que campea por sus fueros y la razón por la cual algunos de sus miembros estén vinculados a actividades ilícitas, especialmente al narcotráfico. Desde luego, no son la mayoría de sus integrantes los que participan de actos de corrupción, por lo general, son unos pocos, y esos pocos tienen la capacidad política para mover los hilos de poder para sus actividades.

Aunque el tema es espinoso y como tal lo trato, corriendo los riesgos que un simple ciudadano debe correr para mejorar la suerte de sus conciudadanos, porque sino, cómo se arreglaría esto?.

La mayoría de los militares y los policías son gente pobre, muy pobre; pues conozco el caso de generales que viven regularmente en barrios de clase media baja, hasta con sus antiguas esposas, y que al final de sus carreras, la pobreza los agobia por el resto de susu vidas.

Pero también conozco los casos contrarios de militares y policías, muy pocos por cierto, que exhiben fortunas de magnates y que incluso han cambiado de esposas, compran lujosos pisos en la avenida Anacahona o en el Malecón Center, mansiones en Casa de Campo, Miami y Arroyo Hondo. Cuando terminan sus carreras pasan a ser grandes empresarios en la República Dominicana.

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Danilo Medina ha sido a futuro hasta ahora, el principal activo político del PLD para
retener la presidencia de la República en las elecciones presidenciales del 2012.

Sin embargo, los danilistas y su equipo no se han dado cuenta que están cercados en un cepo creado por ellos mismos y que eventualmente podría impedir que Danilo fuera el candidato presidencial de su partido.

El cepo en el que están cercados Danilo y los danilistas, consiste en el auto-aislamiento del debate público, posiblemente por temor al presidente Leonel Fernández.

Si Danilo no intenta correr el riego de enfrentarse al presidente de la República, y dejar de lado su miedo, fijando posiciones responsables y articulando un discurso coherente sobre los diferentes temas nacionales, especialmente aquellos que más afectan a la población, podría perder la posibilidad de ser el candidato del PLD.
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Las diversas opiniones sobre el retiro de generales de la Policía Nacional y de las Fuerzas Armadas, a partir del 27 de febrero, no dan en el clavo porque son politiquieras, tibias y timoratas.

Las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional, son las mismas instituciones en términos doctrinarias que utilizaron Trujillo y Balaguer para reprimir, matar y robarle sus riquezas al pueblo dominicano.

Esas instituciones a lo largo de toda su vida, jamás representaron el interés nacional y cada día enajenan sus funciones para garantizar la seguridad nacional y el orden público.

A nuestro juicio, lo que debe producirse en esas instituciones son cambios radicales, cancelando a generales, oficiales y clases corruptos y delincuentes y dotar a esas instituciones de una nueva misión, visión y función estratégica al servicio del pueblo.

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lunes, 22 de febrero de 2010

LAS ELECCIONES DE MEDIO TERMINO

FERNANDO FERNANDEZ DUVAL

La Junta Central Electoral dejó abierta formalmente la semana pasada, el inicio de la campaña electoral para escoger a las próximas autoridades congresuales y municipales en las elecciones de medio término del 16 de mayo de este año.

A partir de estas elecciones, los partidos políticos pondrán a funcionar sus respectivas estrategias y maquinarias electorales para obtener la cantidad de votos necesarios con los cuales intentarán controlar los poderes legislativos y municipal.

En estas elecciones, en forma disyuntiva, podrían estar en juego la continuidad o la reconquista del poder por parte del PLD o el PRD, respectivamente; ya que tradiconalmente el partido que logre mayoría de votos y controle mayor cantidad de escaños en las cámaras legislativas y en los ayuntamientos , se colocaría en una mejor posición para ganar las elecciones presidenciales del 2012.

Una peculiaridad que resalta a la vista en estas elecciones, es el poco entusiasmo que despiertan los candidatos en el electorado, a juzgar por las encuestas de opinión que se han realizado en el país, donde el 60 por ciento de los entrevistados dice que no votarían en estas elecciones.

Es probable que el electorado se haya dado cuenta que estas elecciones no le sirven a sus comunidades para resolver sus problemas elementales de salud, educación, alimentación, recreación, infraestructuras, etc., ya que los funcionarios electos se representan y legislan para ellos mismos, para los partidos que los postulan y para la clase dominante que los mantienen.

Ese escenario, según la teoría política, podría cambiar en la medida que los discursos y las ofertas de los candidatos se hagan más convincentes, aunque para el caso, los candidatos que potulan los principales partidos no ofrecen nada nuevo que no hayan ofertado para sus comunidades y hayan dejado de cumplir; por tanto, es poco probable que sus discursos dominen el inconciente del electorado sometiéndolo a una profunda, larga y colectiva amnesia.



EL PREMIO NACIONAL DE LITERATURA A MATEO MORRISON

FERNANDO FERNANDEZ DUVAL

Mateo Morrison recibió hace pocos días el Premio Nacional de Literatura, que según el jurado seleccionador, fue por la calidad de su obra poética, por su dedicación a la educación y por su dilatada carrera de promotor cultural en la República Dominicana.

El Premio que se otorga a Mateo, es bien merecido, porque se reconoce la labor perpetua de un trabajador de la lengua y de la cultura; ya que su poesía, sencilla, pulcra, inagotable, de amplia base popular, amorosa y de un gran compromiso con los ideales de un mundo mejor, como lo soñaron nuestros Padres de la Patria, Juan Bosch, Caamaño, Luperón y Manolo, ha trascendido las fronteras de República Dominicana y de la cultura y la lengua dominicana que le dieron significado y significante a su obra, porque la obra de Mateo, traducida a otras lenguas, se ha hecho universal como la mejor poesía.

Como educador, Mateo es heredero del magisterio por el lado de su padre, un inmigrante jamaiquino que vino a crear academias de inglés en la zona oriental de la margen del río Ozama para quedarse, echar raíces profundas en estas tierras de tropico y cañas y dar los frutos que los dominicanos disfrutamos con la obra fecunda de Mateo.

Donde la obra de Mateo se hace epopéyica y grande como el pico Duarte, es en la promoción cultural, es decir, en la labor cotidiana de difusión de ideas y valores estéticos y en la creación de un nuevo paradigma de la acción que convierte la poesía en un arte de pedagogía popular, desencajado del circulo estrecho de los salones con caretas de la academia y de los clubes de alcurnia de la elite dominante. Fruto de esa acción, tenemos la fundación de los talleres de poesía donde se formaron poetas, ensayistas, narradores de altos quilates, en fin, artistas populares.

También Mateo se ha destacado como un eterno difusor de las ideas de un nuevo porvenir de hombres justos desde la militancia política en las izquierdas. Ha brindado apoyo a jóvenes de las más diversas regiones y clases sociales del país a través de los suplementos y publicaciones literarias que le ha tocado dirigir.

El Premio Nacional de Literatura a Mateo Morrison es, en otras palabras, el premio a la poesía misma y al trabajador incansable de la cultura, al intelectual comprometido con su pueblo, honesto, revolucionario, sencillo y humilde.


Celebremos pues, por las altas cumbres de Quisqueya, el Premio Nacional de Literatura 2010 otorgado a Mateo Morrison.


lunes, 25 de enero de 2010

LAS LECCIONES APRENDIDAS DESPUES DEL GOLPE A ZELAYA

FERNANDO FERNANDEZ DUVAL
El presidente Manuel Zelaya viene al país mañana miércoles procedente de Honduras en el mismo avión en que regresa el presidente Leonel Fernández, tras arribar a acuerdos con el presidente electo de ese país centroamericano y recibir un salvaconducto para viajar a Santo Domingo del gobierno dominicano.

La situación que vivió el presidente Zelaya tras el golpe de estado del 28 de junio del 2009, encabezado por Micheletti, Romeo Vázquez, una parte considerable del empresariado con el respaldo de influyentes sectores pentagnistas de los Estados Unidos y con el rechazo de la comunidad internacional, no tiene parangón, ya que, cual odiseo, viajó y viajó sin rumbo claro de Washington a Buenos Aires, hasta regresar finalmente a su patria para negociar en el terreno su retorno al poder y recordarle al mundo que era él y no Micheletti el presidente constitucional de Honduras.

Lamentablemente la naturaleza traicionó a muchos, pues aparentemente al gobierno de Barack Obama los pentagonistas le doblaron el pulso para que las elecciones convocadas por los golpistas resolvieran la crisis, acatando sus ilegitimos resultados. También, el resultado de esas elecciones dividió a la comunidad internacional, ya que una parte de la misma se sumó a la posición de Washington como una imposición de la real politica, y la otra se quedó exanime en la retórica pseudoizquierdista; mientras tanto, el presidente Zelaya se aislaba o se cocía en su propia salsa con pocas o ningunas alternativas que no fuera la inmolación en la embajada de Brasil en Tegucigalpa.

Los acontecimientos ocurridos en Honduras después del golpe de estado, fueron más interesantes para los estudiosos de la política como fenómeno de poder, que el golpe mismo, pues se confirma la tesis del dominio de Washington sobre la mayoría de los países de la región y la incapacidad de influir y reaccionar de los gobiernos que dicen adversar las políticas imperiales de Estados Unidos.
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El terremoto del pasado 12 de enero en Haití, no solo convirtió la vida de este hermano país en una gran tragedia humana, sino también en la excusa del gobierno de Estados Unidos para ocuparlo militarmente, con el pretexto de organizar la cooperación internacional y establecer el orden y la seguridad en las principales ciudades haitianas, principalmente en Puerto Principe, con lo cual estaríamos totalmente de acuerdo, si la coordinación para la coorperación y el orden fueran dirigidos por organismos internacionales dirigidos por Naciones Unidas, ya que para Toq la ocupación del territorio haitiano en el fondo esconde intereses de geopolitica en la región del Caribe y muy probablemente para controlar el trafico de droga proveniente de Colombia.
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En el día de hoy, vimos por televisión al presidente del PRD, Ing. Miguel Vargas Maldonado, quejándose de que a cambio del apoyo a la reforma constitucional, el presidente de la República le prometió que iba a apoyar la ley de partidos y que en la presente legislatura no se ha aprobado todavía.

La queja del presidente del PRD, no está motivada en que el país tenga una nueva ley de partidos, porque cuando el PRD fue mayoría en el congreso, la aprobación a dicha ley recibió la misma respuesta destemplada del presidente del senado y la mayoría de los congresistas del PRD que acompañaron al presidente del partido blanco en su alocución.

La causa por la cual no se haya aprobado la ley de partido, ni cuando el PRD tuvo mayoría congresual, ni ahora que el PLD la tiene, se debe básicamente al tema del uso de los recursos del Estado en la campaña a favor de sus candidatos.

La actitud de los congresistas del PLD ahora, es como pagarle al PRD con la misma moneda que el PRD le pagó ayer. La de Miguel Vargas en su alocución de hoy 25 de enero, parecería de doble moral.

Aunque lo cierto es que el país necesita no solo una nueva ley de partidos, sino una nueva ley electoral que amplíe los derechos de participación de la ciudadanía en los organos de dirección del Estado. Sobre este último tema, Toq está casi seguro que el PRD y el PLD se pondrían de acuerdo para evitar la aprobación a dicha ley, porque de aprobarse, el monopòlio de los partidos sobre la sociedad y el negocio de sus dirigentes tendrían sus días contados.
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CUANDO HAITI NO SEA NOTICIA
JOSÉ MARÍA RIDAO 21/01/2010

La pregunta de qué sucederá con Haití cuando no sea noticia comienza a repetirse con cierta frecuencia. Si se atiende a la experiencia de tragedias anteriores, unas naturales y otras provocadas, la respuesta, por desgracia, resulta descorazonadoramente sencilla: nada muy distinto de lo que está pasando ahora. Los medios de la ayuda internacional seguirán siendo insuficientes y, si acaso, lo único que se habrá desvanecido será la sensación de urgencia, la conciencia de que cada hora que pasa resulta decisiva para paliar los efectos de la catástrofe. Hombres, mujeres y niños seguirán deambulando por lo que fueron sus ciudades y sus casas, sólo que uno o varios escalones por debajo del umbral de extrema miseria en el que se encontraban antes del terremoto.

Aunque resulte sorprendente, en una catástrofe como la de Haití hay, por así decir, poca noticia, aunque de colosales dimensiones. En realidad, sólo una, que se puede resumir en pocas palabras: un temblor de tierra ha devastado un país entero y dejado decenas de miles de cadáveres. A partir del momento en que el resto del mundo conoce un enunciado tan brutal y tan escueto, el esfuerzo para ilustrarlo y darle desarrollo tiene que ajustarse necesariamente a un mismo e invariable esquema. Primero, los testimonios del momento crítico; luego, la búsqueda desesperada de supervivientes; poco después, el consuelo de los milagros, cada vez más raros a medida en que pasan los días; finalmente, las escenas de pillaje a consecuencia del hambre, la sed y la desesperación.

Pero, siempre a juzgar por la experiencia de tragedias anteriores, en este esquema repetido una y otra vez llega un momento en que, de manera imperceptible, las noticias van cambiando de protagonista. Junto a las víctimas, y muchas veces suplantándolas, empiezan a aparecer fardos de ayuda debidamente identificados según sus remitentes, equipos de voluntarios cuya organización se reconoce por los logotipos que lucen en gorros y chalecos, dirigentes de países que se han volcado en el envío de ayuda. Éste es, sin duda, un instante crítico, si no para la suerte de la población, que ya está echada para décadas, sí, al menos, para un asunto del que cuesta hablar cuando aún permanecen miles de cadáveres bajo los escombros: la ostentosa exhibición de la solidaridad, no la solidaridad misma, provoca en ocasiones la impresión de estar presenciando un acto indecente.

Cuando la noción de visibilidad se ha convertido en un criterio habitual para las agencias de cooperación, organismos oficiales de ayuda e, incluso, ONG, el riesgo de roces entre donantes se multiplica, como se comprobó hace pocos días con las declaraciones de responsables políticos franceses y brasileños en relación con el despliegue de los marines norteamericanos. Por descontado, detrás de estos roces existe sobre todo un problema de coordinación internacional que tarde o temprano acabará por resolverse. Pero cuesta cerrar los ojos ante la dimensión moral que queda en evidencia, sea relevante o no para quienes necesitan socorro y hay que llevárselo. ¿Esto es solidaridad con los haitianos o simple satisfacción narcisista de contemplarnos a nosotros mismos defendiendo una causa incontestable?
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HAITI: UN DESAFIO INTERNACIONAL

Miro una foto de una tristeza, dolor, crueldad y violencia inmensas: un hombre toma del pie el cadáver de un niño y lo arroja al aire. El cuerpo va a dar a la montaña de cadáveres -decenas de millares en una población de 10 millones-. Saldo terrible del terremoto en Haití. Cuesta admitir que una catástrofe más se añada a la suma catastrófica de esta desdichada nación caribeña. El 80% de sus habitantes sobrevive con menos de dos dólares diarios. El país debe importar las cuatro quintas partes de lo que come. La mortalidad infantil es la más alta del continente. El promedio de vida es de 52 años. Más de la mitad de la población tiene menos de 25 años. La tierra ha sido erosionada. Sólo un 1,7% de los bosques sobreviven. Tres cuartas partes de la población carece de agua potable. El desempleo asciende al 70% de la fuerza de trabajo. El 80% de los haitianos vive en la pobreza absoluta.

Los huracanes son frecuentes. Pero si la naturaleza es impía, más lo es la política humana. Primer país latinoamericano en obtener la independencia, en 1804, se sucedieron en Haití gobernantes pintorescos que han alimentado el imaginario literario. Toussaint L'Ouverture, fundador de la República, depuesto por una expedición armada de Napoleón I. El emperador Jean-Jacques Dessalines extermina a la población blanca y discrimina a los mulatos, pero es derrotado por éstos. Alexandre-Pétion, junto con el dirigente negro Henry Christophe, convertido en brujo y pájaro por Alejo Carpentier en su gran novela El reino de este mundo, espléndido resumen novelesco del mundo animista de brujos y maldiciones haitianas. Fueron los "jacobinos negros".

El verdadero maleficio de Haití, sin embargo, no está en la imaginación literaria, ni en el folclore, sino en la política. Sólo después de la ocupación norteamericana (1915-1934), Haití ha sufrido una sucesión de presidentes de escasa duración y una manifiesta ausencia de leyes e instituciones, vacío llenado, entre 1957 y 1986, por Papá Doc Duvalier y su hijo Baby Doc, cuyas fortunas personales ascendieron en proporción directa al descenso del ingreso de la población, el desempleo y la pobreza. Patrimonialismo salvaje que intentó corregir, en 1990, el presidente Jean-Baptiste Aristide, exiliado en 1991, de regreso en 1994, y desplazado al cabo por el actual presidente René Préval.

Este carrusel político no da cuenta de las persistentes dificultades provocadas por la guerra de pandillas criminales, herederas de los terribles tonton-macoutes de Duvalier, incontenibles para una policía de apenas 4.000 hombres y avasallada por las realidades de la tortura, la brutalidad, el abuso y la corrupción como normas de la existencia.¿Qué puede hacer la comunidad internacional sin que los préstamos del Banco Mundial o del Banco Interamericano desaparezcan en el vértigo de la corrupción? La presencia de una fuerza multinacional de la ONU, la MINUSTAH o Misión Estabilizadora (con gran presencia brasileña) ha contribuido sin duda a disminuir el pandillismo, los secuestros y la violencia. La inflación disminuyó de 2008 acá de un 40% a un 10% y el PIB aumentó en un 4%. Prueba de que hay soluciones, por parciales que sean, a la problemática señalada. Pero hoy, el terremoto borra lo ganado y abre un nuevo capítulo de retraso, desolación y muerte.

La comunidad internacional está respondiendo, a pesar de que Puerto Príncipe ha perdido su capacidad portuaria, el aeropuerto tiene una sola pista y el hambre, la desesperación y el ánimo de motín aumentan. El presidente Barack Obama ha dispuesto (con una velocidad que contrasta con la desidia de su predecesor en el caso del Katrina en Nueva Orleans) medidas extraordinarias de auxilio.

Obama ha tenido cuidado en que el apoyo norteamericano sea visto como parte de la solidaridad global provocada por la tragedia haitiana, y ha hecho bien. Las intervenciones norteamericanas en Haití están presentes en la memoria. Entre 1915 y 1934, la infantería de marina de Estados Unidos ocupó la isla y sólo la llegada de Franklin Roosevelt a la Casa Blanca le dio fin a la intervención. No hay que ser pro-yanqui para notar que la ocupación trajo orden, el fin de la violencia y un programa de obras públicas, aunque no trajo la libertad, ni acabó con la brutalidad subyacente de la vida haitiana.

La presencia actual de muchas naciones y muchas fuerzas, militares y humanitarias, en suelo haitiano, propone una interrogante. Terminada la crisis, pagado su altísimo costo, ¿regresará Haití a su vida de violencia, corrupción y miseria?
Acaso el momento sea oportuno para que la comunidad internacional se proponga, en serio, pensar en el futuro de Haití y en las medidas que encarrilen al país a un futuro mejor que su terrible pasado. Que dejado a sí mismo, Haití revertirá a la fatalidad que lo ha acompañado siempre, es probable. Que la comunidad internacional debe encontrar manera de asegurar, a un tiempo, que Haití no pierda su integridad pero cuente con apoyo, presencia y garantías internacionales que asistan a la creación de instituciones, al imperio de la ley, a la erradicación de la pobreza, el crimen, la tradición patrimonialista y la tentación autoritaria, es un imperativo de la globalidad.

Ésta, la globalización, encuentra en Haití un desafío que compromete la confianza que el mundo pueda otorgarle a la desconfianza que todavía la acecha. La organización internacional prevé (o puede imaginar) maneras en que Haití y el mundo unan esfuerzos para que la situación revelada y subrayada por el terremoto no se repita.

Haití no debe ser noticia hoy y olvido pasado mañana. Haití no cuenta con un Estado nacional ni un sector público organizados. Los Estados Unidos de América no pueden suplir esas ausencias. La inteligencia de Barack Obama consiste en asociar a Norteamérica con el esfuerzo de muchos otros países. Porque Haití pone a prueba la globalidad devolviéndole el nombre propio: internacionalización, es decir, globalidad con leyes.

P.S. Una manera de entender a Haití más allá de la noticia diaria consiste en leer a algunos autores de un país de cultura rica, economía pobre y política frágil. Me refiero a Los gobernadores del Rocío de Jacques Roumain, un autor que partió de una convicción: el orgullo de los haitianos en su cultura. Tanto en Los gobernadores como en La presa y la sombra y La montaña encantada, Roumain resume en una frase el mal de Haití: "Todo mi cuerpo me duele". Junto con él, los hermanos Pierre Marcelin y Philippe Thoby-Marcelin escribieron la gran novela del Haití del vudú, las peleas de gallos y la superstición, Canapé-Vert, así como El lápiz de Dios y Todos los hombres están locos. Esta última prologada en inglés por Edmund Wilson, quien ve en ella, más allá del drama de Haití, "la perspectiva de las miserias y fracasos de la raza humana, nuestros amargos conflictos ideológicos y nuestras ambiciones aparentemente inútiles".

jueves, 14 de enero de 2010

LA TRAGEDIA HAITIANA NOS GOLPEA Y HASTA NOS MATA

FERNANDO FERNANDEZ DUVAL

La tragedia haitiana nos golpea el corazón.
Nos hiere en todo el cuerpo y hasta nos mata.
La tragedia haitiana es nuestra y como tal, debemos salir en ayuda de ese pueblo.
La compasión es el sentimiento humano primigenio más alto, porque es la base del amor y la solidaridad.
En esta hora triste, seamos compasivos con el pueblo haitiano y vayamos sin reserva en su ayuda.
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A propósito de la tragedia haitiana, mucha gente cree que la cooperación internacional va a contribuir de ahora en adelante con la solución del problema de ese país, que con el sismo del martes último, lo único que hizo fue agravarse.

La cooperación durará algunos meses. Se aportará algún tipo de ayuda, especialmente aquella que esté alineada con los intereses del país que ayuda. Después, el país cooperante tomará sus bártulos y dejará a los haitianos con sus problemas seculares agravados. No nos hagamos ilusiones, porque si así hubiera sido, Haití fuera otra cosa y no el país más pobre del hemisferio occidental, a pesar de las promesas de Francia que esclavizó y explotó al hermano país, los Estados Unidos y Canadá.
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Que el capo Figuereo Agosto se acostara con Mery Peláez, Sobeída Feliz o con la mujer del asesinado coronel González y González u otras hembras del harén, no es una cuestión que debiera interesarnos para nada. Lo que realmente nos interesa son los policías, los militares, los empresarios y funcionarios de este o aquel gobierno que nos defraudó tanto y que forman parte de la red que encabeza el capo boricua y que el informe parece que oculta, porque al parecer se caerían todos los altares, como dijo Lilis en ocasión de designar en medio de una crisis nacional el Padre de la Patria frente a la polémica que protagonizaran intelectuales de la época y parientes de Juan Pablo Duarte y Francisco del Rosario Sánchez.

Las mujeres que el capo Figuereo Agosto se dio cargado de pasión y furor sexual, es una cuestión de índole personal que las autoridades policiales y judiciales resaltan como cuestión de orden público para despertar el morbo de la población, para que de esa manera nos olvidemos de los otros que no están en el informe.

La población debe exigir profundizar las investigaciones y todo aquel que tenga algún tipo de informaciones, que lo haga con toda responsabilidad, incluyendo a periodistas y políticos que están haciendo su (A)gosto irresponsablemente, con señalamientos sin ninguna base, solo con el propósito de dañar reputaciones o de ganar políticamente como huestes carroñeras.

sábado, 19 de diciembre de 2009

¡¡BOLÍ, VINI – LA, BOLÍ, VINI-LA!!

FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL

La motocicleta ruge como un león endemoniado y se desplaza a toda velocidad por la larga y estrecha carretera, que se tuerce como una culebra de un costado a otro alrededor del cerro, de una pendiente a otra, espantando a su paso, a los caballos, a las vacas y a los chivos en el cerro corcovado de Juan Calvo y que en ese preciso momento pastan a la sombra del bosque latifoliado y las ciguas Madame Sagá de la Hispaniola, posadas para pasar la noche sobre las ramas de los árboles cercanos. Atrás, con la humareda de polvo y el cansancio del día que se evapora entre los cerros, va quedando con la brisa el último caserío de Dajabón con sus opacas luces pueblerinas, su mercado de viandas, azúcar, arroz, hielo, verduras, huevos, pollos, objetos de plásticos de todo tipo y pacas, sus calles maltrechas y polvorientas, sus heladerías ambulantes, sus almacenes, sus relojerías dispersas en pequeños kioscos, sus pensiones de haitianos, sus marchantes, sus viejas casas de madera con sus techos cubiertos de un zinc mohoso, sus altas temperaturas, sus pocos edificios gastados de la era de Trujillo con sus azoteas: el antiguo Partido Dominicano, el ayuntamiento, la gobernación provincial, la escuela, el parque municipal, el colegio de agronomía San Ignacio de Loyola, la iglesia y el hospital, sus cacharros tirados en los patios, sus automóviles cubiertos por el polvillo fino del abandono y el tiempo, sus carretas tiradas por hombres sudorosos, desnudos de la cintura hacia arriba y sus imponentes mercaderes en los días de feria procedentes de muchos lugares del país y de los campitos cercanos de Haití desfilando por las calles del pueblo con buen talante.

La motocicleta sigue alejándose de Dajabón por la larga, empinada y solitaria carretera que conduce hasta el Pino. En ella van sentados dos hombres desconocidos y en el medio de los dos, indefenso, va Bolí, quien cierra sus ojitos tristes y tiernos y sus puñitos de ángel abandonado, reflejando así su impotencia, mientras el sueño le llega de repente y lo turba. Bolí sueña en su pequeña y desolada aldea de Tirolí jugando con niños como él a la rayuela o al fútbol en el descampado de la escuela, frente al atrio de la bandera, pero especialmente sueña con madame Clarisse que lo estaría buscando como fou a esta hora de la noche entre los vecinos y el caminito que llega por un lado hasta Restauración y por el otro a Macasía, ora llamándolo en creóle a viva voz, ora llorando desesperadamente, al tiempo que se desplaza lentamente con su cuerpo pesado y su bella sonrisa, abriéndose paso en la oscuridad,

- ¡Bolí!, petit!
- ¡Bolí!, ¡Bolí!, ¡Bolí!,
- Petit, petit, petit
- Bolí, vini-la
- Bolí, vini-la

Al escuchar en su interior la voz de madame Clarisse que lo llama dulcemente y que luego se desvanece entre los cerros pelados y polvorientos de Tirolí y el mugido de las vacas en los corrales vecinos, Bolí estrecha dolorosamente su cuerpo semidesnudo al de los dos hombres que lo conducen.

- Bolí, viní-la
- Bolí, viní-la
- Bolí, vini-la

En ese instante, un profundo escalofrío empieza a recorrerle el cuerpo desde la cabeza hasta los pies; pues no sabe aún quienes son estos dos extraños que le taparon la boca y los ojos violentamente con sus dos manos, lo tomaron por sorpresa alzándolo por los brazos hasta subirlo a la fuerza a la motocicleta estacionada frente al mercado. Bolí había cumplido cinco años de edad. Es un niño pequeño y tierno, con una gran sonrisa dibujada en los labios. Hablaba poco. Entendía algunas palabras deletreando el español de la Frontera, aunque prefería comunicarse en la lengua de sus ancestros africanos, especialmente en la de su bisabuelo Ogan, un cochero de Saint Nicolás pregonador de historias,

- Bon jou, bon jou
- ¿Es ke ou pral netoiyé soulié?,
- Papa bondyé.

Bolí volvió a escuchar la voz de madame Clarisse que se perdía entre las nubes y las Montañas Negras de Haití, hasta apagarse de repente en un solo llanto que transformó en quejido la planicie del Artibonito,

- ¡Mamma Clarisse!
- ¡ Mamma Clarisse
- ¡Mamma Clarisse!

La motocicleta sigue su ruta indetenible hacia el Este en medio de la oscuridad y el silencio de la noche. Ya serían las diez y las estrellas brillaban solas como incontables puntitos en el cielo. El ruido de la motocicleta ensordece endemoniado y rompe en mil pedazos la noche como si fuera un espejo al estallar.

La ciudad de Santo Domingo era diferente a Dajabón y mucho más que a la pequeña aldea de Tirolí, donde a esta hora madame Clarisse seguía buscándolo por sus caminos de montaña y herradura, porosos, angostos y secos como cuero curtido, mientras la motocicleta seguía su camino. Madame Clarisse no había salido nunca de Tirolí, aunque tenía ideas vagas de cómo estaba organizada una ciudad y cómo se vivía en ella. Tenía curiosidad por conocer los edificios, el alumbrado eléctrico, las bombillas con sus luces multicolores, las calles y avenidas asfaltadas, las tiendas, los maniquís de los que le hablaba una prima que estuvo en una de esas ciudades y los automóviles que se desplazaban más rápido que los burros y los caballos que montaba para buscar agua al río o para trasladarse a otras comarcas. La noción que tenía madame Clarisse de una ciudad era la de Tirolí y las historias que le contaban los viajeros que habían visitado esos lugares eran diferentes a sus propias ideas.

- Allí – le decían- vendían el agua de tomar, los hombres eran desconfiados y no eran amigos de nadie, caminaban de prisa como los caballos jóvenes, no saludaban y hablaban poco, tenían las caras de hierro y las sonrisas burlonas. La ciudad es un monstruo ante diluviano con tres cabezas, que devora a sus propios hijos y no los hace ellos.

Presentía que a Bolí se lo habían llevado algunos de estos hombres malvados, parecidos a los tonton Macute, convertidos en bakaces y que no lo volvería a ver jamás, como a otros niños que salieron de la aldea en iguales condiciones; que le darían alimentos desabridos para asonsarlo, convertirlo en zombi y dominar su voluntad y su alma, que lo llamarían con otro nombre en español, como Luís, José, Pedro, Manuel, etc. y que Bolí sería transformado en otra persona diferente a su papa y al él mismo, que no tendría acta de nacimiento, ni existencia oficial, como tampoco tendría ese documento en Haití, que sería un apartides, un paria, que sería vendido a un maître por unos míseros pesos y luego vendido a otro y así sucesivamente, que lo pondrían a trabajar duro como su slavey en las plantaciones agrícolas y en las construcciones de las ciudades, levantando enormes montañas llamadas edificios, torres, etc. que cuando se hiciera adulto se olvidaría del rostro de mamma Clarisse, porque con el tiempo, si encontrara el camino y regresara algún día a su tierra, no la reconocería, aunque la tuviera dentro de su corazón, ya que ella estaría muy vieja y enferma, gastada como bagazo de caña por el inexorable tiempo, o quizás haya muerto y que pronto, cuando llegue a su extraño destino, esta misma noche o mañana temprano, él sería colocado en algún semáforo en la ciudad de Santo Domingo o Santiago en pleno sol o bajo la torrencial lluvia, extendería sus manitas, miraría directamente con sus ojos tristes al conductor detrás de los cristales del automóvil para pedir dinero y llevárselo…. al maître en el enfer....mientras madame Clarisse lo estaría esperando en todo momento durante toda la vida.