Esta semana el tema de la corrupción, entendida como la apropiación ilegal de los recursos ajenos, ya sean públicos o privados, fue uno de los más sonados en República Dominicana; y lo fue por las declaraciones sobre el tema que ofreció el presidente Leonel Fernández en un almuerzo con directores de medio el jueves último 23 de julio en el Palacio Nacional.
Desde que la periodista de televisión Nuria Piera exhibiera un reportaje dando cuenta de la ocurrencia de actos de corrupción en la Corporación Dominicana de Empresas Eléctricas Estatales (CDEEE) y casos anteriores como el Programa de Reducción de Apagones (PRA) y en la Oficina Técnica de Transporte Terrestre (OTTT) y en el mismo sentido, las denuncias de la periodista Alicia Ortega sobre algunas irregularidades cometidas en el Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INDRHI), dicho tema se adueñó de una parte considerable de la población y de medios de comunicación, que contextualizada por el deseo de algunos empresarios de jondiarse las edes y por los largos y odiosos apagones, prácticamente pedían soto bajo y en público la cabeza de Radhamés Segura, vicepresidente administrador de esa entidad estatal, a quien se le señalaba por esa causa como el culpable de los apagones y no por la falta de pago de los usuarios, el incremento del precio del petróleo en el mercado mundial, la caída de las recaudaciones fiscales en el primer trimestre del año en medio de la crisis económica global que ha impedido el pago a tiempo del subsidio eléctrico a los generadores.
En ese encuentro, el presidente Fernández volvió afirmar que el tema de la corrupción no tiene la magnitud que dicen tiene en su gobierno y que la misma ha sido sobredimensionada por la oposición.
Dijo además, que lo que se ha denunciado no alcanza el desfalco del erario como ocurrió con otras administraciones. También, el presidente señaló y delineó un conjunto de medidas e instrumentos que se han puesto en ejecución para atacar y prevenir la comisión de actos de corrupción.
A nuestro juicio, el problema de la corrupción no debe abordarse tan solo como un asunto ético ni de una sola administración, hay que verlo también desde la vertiente sociológica y del fin último del sistema, ya que los casos denunciados, aunque deben combatirse con todo el peso de la ley, como dice un spot de televisión y prevenirse con medidas inteligentes y drásticas, son una larga repetición de una administración gubernamental a otra y lo que la gente rechaza no son en el fondo los actos de corrupción cometidos por funcionarios ni a los corruptos.
En otras palabras, lo que la gente realmente expresa con este rechazo y su supuesta sanción contra esos actos, es su inconformidad por insatisfacciones contra las autoridades gubernamentales de turno, llámese Leonel Fernández, Joaquín Balaguer, Antonio Guzmán, Salvador Jorge Blanco e Hipólito Mejía, porque en un país pobre y donde al menos cada dominicano tiene un primo pobre y donde la política es el principal medio de movilidad social ascendente, es obvio que el funcionario que es promovido para una posición oficial importante asegure para el porvenir su nuevo statu social y le de un SOS a un familiar cercano o a algún amigo que ha estado en mala.
En la sanción a la corrupción estatal hay una doble moral y un oportunismo politiquero de todos los partidos, pues, primero, cuando una persona deja un puesto en la administración pública si viene del “barrio” o de la jai lai y si sale sin dinero y sin bienes, en el “barrio” lo consideran un pendejo; segundo, si sale atiborrado de dinero, fincas, caballos de pasos finos, residencias lujosas en Arroyo Hondo o Naco, mujeres todas beldades, automóviles de lujos de último modelo, etc. su prestigio social se acrecienta, convirtiéndose en el héroe al que todo el mundo respeta y admira, porque ha sido un triunfador; y el triunfador es el tipo ideal de referencia que nos enseñan en la escuela, en el catecismo, en la televisión y que todos debemos alcanzar e imitar, dicen nuestros padres, cuando algún vecinito ha progresado por arte o por magia.
Esa ha sido una constante histórica asociada a la etapa de acumulación originaria de capitales y de la cual formaron a la sombra del Estado sus capitales o se hicieron ricos las principales catorce o dieciocho familias adineradas utilizando todo tipo de medios, como el robo, el crimen, el contrabando, el chantaje y que muchos no quieren reconocer en su fuero interno, ya sea por complicidades, cobardías o por su incapacidad de verse la paja en su propio ojo, pero que saben que es así y seguirá siendo así por el momento.
Para reducir la incidencia de nuestra admirable propensión a la corrupción nos llene de mierda hasta los juanetes y de paso termine su gobierno con un escándalo mayúsculo como el que le ocurrió al presidente Salvador Jorge Blanco en 1982-1986, el presidente Leonel Fernández debe actuar con mano dura, no importa si son amigos, familiares, compatriotas o compañeros
TOQ Son opiniones de temas diversos que intentan buscar y establecer nuevos paradigmas comunicacionales
domingo, 26 de julio de 2009
¿SE HAN AGOTADO LOS INSTRUMENTOS POLTICOS Y ECONOMICOS DE LA COMUNIDAD INTERNACIONAL EN HONDURAS?
La salida al golpe de estado cometido en Honduras contra el presidente Manuel Zelaya, se mantiene estancada, a pesar de los fuertes pronunciamientos de la OEA, la Asamblea de Naciones Unidas, el Grupo de Río, la Unión Europea, el presidente Barack Obama y la señora Clinton, secretaria de Estado.
Parecería que a esos organismos internacionales se les han agotado los instrumentos políticos y económicos legitimados por la comunidad internacional para hacer valer el estado de derechos en Honduras.
Sin embargo, Toq considera que detrás de la inacción de Estados Unidos y los organismos internacionales, están otros poderes facticos que limitan la puesta en practica de los referidos instrumentos.
El retorno de Zelaya estará condicionado por un fuerte movimiento de resistencia de caracter subversivo en el territorio hondureño y por medidas económicas y políticas que aislen a los golpistas y afecten sus planes de gobernabilidad, porque parece que se intenta ganar tiempo para forzar muna salida salomónica que termine dejando fuera del poder al presidente Zelaya.
Parecería que a esos organismos internacionales se les han agotado los instrumentos políticos y económicos legitimados por la comunidad internacional para hacer valer el estado de derechos en Honduras.
Sin embargo, Toq considera que detrás de la inacción de Estados Unidos y los organismos internacionales, están otros poderes facticos que limitan la puesta en practica de los referidos instrumentos.
El retorno de Zelaya estará condicionado por un fuerte movimiento de resistencia de caracter subversivo en el territorio hondureño y por medidas económicas y políticas que aislen a los golpistas y afecten sus planes de gobernabilidad, porque parece que se intenta ganar tiempo para forzar muna salida salomónica que termine dejando fuera del poder al presidente Zelaya.
LA LUNA
Por José Saramago
(Escritor portugués, premio Nobel de Literatura)
Hace cuarenta años todavía no tenía aparato de televisión en casa. Sólo lo compré, pequeñísimo, cinco años después, en 1974, para seguir las noticias de esa otra especie de llegada a la Luna que fue para nosotros portugueses la Revolución de Abril. De modo que recurrí a amigos más avezados en tecnologías punta, y así, bebiendo tal vez una cerveza y masticando unos frutos secos, asistí al alunizaje y al desembarque. En aquella época andaba escribiendo unas crónicas en el recién recuperado periódico vespertino "A Capital", más tarde reunidas en un libro bajo el título "De este mundo y del otro". Dos de esos textos los dediqué a comentar la proeza de los norteamericanos en un tono ni ditirámbico ni escéptico, como no tardaría mucho en convertirse en moda. Releo ahora estos texto y llego a la desoladora conclusión de que al final ningún gran paso para la humanidad fue dado y que nuestro futuro no está en las estrellas, sino siempre y sólo en la tierra en que asentamos los pies. Como ya decía en la primera de esas crónicas: "No perdamos nosotros la tierra, que todavía será la única manera de no perder la luna". En la segunda crónica, que di en llamar "Un salto en el tiempo", imaginando la tierra futura como la luna es ahora, comencé escribiendo que "Todo aquello me pareció un simple episodio de filme de ficción científica técnicamente primario. Los propios movimientos de los astronautas tenían flagrante similitud con los gestos de las marionetas, como si brazos y piernas estuviesen manejados por invisibles hilos, unos hilos larguísimos sujetos a los dedos de los técnicos de Houston y que, a través del espacio, producían allá arriba los gestos necesarios. Todo estaba cronometrado, hasta el peligro se incluía en el esquema. En la mayor aventura de la historia no hubo lugar para la aventura".
Y fue ahí cuando la imaginación se apoderó de mí. Decidió que el viaje a la luna no había sido un salto en el espacio, sino un salto en el tiempo. Así, los astronautas, lanzados en su vuelo, habían caminado a lo largo de una línea temporal y se habían posado otra vez en la tierra, no ésta que conocemos, blanca, verde, morena y azul, sino en la tierra futura, una tierra que ocupará todavía la misma órbita, circulando alrededor de un sol apagado, muerta ella también, desierta de hombres, de aves, de flores, sin una risa, sin una palabra de amor. Un planeta inútil, con una historia antigua y sin nadie para contarla. La tierra morirá, será lo que la luna es hoy, decía para terminar. Al menos que no sea para lo que nos quede el mosaico de miserias, guerras, hambre y torturas que viene siendo hasta ahora. Para que no comencemos a decir, ya hoy, que el hombre, finalmente, no ha merecido la pena.
El lector estará de acuerdo en que, para bien y para mal, no parece que haya mudado mucho de ideas en cuarenta años. Sinceramente, no sé si me debería felicitar o corregir.
(Escritor portugués, premio Nobel de Literatura)
Hace cuarenta años todavía no tenía aparato de televisión en casa. Sólo lo compré, pequeñísimo, cinco años después, en 1974, para seguir las noticias de esa otra especie de llegada a la Luna que fue para nosotros portugueses la Revolución de Abril. De modo que recurrí a amigos más avezados en tecnologías punta, y así, bebiendo tal vez una cerveza y masticando unos frutos secos, asistí al alunizaje y al desembarque. En aquella época andaba escribiendo unas crónicas en el recién recuperado periódico vespertino "A Capital", más tarde reunidas en un libro bajo el título "De este mundo y del otro". Dos de esos textos los dediqué a comentar la proeza de los norteamericanos en un tono ni ditirámbico ni escéptico, como no tardaría mucho en convertirse en moda. Releo ahora estos texto y llego a la desoladora conclusión de que al final ningún gran paso para la humanidad fue dado y que nuestro futuro no está en las estrellas, sino siempre y sólo en la tierra en que asentamos los pies. Como ya decía en la primera de esas crónicas: "No perdamos nosotros la tierra, que todavía será la única manera de no perder la luna". En la segunda crónica, que di en llamar "Un salto en el tiempo", imaginando la tierra futura como la luna es ahora, comencé escribiendo que "Todo aquello me pareció un simple episodio de filme de ficción científica técnicamente primario. Los propios movimientos de los astronautas tenían flagrante similitud con los gestos de las marionetas, como si brazos y piernas estuviesen manejados por invisibles hilos, unos hilos larguísimos sujetos a los dedos de los técnicos de Houston y que, a través del espacio, producían allá arriba los gestos necesarios. Todo estaba cronometrado, hasta el peligro se incluía en el esquema. En la mayor aventura de la historia no hubo lugar para la aventura".
Y fue ahí cuando la imaginación se apoderó de mí. Decidió que el viaje a la luna no había sido un salto en el espacio, sino un salto en el tiempo. Así, los astronautas, lanzados en su vuelo, habían caminado a lo largo de una línea temporal y se habían posado otra vez en la tierra, no ésta que conocemos, blanca, verde, morena y azul, sino en la tierra futura, una tierra que ocupará todavía la misma órbita, circulando alrededor de un sol apagado, muerta ella también, desierta de hombres, de aves, de flores, sin una risa, sin una palabra de amor. Un planeta inútil, con una historia antigua y sin nadie para contarla. La tierra morirá, será lo que la luna es hoy, decía para terminar. Al menos que no sea para lo que nos quede el mosaico de miserias, guerras, hambre y torturas que viene siendo hasta ahora. Para que no comencemos a decir, ya hoy, que el hombre, finalmente, no ha merecido la pena.
El lector estará de acuerdo en que, para bien y para mal, no parece que haya mudado mucho de ideas en cuarenta años. Sinceramente, no sé si me debería felicitar o corregir.
lunes, 6 de julio de 2009
Un hondureño muerto durante el frustrado regreso de Zelaya
PABLO ORDAZ (Enviado especial de El País, Tegucigalpa 6 de julio 2009)
Para aquellas personas que todavía no saben lo que está sucediendo en el hermano país de Honduras, Toq publica un crudo reportaje acerca de la represión y los crímenes perpretados todas las noches contra la población que protesta contra el regimen de facto instaurado el 28 de junio con el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya Rosales.
Un joven de 19 años muere en los choques entre el Ejército y los seguidores del presidente depuesto, a quien los militares impidieron aterrizar en el aeropuerto de Tegucigalpa.
Partidarios de Zelaya tratan de socorrer a Isis Obed Murillo, de 19 años, alcanzado en la nuca por un disparo. Isis Obed Murillo tenía 19 años, pero su cara era la de un niño. Su nombre será recordado con tristeza y con rabia en Honduras, porque ayer -a eso de las cuatro de la tarde y frente al aeropuerto de Tegucigalpa- un soldado cuadró su rifle, apretó el gatillo y la bala asesina -¿hay alguna que no lo sea?- entró por la nuca del muchacho. Isis estaba allí para esperar un regreso que no se produjo. El de Manuel Zelaya, presidente de Honduras hasta que un comando del Ejército lo secuestró y lo sacó del país para, inmediatamente después, colocar en su lugar a un tal Roberto Micheletti, cuya frase más repetida es: "Esto no es un golpe de Estado". Pero sí es un golpe de Estado, claro que es un golpe de Estado. Si esto no fuera un golpe de Estado, Micheletti no estaría sentado ahora en la Casa Presidencial, el cuerpo de Isis no estaría tendido en la morgue del Hospital Escuela y esta crónica no se tendría que estar escribiendo en medio de un toque de queda. Un toque de queda que es cada noche más largo y más siniestro.
Ayer, cuando el periodista se acercó al hospital para indagar el número cierto de víctimas durante los incidentes del aeropuerto, descubrió una realidad hasta entonces oculta. Una enfermera cuyo nombre no debe ser mencionado se prestó a guiarlo por salas atestadas de heridos de bala. "Están llegando desde hace varias noches", explica, "la policía los trae y los deja aquí. Todos tienen disparos recibidos durante el toque de queda. Algunos llegan muy mal. Fíjese en aquel, Marco, le dispararon en el cuello. Está muy grave. Nada de eso sale en los diarios".
A espaldas del hospital, en medio de una calle sin asfaltar, se encuentra la morgue. Isis Obed Murillo está aquí. Lo trajeron esta tarde, casi directamente desde el aeropuerto de Tegucigalpa. El muchacho, como muchos otros hondureños, había ido a esperar la llegada de Manuel Zelaya. El Gobierno surgido del golpe venía repitiendo desde primera hora de la mañana que no permitiría que el avión venezolano que traía a Zelaya desde Washington -donde la OEA había suspendido a Honduras- aterrizara en Toncontín. Pero allí estaban ellos, sus partidarios, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, muchos con el rostro del Ché en sus camisetas y otros sin camiseta siquiera, luchando contra el calor y la emoción como buenamente podían. A pesar de la negativa, Zelaya declaró desde el avión: "Estaré llegando en 30 minutos". Y fue más o menos entonces cuando sus partidarios reunidos alrededor del aeropuerto intentaron acercarse más a las pistas, que ya habían sido tomadas por un gran despliegue del Ejército. Fue entonces cuando los soldados recibieron la orden de cargar con dureza. La acción incluyó numerosos disparos. Isis Obed ya se marchaba. Pero un balazo lo alcanzó por detrás, en la cabeza.
Hay unas imágenes de televisión grabadas por los periodistas Francho Barón y Arturo Lezcano que son sobrecogedoras. Un hombre porta el cuerpo inerte de Isis durante largo rato, ayudado por otros, que buscan desesperadamente una ambulancia. En medio de la confusión, ese hombre vestido con una camiseta amarilla que se va tiñendo de rojo a cada paso solo desea que Isis todavía respire, que no muera. Cuando por fin logra dejarlo en la cajuela de una camioneta que lo llevará al hospital, el hombre se vuelve hacia la cámara y derrama todo su dolor, toda su rabia: "La gente venía hacia atrás, porque ya estaban disparando. Y un militar, un antipatriota, un gorila maldito se cuadró y le disparó al amigo. Le pegó en la cabeza el balazo. Aún va respirando. Tenemos esperanza. Dios quiera que viva". Pero no vivió. Isis ya se había convertido en el primer muerto del golpe de Estado preparado por el general Romeo Vásquez, el jefe del Ejército de Honduras, y consumado por Roberto Micheletti.
Tras ser reprimidos a balazos, muchos de los manifestantes maldijeron el nombre del cardenal Óscar Rodríguez, quien en una alocución ante la nación se puso claramente del lado de los golpistas y exigió al presidente Zelaya que no regresara al país para evitar un baño de sangre. "Estas son las balas asesinas ordenadas por el cardenal Óscar Andrés Rodríguez", decía uno de los manifestantes mientras enseñaba varios casquillos recogidos del suelo, "porque bien dijo el cardenal que iba a haber sangre. ¡Y hubo sangre! ¡Hubo sangre!". Otro hombre lloraba agarrado a las rejas del aeropuerto: "Nos dispararon a quemarropa. No teníamos armas". De fondo, el eco de la palabra más coreada durante toda la tarde, dirigida a los soldados: "Asesinos, asesinos".
Una palabra que también se escuchaba anoche en el desbarajuste del Hospital Escuela. En un pasillo, con la bata llena de sangre, Denis Díaz Sola, de 52 años, agricultor de profesión, le contaba a este periódico: "Yo estaba frente al aeropuerto cuando los soldados empezaron a disparar. A mí me dieron un tiro en un testículo. Pude ver a muchos más que caían bajo las balas de los soldados".
A las diez de la noche -seis de la madrugada en España-, el presidente Manuel Zelaya compareció ante la prensa en El Salvador, a donde su avión tuvo que dirigirse. Junto a él, los presidentes de Ecuador, Argentina, Paraguay y El Salvador. Zelaya hizo un llamamiento a los soldados de su país para que no disparen más contra la población indefensa. Aun en el caso improbable de que la petición del presidente encontrase eco, ya sería demasiado tarde. Demasiado tarde para Honduras. Definitivamente tarde para Isis Obed Murillo, un muchacho de 19 años con cara de niño.
Para aquellas personas que todavía no saben lo que está sucediendo en el hermano país de Honduras, Toq publica un crudo reportaje acerca de la represión y los crímenes perpretados todas las noches contra la población que protesta contra el regimen de facto instaurado el 28 de junio con el derrocamiento del presidente Manuel Zelaya Rosales.
Un joven de 19 años muere en los choques entre el Ejército y los seguidores del presidente depuesto, a quien los militares impidieron aterrizar en el aeropuerto de Tegucigalpa.
Partidarios de Zelaya tratan de socorrer a Isis Obed Murillo, de 19 años, alcanzado en la nuca por un disparo. Isis Obed Murillo tenía 19 años, pero su cara era la de un niño. Su nombre será recordado con tristeza y con rabia en Honduras, porque ayer -a eso de las cuatro de la tarde y frente al aeropuerto de Tegucigalpa- un soldado cuadró su rifle, apretó el gatillo y la bala asesina -¿hay alguna que no lo sea?- entró por la nuca del muchacho. Isis estaba allí para esperar un regreso que no se produjo. El de Manuel Zelaya, presidente de Honduras hasta que un comando del Ejército lo secuestró y lo sacó del país para, inmediatamente después, colocar en su lugar a un tal Roberto Micheletti, cuya frase más repetida es: "Esto no es un golpe de Estado". Pero sí es un golpe de Estado, claro que es un golpe de Estado. Si esto no fuera un golpe de Estado, Micheletti no estaría sentado ahora en la Casa Presidencial, el cuerpo de Isis no estaría tendido en la morgue del Hospital Escuela y esta crónica no se tendría que estar escribiendo en medio de un toque de queda. Un toque de queda que es cada noche más largo y más siniestro.
Ayer, cuando el periodista se acercó al hospital para indagar el número cierto de víctimas durante los incidentes del aeropuerto, descubrió una realidad hasta entonces oculta. Una enfermera cuyo nombre no debe ser mencionado se prestó a guiarlo por salas atestadas de heridos de bala. "Están llegando desde hace varias noches", explica, "la policía los trae y los deja aquí. Todos tienen disparos recibidos durante el toque de queda. Algunos llegan muy mal. Fíjese en aquel, Marco, le dispararon en el cuello. Está muy grave. Nada de eso sale en los diarios".
A espaldas del hospital, en medio de una calle sin asfaltar, se encuentra la morgue. Isis Obed Murillo está aquí. Lo trajeron esta tarde, casi directamente desde el aeropuerto de Tegucigalpa. El muchacho, como muchos otros hondureños, había ido a esperar la llegada de Manuel Zelaya. El Gobierno surgido del golpe venía repitiendo desde primera hora de la mañana que no permitiría que el avión venezolano que traía a Zelaya desde Washington -donde la OEA había suspendido a Honduras- aterrizara en Toncontín. Pero allí estaban ellos, sus partidarios, jóvenes y mayores, mujeres y hombres, muchos con el rostro del Ché en sus camisetas y otros sin camiseta siquiera, luchando contra el calor y la emoción como buenamente podían. A pesar de la negativa, Zelaya declaró desde el avión: "Estaré llegando en 30 minutos". Y fue más o menos entonces cuando sus partidarios reunidos alrededor del aeropuerto intentaron acercarse más a las pistas, que ya habían sido tomadas por un gran despliegue del Ejército. Fue entonces cuando los soldados recibieron la orden de cargar con dureza. La acción incluyó numerosos disparos. Isis Obed ya se marchaba. Pero un balazo lo alcanzó por detrás, en la cabeza.
Hay unas imágenes de televisión grabadas por los periodistas Francho Barón y Arturo Lezcano que son sobrecogedoras. Un hombre porta el cuerpo inerte de Isis durante largo rato, ayudado por otros, que buscan desesperadamente una ambulancia. En medio de la confusión, ese hombre vestido con una camiseta amarilla que se va tiñendo de rojo a cada paso solo desea que Isis todavía respire, que no muera. Cuando por fin logra dejarlo en la cajuela de una camioneta que lo llevará al hospital, el hombre se vuelve hacia la cámara y derrama todo su dolor, toda su rabia: "La gente venía hacia atrás, porque ya estaban disparando. Y un militar, un antipatriota, un gorila maldito se cuadró y le disparó al amigo. Le pegó en la cabeza el balazo. Aún va respirando. Tenemos esperanza. Dios quiera que viva". Pero no vivió. Isis ya se había convertido en el primer muerto del golpe de Estado preparado por el general Romeo Vásquez, el jefe del Ejército de Honduras, y consumado por Roberto Micheletti.
Tras ser reprimidos a balazos, muchos de los manifestantes maldijeron el nombre del cardenal Óscar Rodríguez, quien en una alocución ante la nación se puso claramente del lado de los golpistas y exigió al presidente Zelaya que no regresara al país para evitar un baño de sangre. "Estas son las balas asesinas ordenadas por el cardenal Óscar Andrés Rodríguez", decía uno de los manifestantes mientras enseñaba varios casquillos recogidos del suelo, "porque bien dijo el cardenal que iba a haber sangre. ¡Y hubo sangre! ¡Hubo sangre!". Otro hombre lloraba agarrado a las rejas del aeropuerto: "Nos dispararon a quemarropa. No teníamos armas". De fondo, el eco de la palabra más coreada durante toda la tarde, dirigida a los soldados: "Asesinos, asesinos".
Una palabra que también se escuchaba anoche en el desbarajuste del Hospital Escuela. En un pasillo, con la bata llena de sangre, Denis Díaz Sola, de 52 años, agricultor de profesión, le contaba a este periódico: "Yo estaba frente al aeropuerto cuando los soldados empezaron a disparar. A mí me dieron un tiro en un testículo. Pude ver a muchos más que caían bajo las balas de los soldados".
A las diez de la noche -seis de la madrugada en España-, el presidente Manuel Zelaya compareció ante la prensa en El Salvador, a donde su avión tuvo que dirigirse. Junto a él, los presidentes de Ecuador, Argentina, Paraguay y El Salvador. Zelaya hizo un llamamiento a los soldados de su país para que no disparen más contra la población indefensa. Aun en el caso improbable de que la petición del presidente encontrase eco, ya sería demasiado tarde. Demasiado tarde para Honduras. Definitivamente tarde para Isis Obed Murillo, un muchacho de 19 años con cara de niño.
domingo, 5 de julio de 2009
APARIENCIAS
Por José Saramago (Premio Nobel de Literatura)
Supongo que en elprincipio de los principios, antes de que hubiéramos inventado el habla, quees, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaríaninguna duda seria sobre quienes éramos y sobre nuestra relación personal ycolectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, solopodía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, comoinformació n complementaria no menos importante, lo que los restantes sentidos –el oído, el tacto, el olfato, el paladar – consiguiesen comprender de él. Enesa hora inicial, el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materiaera simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, ácida o insípida, sonora osilenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser porel simple motivo de que no había ninguna razón para que pareciesen y fuesenotra cosa. En aquellas antiquísimas eras no se nos pasaba por la cabeza que lamateria fuese "porosa". Hoy, sin embargo, aunque sabedores de que desde elúltimo de los virus hasta el universo, no somos nada más que organizaciones deátomos y que en el interior, además de la masa que les es propia, aunque sobraespacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, tal como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que se nospresenta. Imagino que el espirito filosófico y el espirito científico,coinciden tes en su origen, se habrán manifestado el día en que alguien tuvo laintuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captablepor la consciencia y por ella utilizada, podía ser, también, una ilusión de lossentidos. Se bien es verdad que habitualmente se refiere más al mundo moral queal mundo físico, es de todos conocida la expresión popular en que esa intuiciónse plasma: "Las apariencias engañan." Una ilusión, por tanto…
Supongo que en elprincipio de los principios, antes de que hubiéramos inventado el habla, quees, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaríaninguna duda seria sobre quienes éramos y sobre nuestra relación personal ycolectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, solopodía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, comoinformació n complementaria no menos importante, lo que los restantes sentidos –el oído, el tacto, el olfato, el paladar – consiguiesen comprender de él. Enesa hora inicial, el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materiaera simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, ácida o insípida, sonora osilenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser porel simple motivo de que no había ninguna razón para que pareciesen y fuesenotra cosa. En aquellas antiquísimas eras no se nos pasaba por la cabeza que lamateria fuese "porosa". Hoy, sin embargo, aunque sabedores de que desde elúltimo de los virus hasta el universo, no somos nada más que organizaciones deátomos y que en el interior, además de la masa que les es propia, aunque sobraespacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, tal como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que se nospresenta. Imagino que el espirito filosófico y el espirito científico,coinciden tes en su origen, se habrán manifestado el día en que alguien tuvo laintuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captablepor la consciencia y por ella utilizada, podía ser, también, una ilusión de lossentidos. Se bien es verdad que habitualmente se refiere más al mundo moral queal mundo físico, es de todos conocida la expresión popular en que esa intuiciónse plasma: "Las apariencias engañan." Una ilusión, por tanto…
EL PAPEL EN HONDURAS DE LA PUTA SANTA IGLESIA CATOLICA, APOSTOLICA Y ROMANA
Como decir en buen dominicano, la iglesia católica se vuelve a cagar y no de mierdas en los jaretes en Honduras. Lo hizo, por ejemplo, cuando el golpe de estado al presidente Juan Bosch en República Dominicana en 1963, dirigido desde Washington por la administración Kennedy y ejecutado por un puñado de gorilas; con el golpe de estado contra el presidente Salvador Allende en Chile en 1973 dirigido por la CIA y ejecutado por el gorila Pinochet, el golpe de estado en el 2002 contra el presidente Hugo Chávez en la hermana República Bolivariana de Venezuela. No es extraño pues, que la puta santa iglesia Católica Apostólica y Romana se manifieste contra el pueblo hondureño y en apoyo a los gorilas que gobiernan de facto, advirtiéndole al presidente Manuel Zelaya Rosales que sería culpable del baño de sangre que se hubiese producido tras el frustrado intento de regreso a Tegucigalpa a través del aeropuerto de Toncontín el domingo 5 de julio, ya que, hasta hace unos días, refiere el diario El País de España, el cardenal Oscar Rodríguez se mantenía siempre en una exquisita equidistancia. Ayer la abandonó. El cardenal, que a punto estuvo de vestirse de blanco tras la muerte de Juan Pablo II, se dirigió por televisión al presidente Manuel Zelaya para pedirle que no regresara a Honduras. "Yo sé que usted ama la vida", dijo el prelado, "sé que usted respeta la vida, y hasta el día de hoy no ha muerto ningún hondureño. Pero su regreso al país en este momento podría desatar un baño de sangre. Por favor, medite. Porque después sería demasiado tarde". Es, como si dijéramos, el subconsciente traiciona al cardenal Oscar Rodríguez, porque parece que sabe lo que hubiese sucedido en Honduras si Zelaya hubiese regresado. ¿Porqué la Conferencia del Episcopado y su cardenal le cargan el dado al presidente Manuel Zelaya y no a los gorilas que usurpan el poder desde hace una semana en Honduras?; ¿o acaso la situación que vive el hermano país centroamericano no es el resultado del golpe de estado y todo lo que se pueda derivar de ese hecho es responsabilidad de los golpistas? Las cosas están claras: la iglesia Católica en América Latina no se traiciona; vino con los conquistadores europeos que se adueñaron de esta parte del mundo y todavía sigue ahí, formando parte de las estructuras de poder que aplastan a nuestros pueblos, como ahora en Honduras.
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