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lunes, 25 de mayo de 2009
EL LEGADO DE MIGUEL: PARA SERVIR, NO HAY QUE SERVIRSE
Miguel Salvador Cocco Guerrero ha muerto y con él se nos va uno de los hombres más honestos y puro que ha nacido en la sociedad dominicana contemporánea. Fue un humanista sin dimensión. Un prolífico creador de ideas y proyectos políticos, sociales y culturales. Fundador de Alfa & Omega, de la editora Nuevo Diario, de Fondo Editorial, de Tinmarín; fue además un mescena de las artes plásticas, un militante revolucionario y de sus propias convicciones, un mediador, un analista profundo y metódico. Lo conocí en 1982 en la Escuela Nueva junto al historiador Roberto Cassá, Luis Gómez Pérez, Otto Fernández, Carlos Julio Báez, José Oviedo, Magino Corporán, Arturo Brito, Tomás Nova y otros camaradas y amigos, cuando formábamos parte de la dirección del Movimiento de Unidad Socialista, un proyecto político de la izquierda marxista democrática que procuraba la transformación social, política y económica de la sociedad dominicana en el marco de la democracia socialista, es decir, con la participación del pueblo y los trabajadores del campo y la ciudad en el diseño y ejecución de políticas públicas. Al tener esa misión, el MUS, que eran las siglas de esa organización, fue realmente un movimiento crítico de las organizaciones de la izquierda marxista tradicional que reproducían el esquema autoritario estalinista y maoísta de la Unión Soviética y China Popular en su desempeño político. Lo volví a ver en 1994 en compañía de Eddy Mateo Vázquez en sus oficinas de Alfa & Omega, ubicadas en la calle José Contreras. Para ese entonces, mucho antes, Miguel se había acercado al Partido de la Liberación Dominicana a través del profesor Juan Bosch, quien era su editor y con quien había cultivado una sincera y estrecha amistad personal, intelectual y política. Ya habían pasado las elecciones del 1990 y 1994 cuando Joaquín Balaguer les robó las elecciones a Juan Bosch y a Peña Gómez, respectivamente, convirtiéndose en ese período en un factor de negociación que evitó que el país fuera bañado en sangre por las fuerzas cavernarias que convivían con el régimen balaguerista. La última vez que conversé con Miguel fue en la mañana del 17 de diciembre de 1996 cuando me había designado en un puesto en la Dirección General de Aduanas y que gentilmente no pude aceptar porque tenía otros compromisos profesionales. Miguel era entonces un hombre muy joven, delgado, de tamaño mediano, blanca su piel, igual que su pelo, cortés y amable como todo un caballero, con una sonrisa transparente que producía confianza y dejaba al descubierto su blanca dentadura y sobre todo, poseía carisma y una inteligencia natural por encima de lo común que fortaleció con la practica política, donde fue uno de los principales exponentes de la teoría foquista a partir de las ideas del cura revolucionario colombiano Camilo Torres, en los ámbitos intelectuales y en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, de la que fue uno de los principales profesores en la escuela de Sociología. Con su muerte, Miguel nos deja el legado de la honestidad y el amor inconmensurable al Hombre en esta aventura pasajera que es la vida. Para recordarlo, sigamos su ejemplo.
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