domingo, 3 de mayo de 2009

EL ATAUD EN EL QUE ENTERRARON A ANTONIA

Por Fernando Fernández Duval

Antonia Verónica no se percató jamás de que Leoncio Mauricio había construido el ataúd a donde depositaron finalmente sus restos mortales, a pesar de que había advertido de que no la enterraran en una caja construida por Leoncio Mauricio.

Antonia Verónica era una de las principales mujeres de la comarca. Amiga de todos los presidentes de la República, asesora de la gobernación provincial y amante de la curia católica, apostólica y romana. Por su reconocida fe y apego a la mística y rituales del catolicismo, fue bautizada como Antonia la Devota. Todos los sábados, en su casa en las afueras de la comunidad, celebraba el rosario, donde asistía el jefe militar y delegado policial, el gobernador provincial y el párroco, acompañado de monjas del Sagrado Corazón de Maria y jóvenes monaguillos.

El rosario era dedicado al Papa, al presidente de la República, o a cualquier personalidad del mundo de la política local e internacional, o a una celebridad de las artes, del canto, del deporte, de la ciencia y la cultura. El rosario se rezaba adornando el espacio con variedades de flores de todas las especies y producidas en los jardines que se plantaban en las casas de las familias de la comarca: rosas de todos los colores y tonos, cigarrones, cayenas, flor de sol, trinitarias o boungavillas y otras que ofrecía la naturaleza en los montes cercanos. También era acompañado de cánticos evocadores a la vida e imagen de Maria la Virgen, la santa madre de Dios, compuestos por músicos y poetas locales que cantaban al unísono con el público: con flores a María

La organización del rosario ayudó a Antonia Verónica a ganar influencia y fama en la vida política y social. Recibía cartas de felicitación de su Eminencia el Cardenal y el Obispo de la Diócesis, del Nuncio Apostólico y representante de su Santidad. En una ocasión supo de boca de un embajador ante la Santa Sede, que el Papa le había comentado del trabajo por la fe católica que realizaba en un lugar tan apartado del globo terráqueo. Este comentario influyó mucho para que Antonia Verónica se consagrara a su labor espiritual, pues nunca dejó de ser una mujer común como las que habitaban la comarca, aunque se advertían en su cuerpo y en su voz un cambio profundo. De ser una mujer esbelta, de voz firme y rígida, su cuerpo se fue doblando y tomando las formas de la santidad, mientras su voz susurraba como la de los santos o los pájaros frente a sus pichones. Vestía de blanco y mantenía el pelo suelto, caminaba meciéndose de un lado a otro. De noche visitaba los enfermos sin importarle distancia, tiempo, lluvias y ciclones y les rezaba tres padrenuestros y dos avemarías con una vela encendida en la mano y la señal de la cruz. Los políticos, los empresarios, los tahúres, los áulicos de los presidentes y los funcionarios locales y nacionales la consultaban y procuraban su bendición. Su influencia fue de tal profundidad y solemnidad, que un día en medio de una aguda crisis nacional, el presidente de la República en persona se presentó a su humilde hogar para consultarle asuntos de Estado y recibir su bendición.

Leoncio Mauricio era un paisano de tez morena, copioso bigote y nariz aguileña, de profesión carpintero, que andaba volando como el ruiseñor: de flor en flor. Había casado con Antonia Verónica por puro amor en medio de la última tormenta tropical del siglo que terminaba con las plantaciones de plátanos y los sueños candidos de una institutriz de párvulos, que arreglaba sus sueños y sus develos nupciales. Con Antonia Verónica procreó siete hijos e hijas y con otras mujeres tuvo cuarenta y tres hijas e hijos que poblaron una comarca entera, procreando en total unos cincuenta hijos e hijas.

A Antonia Verónica les disgustaban las andanzas amorosas de Leoncio Mauricio y las consideraba una ofensa para una persona de su fama y condición espiritual. Cuando Antonia Verónica y Leoncio Mauricio se juntaban, las desavenencias y las trifulcas no se podían evitar. Se decían palabras subidas de tono, fuertes e impropias, perdiendo así Antonia Verónica su compostura y santidad. A veces trataba de olvidar su presencia huyendo por la parte trasera de la vivienda, volando patios hasta ponerse a salva de su propia incontinencia verbal y la de Leoncio Mauricio, porque definitivamente él y ella eran diferentes. Varias veces lo pescó devorando con sus propios ojos su irreverencia a los santos colocados en el pequeño altar ubicado en el fondo de su habitación, especialmente a San Miguel, San Santiago y San Antonio. Definitivamente, no podía soportar a este hombre al que había amado desde pequeña, pero que ahora se contraponía a su vida santa y espiritual. Leoncio Mauricio no quería comprender que Antonia Verónica había dejado de ser una mujer común. Su machismo y egoísmo eran tan grandes que la acosaba y hacía sufrir inmensamente.

Cuando Antonia Verónica yacía agónica en su lecho de enferma, lo único que habría de pedir, como su única y última voluntad a sus familiares, era que no la enterraran en un ataúd fabricado por Leoncio Mauricio, a la sazón el único carpintero fabricante de ataúdes de toda la comarca. Por esa razón, hubo de durar tres meses y tres días en cama, antes de morir, para evitar que su cuerpo inerte fuera colocado en el ataúd que ya había fabricado Leoncio Mauricio. Se decía que corría de casa en casa con su cuerpo levitado como hoja suelta aún después de muerta, huyendo de Leoncio Mauricio y su ataúd y despidiéndose del pueblo. Unas veces aparecía vestida de blanco tul; otras, en algún camino con una cesta de ropa sobre la cabeza y la más de las veces a la hora del rosario. Para que se pudiera morir en santa paz, tuvieron que convencerla de que el ataúd donde depositarían sus restos mortales fue fabricado por otro carpintero proveniente de una comarca lejana a la suya ubicada al otro lado de la sierra.





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