jueves, 23 de abril de 2009

EL DIA AMANECIO LLENO DE HORMIGAS

Por Fernando Fernández Duval

El día amaneció lleno de hormigas voladoras y pintado por un sol color rosa que apenas empezaba a colocarse sobre el cielo y las palmeras que despertaban mojadas por la aguada de la noche anterior.

Eran las cinco de la mañana en punto y mi abuelo hacía apurar el paso porque no quería llegar tarde a Tamarindo. Todavía no terminaba de levantarme, hacía frío y la humedad de la aguada que en la madrugada inundó las casas de los alrededores, se hundía en la sala y en los aposentos de madera; entonces me arropé de pies a cabeza, acurrucándome sobre la cama al escuchar el último canto de un gallo sabanero colocado en la copa de un árbol lejano. Al otro lado de la puerta abuelo me recriminaba en alta voz diciéndome: ¡ya es tarde! Hice un esfuerzo extraordinario y por fin bostecé más de una vez en señal de que había despertado. Me fui estirando los brazos y las piernas hasta ponerme en pie y ducharme rápido. Cuando ya estuve listo para el viaje, vi como abuelo se arrellanaba al lado de la abuela, mientras se preparaba para colar el café sobre el fogón de tres piedras. Ciertamente, se estaba haciendo tarde y si abuela no atizaba el fuego para avivar la llama, abuelo en señal de protesta la dejaría plantada con el café en las manos. Abuela conocía muy bien las determinaciones implacablemente autoritarias de abuelo, y no paró para avivar el fuego soplándolo con la boca.

Era jueves y el miércoles de la semana anterior abuelo se comprometió llegar a donde Santa a comprar las últimas semillas de cebollín que aún quedaban ensiladas en la zona. Si no llegaba a tiempo, otro agricultor probablemente las adquiriría, me dijo preocupado; entonces abuelo se habría quedado con la tierra preparada, las deudas con el banco agrícola y sin cosecha. Si eso ocurría, la familia se arruinaría casi por completo durante el año, ya que no habría dinero para las navidades, ni el año nuevo, comprar comida, libros y cuadernos para iniciar el año escolar; adquirir en la botica del pueblo las medicinas que eventualmente podrían requerirse en caso de que un miembro de la familia enfermara; la ropa nueva de las tías que ya se hacían señoritas y para que los muchachos como yo estrenaran en el parque, pasearan y escucharan el concierto de la banda de música municipal alrededor de la glorieta los domingos o ir al cine a ver una vaquerada o una mejicanada con Cantinflas o el Santo, el luchador de la máscara de plata. Abuela sabía seriamente el cúmulo de penurias a la que se exponía la familia en todo el año y cuando ya abuelo emprendía el camino de la mañana, ensillando su mula prieta corcovada y colocándome encima de la otra color marrón que llevaba puesta los cerones, abuela le encargó que le trajera batatas para las habichuelas con dulce, sal, caña de azúcar, habichuelas del Caney y dos paquetes de maíz tiernos para asar y preparar majaretes en las mañanas. Cuando terminaron sus largas peticiones, abuela calló momentáneamente ante la mirada fija y firme de abuelo que denotaba desesperación y nerviosismo. Luego, abuela cargó como de costumbre a abuelo de bendiciones y oraciones varias veces en silencio, trazándose devotamente la señal de la cruz sobre su rostro casi perfecto, mientras las figuras mía y la de abuelo, montados cada uno en una mula, se fueron haciendo pequeñas como diminutos puntos que se fueron borrando en la distancia hasta desaparecer luego en sus ojos color marrón, como un juego premonitorio al llegar las hormigas voladoras anunciando tempestades.

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