La terminación de la guerra fría y la desaparición de los tres importantes líderes políticos dominicanos post Trujillo, dejaron a República Dominicana prácticamente sin un sólido liderazgo político que pudiera aglutinar una parte considerable de la población alrededor de un proyecto o de una retórica mimética.
Esta situación coloca a Leonel Fernández al día de hoy, como el político dominicano con mayor capacidad persuasiva, dada su enciclopédica formación intelectual y su histrionismo para actuar y manejarse en los medios de comunicación, aunque es difícil ubicarlo entre los liderazgos tipos ideales definidos por el sociólogo alemán Max Weber, ya que Fernández no encarna la tradición, pues carece del carisma personal y del autoritarismo, el primero para interpelar y representar los intereses de la vieja oligarquía de viejo cuño relacionada con la tierra y la iglesia católica; el segundo, como depositario del don natural que desata pasiones, emociones y adherencias personales; mientras el tercero, para provocar adhesiones en base a métodos coercitivos.
La ausencia de esos atributos de Fernández, también en otros, prácticamente dejó al sistema de partidos con serios problemas y le abrió nuevamente la oportunidad con su reelección del 2008 para colarse como arbitro del sistema político.
Con la Reforma Constitucional que se lleva a cabo en el Congreso Nacional, constituido en Asamblea Nacional, el bonapartismo de Fernández se limita después de acordar –en primer lugar- reformar algunos puntos importantes de la Constitución con el aspirante a la presidencia de la República del PRD, el sr. Miguel Vargas Maldonado, especialmente el artículo 49 que consagra la no reelección después de un período de ejercicio presidencial y los que tienen que ver con la nacionalidad. En segundo lugar, para la segunda lectura de la reforma a dicha Constitución, el presidente Fernández crea una comisión de dirigentes y legisladores de su partido para acordar con otra del PRD la aprobación de los puntos más espinosos y controversiales de dicha reforma a cambio de apoyar en el Congreso la ley de partidos, con la cual los dirigentes del PRD estarían pensando que se ahorrarían algunos problemas en su convención para elegir los candidatos congresuales y municipales.
Aunque la historia de la actual reforma ha sido así por el momento, sin embargo, el presidente Fernández todavía tiene cartas en las manos para jugar a la reelección en más de un escenario, como a continuación se presenta:
Escenario uno: cuando se modifique el actual artículo 49 permitiendo una segunda reelección después del ejercicio de un mandato, se alegaría que esa modificación en buen derecho no se le aplicaría al presidente Fernández, ya que el presidente juró hacer cumplir la vieja constitución, no la que se discute en la Asamblea Nacional, además de que el derecho se aplica para el porvenir; incluso, el presidente Fernández podría recurrir a la Sala Constitucional para alegar ese derecho, la cual sería aprobada en dicha Constitución.
Escenario dos: el presidente Fernández podría recurrir a la figura del plebiscito para preguntarle al elector si desea modificar nuevamente la Constitución en lo relativo a cambiar con un si o un no nuevamente dicho artículo.
Finalmente, con estos dos acuerdos, el presidente Fernández reconoce los límites de su bonapartismo, ya que ha dejado ser soberano arbitro del sistema político dominicano, porque prácticamente en esta reforma no cuenta con los votos necesarios en su propio partido ni en sus aliados reformistas; pero además, el presidente Fernández juega a futuro, y el futuro es incierto, ya que el presente se colocó en pasado y el pasado es simple memoria, como decía Henri Bergson, pues el presidente Fernández tuvo que negociar y llegar a acuerdos momentáneos y ver que pasa en el futuro en un sistema que se mueve pendularmente de acuerdo a las circunstancias y al carácter de los hombres.
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