FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL
El escritor Eugenio María Fernández se figuraba sentado frente a su PC Dell de última generación donde aparentemente escribía su historia. Cuando todavía era fuerte y ágil como un gallo de pelea y tenía buena salud, era un hombre sumamente ingenioso y talentoso dedicado en principio al mundo de la publicidad donde había ganado fama en la producción de una serie de spot publicitarios de una casa licorera, de una firma cigarrillera y de un candidato a la presidencia de la república, al que había ayudado a alcanzar la presidencia de la República; de aquí pasó a producir cortometrajes para cine y televisión relacionados con la historia reciente del país, aunque las historias suyas que más gustaban al público eran las policiales. Tenía cincuenta y nueve años de edad, cuarenta y tres de los cuales los había dedicado a la profesión de escritor de historias fantásticas, recogidas en pequeños y grandes volúmenes y publicadas por primera vez en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El país lo respetaba desde que aparecieron sus primeras historietas, aunque tenía fama de inspirar personajes sin almas, es decir, criminales, dóciles, escurridizos y obedientes a su propio creador. El argumento de su nueva obra que escribía entre sueño y realidad esa mañana, consistía en crear tres personajes para igual número de historias. El primero se llamaba Ernesto O´Leary, el segundo Manuel Mesa Arellano y el tercero Guillermo García Concha. Cada uno tenía asignado su papel en su respectiva obra y como era de esperarse, no podían entenderse, como podrá observarse a lo largo de esta historia.
Ernesto era un comediante de origen argentino que actuaba en Broadway desde pequeño. Hizo papeles de bailarín y carnicero en una comedia anónima encontrada en una parada del metro de Nueva York. Su edad promediaba los veinte y cinco años, aunque parecía tener más edad a causa de su vida de dandy. Cuando Eugenio decidió otorgarle ese papel, lo pensó muchas veces y para tomar esa decisión, se fue a soñar a la cama en una habitación próxima al mar Caribe, para poder visualizar con mayor precisión el comportamiento de Ernesto. En la obra, Ernesto se levantaba temprano y se dirigía a los ensayos, llevando consigo una mochila conteniendo algunos libros, ropas, toallas, dos botellas de agua potable de marcas conocidas, cepillo y pasta de dientes. Al mediodía, se dirigía a la calle 44 a almorzar con algunos parientes que estaban residiendo en un apartamento de la Gran Manzana desde el primer gobierno peronista. En la tarde, caminaba dos o tres horas por las calles newyorkinas, deteniéndose a veces en alguna que otra cafetería donde se sentaba a gusto con amigos, colegas o gente conocida que frecuentaban el lugar. Allí pasaban revista al día. En las noches, cuando le tocaba actuar, Ernesto se entregaba por completo a su trabajo en medio de la exigente, delirante y agobiante atmósfera de Broadway. El primer papel que Eugenio le otorgó a Ernesto fue en una obra donde hacía el papel de bailarín en un prostíbulo bonaerense, donde lo común eran las disputas por las mujeres ajenas del bajo mundo. En esa obra, Ernesto moría a causa de una estocada en el espacio intercostal izquierdo producida por un chulo en el Gran Buenos Aires.
En la obra siguiente, Ernesto volvía actuar conforme al papel que Eugenio le había asignado. Esta vez, el papel de Ernesto fue la de un bailarín andaluz que encarnó a un viejo maestro, vidente musulmán que interpretaba códices y textos antiguos que hacían referencia al Corán empleando las reglas de la hermenéutica clásica. Entre los documentos que consultaba leyó uno que fijaba para una fecha tal el fin del mundo y que leía en clave. Aunque el documento no dijo cuál sería la causa por la que terminaría el mundo ni cómo, Ernesto supuso que su creador, un dios omnipotente que vivía en una galaxia próxima a la de Orión, pero que le quedaba poco tiempo, porque se aproximaba a otra galaxia con la que pronto colisionaría, habría decidido acabar con el planeta Tierra para poder dedicar así más tiempo en la creación de otro mundo diferente. Ese mundo, pronosticaba Ernesto, no tendría los errores con los cuales había creado la Tierra. El nuevo mundo estaría sometido totalmente al dios. Sus habitantes no tendrían ningún tipo de alternativas; pues todo lo que harían, sería consultado al dios y éste decidiría todos los actos de sus habitantes desde los más simples y comunes hasta los más complejos y complicados. Mientras Ernesto relataba su historia, un fanático musulmán que pasaba a caballo hacía estallar una carga de dinamita que llevaba asida al cuerpo, con lo cual ponía fin a su vida.
El otro personaje al que hice referencia fue Manuel Mesa Arellano, negro de origen cubano, muy relacionado con la santería de la isla. Creía en las deidades místicas sincréticas, pero especialmente el yoruba, que tiene su origen en Nigeria, especialmente en los grupos étnicos que lo forman como los ketu, los ifé y los egba. Para asignarle su papel dentro de la obra a Manuel, Eugenio dedicó mucho tiempo a estudiar la santería cubana, especialmente los libros The Secrets of Afro-Cuban Divination por Ocha ´Ni Lele, Obi: Oracle Of Cuban del mismo autor y Los Secretos de la Santería por Agun Efunde. En esta obra, Eugenio relata la vida de los antepasados de Manuel desde su captura en África para convertirlos en esclavos en las plantaciones agrícolas y en las minas en las América hasta su muerte en un palenque en la isla caribeña.
Por su parte, Guillermo que fue un personaje creado para las montoneras por Eugenio, no quería aceptar el papel que se le había asignado, pues desde el momento en que fue concebido espiritualmente por Eugenio, Guillermo se sintió molesto siendo todavía un simple germen que todavía no había tomado cuerpo en las ideas de Eugenio, razón por la cual, ese mismo día, se le turbó la cabeza a Eugenio, produciéndole un fuerte dolor en todo el cuerpo, contracciones musculares en el cuello y el abdomen y deseos de vomitar. Eugenio luchaba contra ese inesperado malestar que empezó a aturdirlo cuando dejó a un lado la PC de escritorio marca Dell para subir a su Ford Explorer para recorrer toda la costa a tomar aire puro y esperar que el malestar pasara. Mientras su yeepeta se deslizaba por la Winston Churichill, doblaba la George Washington por la derecha para dirigirse por toda la costa sur hasta la 30 de Mayo, Eugenio María Fernández comparó su malestar con el de una mujer embarazada: soy un hombre, no tengo dudas, esto es algo misterioso, cada vez que pienso en este personaje y le asigno un papel, siento los síntomas de una mujer embrazada, los mismos que mi mujer me dijo que sintió cuando estuvo embarazada de mi primer hijo.
Al otro día, después del desayuno que tomaba ligeramente en los jardines de su residencia, Eugenio se dirigió a la oficina donde recibía llamadas telefónicas que contestaba dependiendo de la importancia de la persona o institución que hacían las llamadas, escribía algunas cuartillas de acuerdo a su estado de ánimo que frecuentemente llamaba inspiración. Allí, solo, en su confortable oficina, pensó nuevamente en Guillermo, en el papel que le tenía reservado, mientras trataba de definir la naturaleza de su personaje y la psicología que definiría su personalidad y sus acciones, antes de ponerse a escribir, Eugenio oyó por primera vez la voz de Guillermo que le increpó violentamente tras una fuerte sacudida de pecho: ¿por qué razón me asigna usted ese papel? Eugenio se quedó sorprendido, completamente sorprendido, no por la pregunta misma, sino porque por primera vez había escuchado la voz de uno de sus personajes de ficción como nunca lo había imaginado en sus largos años de escritor. Las palabras que soltó Guillermo parecían haber salido de un túnel y por esa razón se repetían así mismas como ecos lejanos en los oídos y en el alma de Eugenio que empezó a retirarse del cuarto de oficina a donde estaba meditando sobre su personaje, pero antes de terminar de retirarse, volvió a escuchar la voz de Guillermo: usted no puede hacer conmigo lo que desee. Pero, yo…no tengo la intención de manejarlo a mi antojo, a mis personajes les doy libertad, y esa libertad, define mi obra y mi pensamiento. Yo empiezo mi obra con un simple argumento, son las circunstancias las que van llevando mi imaginación y así mis personajes surgen…y el destino por fin le asigna su papel, replicó Eugenio. Entonces, ¿por qué no discute conmigo el personaje que yo deseo ser?, le indicó Guillermo. Eugenio se pasó la mano derecha por la comisura de sus labios, divagó levemente la respuesta que debía ofrecer a Guillermo, casi tartamudeando le respondió: para empezar, ¿dígame usted, que papel quisiera tener en la obra? Guillermo titubeó unos instantes al responderle: digamos por ejemplo, banquero, galán, o… algo así. Eugenio entonces fue directamente al grano y sin ambages, le soltó una ráfaga verbal como pocas veces lo había hecho en su vida: usted tampoco va a modificar mi obra… el autor soy yo y usted es el actor que mi inteligencia ha creado. Usted es mi criatura, como tal me pertenece y deberás aguantar pacientemente que las circunstancias o el destino vayan definiendo su rol en la obra; usted me debe disciplina y amor o por lo menos obediencia. Prosiguió Eugenio sin detenerse un solo instante.
Serían poco más de las doce del mediodía y el sol de verano reverberaba sobre la ciudad de Santo Domingo, cuando de pronto Eugenio oyó otra voz distinta a la de Guillermo que se lanzaba a la palestra en forma de queja: si usted complace a Guillermo y lo convierte en el personaje que quiera, entonces tendrás que hacerlo también conmigo; usted me ha creado y me ha dado vida, pero también me la has quitado con pusilámines argumentos y en condiciones que yo no he querido, aunque acepté porque no quise prescindir de su voluntad a la que me he sometido sin poner condiciones.
Eugenio se quedó confundido y dejó que Ernesto prosiguiera. Nosotros –apuntó –aunque fuimos creados por usted tenemos nuestro libre albedrío, aunque usted quiera ignorarlo. El creador – respondió Eugenio- soy yo, frente a ustedes soy el todopoderoso, su vida la planeo y tutelo desde los aires como lo hacen los pilotos con sus aeronaves. Guillermo volvió a tomar la palabra, esta vez para dirigírsela a Ernesto: ¡no!, mis alegatos no tienen que ver con los de usted; usted y yo somos dos individualidades diferentes, como los más de seis mil millones de seres humanos que viven en este plantea y que no tienen el mismo papel; ni la misma huella digital; yo doy la cara por mi, aunque puedo estar de acuerdo con usted en algunas cosas simples y banales. Recuerda, los dos somos víctimas de la intransigencia y el verticalismo de nuestro creador. Eugenio tomó un cigarrillo crema, lo mordió dos veces antes de encenderlo en señal de impaciencia. Tomó el dossier de papel donde aparentemente escribía la obra y lo lanzó con vigor sobre el suelo. Se acostó en un pequeño sofá derruido en el que estaba soñando mientras miraba pasar lentas las sombras mágicas de la tarde. Miró asustado. Estornudó fuerte dos o tres veces, y acosado por la terrible esquizofrenia que a veces lo afectaba, volvió a escuchar las voces lejanas, casi diluidas, de los tres personajes revoltosos que estaba creando en el pequeño cuarto que habitaba frente al mar Caribe.
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