jueves, 4 de marzo de 2010

CASI MUERTO

FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL

El monte estaba oscuro en el mes de enero, densamente oscuro, precisamente cuando los días de invierno son más cortos y las noches se hacen más largas en el hemisferio norte. No había una sola alma por los alrededores, solo el sonido y el aleteo constante y presuroso de los murciélagos de una cueva y las aves nocturnas, las chicharras y los grillos en las ramas y los troncos de los árboles y el ruido del río que bajaba serpenteando las lomas de Panzo, mientras Blanco, moribundo, murmuraba en sus adentro,

- ¡caramba, me pasó esto a mí!,

Mientras la noche se tragaba los árboles y lo cerros macizos que tenía cerca y hacía resaltar el ruido del agua que caía abruptamente en cascada sobre un despeñadero en el fondo del valle formando un salto como si fuera una larga cola de caballo.

Blanco estaba tirado boca arriba en el suelo, casi sin movimiento, adolorido y acalambrado, respirando fatigosamente con el alma saliéndosele del pecho.

Solo atinaba a recordar por unos breves instantes los últimos acontecimientos de su fatídica noche, cuando alcanzó a ver aquella silueta de aquel maldito toro negro, que se confundía con su propia sombra y que desapareció de su vista y lo embistió con furia por sorpresa, mejor dicho, por la espalda, por el frente y los costados, moviéndose violento como un fantasma entre las sombras con los ojos brillantes para emerger con resoplidos por la boca y la nariz entre los matorrales, para propinarle, una, dos, tres, cuatro y más cornaduras y lanzarlo al suelo y levantarlo y volver a embestirlo, a cornearlo, a patearlo con sus patas delanteras tantas veces, hasta dejarlo inmóvil, casi muerto.

Todo ocurrió en un solo instante, como el rayo, sin que pudiera huir o defenderse de la endiablada bestia.

Supo que estaba herido cuando palpó el suelo y lo encontró húmedo; miró y no vio a nadie; volvió a mirar de nuevo y sintió que su cuerpo estaba sumergido en un gran charco de sangre que salía de sus costados.

De pronto, ante el intento vano de llamar en voz alta, de pronunciar nombres cercanos, queridos, amados u odiados y lugares lejanos a los que quiso ir alguna vez en su vida, la voz de Blanco se quedaba atrancada, entaponada, sin salir de su garganta una sola sílaba. En ese instante de corta duración, repasó detalladamente el primero y último acto conciente de su vida, pasándole revista a cada uno de ellos como si fuera un film de corto metraje, enjuiciándose a sí mismo, o rindiéndole cuenta detallada a otro con el que intentaba hablar y no podía.

Volvió a llamar y no pudo; perdió fuerza en las extremidades que no le respondían a sus deseos; el vientre le latía violentamente; y la cabeza le ardía y le dolía a la vez desde la boca reseca por la deshidratación provocada por la hemorragia, hasta la punta de los pelos que se movían con el viento frío que soplaba sin pausa.

Blanco comenzó a tener alucinaciones, a gorjear como los moribundos por la falta de oxígeno, a tener pesadillas, a tener un pensamiento incoherente y fugaz, que iba y venía como la llama de una hoguera que se movía, lo alejaba y lo acercaba a su propia realidad, se ponía pequeña y se agrandaba de repente entre los leños que la alimentaba.

Blanco se desesperaba. Tenía más de cuatro horas tirado entre las hojas y las ramas secas del monte desde que fue embestido por el toro, apenas se movía y cuando lo intentaba, el cuerpo le dolía. La sangre le salía a borbotones; tenía la cara pálida y amoratada como una hoja blanca y los ojos desorbitados.

Por un momento sintió que se moría como un animal abandonado. No quería morirse solo sin que nadie lo viera y le diera cristiana sepultura. Se apenó de sí mismo y lloró sudoroso por la suerte que corría. Intentó pararse y llamar a Maruca, su mujer, que lo esperaría, lo cual consiguió deletreando el nombre: M A R U C A.

Trató de incorporarse levemente con dificultad para ir hacia el río, agarrándose tembloroso de los troncos de los árboles que le quedaban cerca. Volvió a llamar a Maruca. Siguió avanzando lento, arrastrándose en zigzag hacia el río como si tuviera nadando en aguas picadas y profundas, con la cabeza escondida, pegada, inerte sobre el pecho, sin fuerza y la mirada perdida.

Por fin, llegó jadeando al río; se acercó a la orilla como pudo; introdujo la cabeza al agua con dificultad y comenzó a bebérsela en pequeños sorbos hasta saciar su sed; dejó de sentir el malestar de la muerte por unos instantes; pensó que se salvaría de esta; en medio de esa sensación de felicidad que se produce en el proceso de sanación de los males que agobian el cuerpo; quiso levantarse y no pudo; se estremeció como un rayo de los pies a la cabeza; vomitó lo poco que tenía en el estómago y volvió a desfallecer en medio del río…

Ahora, Blanco estaba tirado allí, arrastrado por la corriente hacia el centro del río con la cabeza hacia arriba, mirando sin moverse hacia el cielo, entre piedras y lodo, casi muerto, por no decir, muerto de verdad.




FIN

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