sábado, 19 de diciembre de 2009

¡¡BOLÍ, VINI – LA, BOLÍ, VINI-LA!!

FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL

La motocicleta ruge como un león endemoniado y se desplaza a toda velocidad por la larga y estrecha carretera, que se tuerce como una culebra de un costado a otro alrededor del cerro, de una pendiente a otra, espantando a su paso, a los caballos, a las vacas y a los chivos en el cerro corcovado de Juan Calvo y que en ese preciso momento pastan a la sombra del bosque latifoliado y las ciguas Madame Sagá de la Hispaniola, posadas para pasar la noche sobre las ramas de los árboles cercanos. Atrás, con la humareda de polvo y el cansancio del día que se evapora entre los cerros, va quedando con la brisa el último caserío de Dajabón con sus opacas luces pueblerinas, su mercado de viandas, azúcar, arroz, hielo, verduras, huevos, pollos, objetos de plásticos de todo tipo y pacas, sus calles maltrechas y polvorientas, sus heladerías ambulantes, sus almacenes, sus relojerías dispersas en pequeños kioscos, sus pensiones de haitianos, sus marchantes, sus viejas casas de madera con sus techos cubiertos de un zinc mohoso, sus altas temperaturas, sus pocos edificios gastados de la era de Trujillo con sus azoteas: el antiguo Partido Dominicano, el ayuntamiento, la gobernación provincial, la escuela, el parque municipal, el colegio de agronomía San Ignacio de Loyola, la iglesia y el hospital, sus cacharros tirados en los patios, sus automóviles cubiertos por el polvillo fino del abandono y el tiempo, sus carretas tiradas por hombres sudorosos, desnudos de la cintura hacia arriba y sus imponentes mercaderes en los días de feria procedentes de muchos lugares del país y de los campitos cercanos de Haití desfilando por las calles del pueblo con buen talante.

La motocicleta sigue alejándose de Dajabón por la larga, empinada y solitaria carretera que conduce hasta el Pino. En ella van sentados dos hombres desconocidos y en el medio de los dos, indefenso, va Bolí, quien cierra sus ojitos tristes y tiernos y sus puñitos de ángel abandonado, reflejando así su impotencia, mientras el sueño le llega de repente y lo turba. Bolí sueña en su pequeña y desolada aldea de Tirolí jugando con niños como él a la rayuela o al fútbol en el descampado de la escuela, frente al atrio de la bandera, pero especialmente sueña con madame Clarisse que lo estaría buscando como fou a esta hora de la noche entre los vecinos y el caminito que llega por un lado hasta Restauración y por el otro a Macasía, ora llamándolo en creóle a viva voz, ora llorando desesperadamente, al tiempo que se desplaza lentamente con su cuerpo pesado y su bella sonrisa, abriéndose paso en la oscuridad,

- ¡Bolí!, petit!
- ¡Bolí!, ¡Bolí!, ¡Bolí!,
- Petit, petit, petit
- Bolí, vini-la
- Bolí, vini-la

Al escuchar en su interior la voz de madame Clarisse que lo llama dulcemente y que luego se desvanece entre los cerros pelados y polvorientos de Tirolí y el mugido de las vacas en los corrales vecinos, Bolí estrecha dolorosamente su cuerpo semidesnudo al de los dos hombres que lo conducen.

- Bolí, viní-la
- Bolí, viní-la
- Bolí, vini-la

En ese instante, un profundo escalofrío empieza a recorrerle el cuerpo desde la cabeza hasta los pies; pues no sabe aún quienes son estos dos extraños que le taparon la boca y los ojos violentamente con sus dos manos, lo tomaron por sorpresa alzándolo por los brazos hasta subirlo a la fuerza a la motocicleta estacionada frente al mercado. Bolí había cumplido cinco años de edad. Es un niño pequeño y tierno, con una gran sonrisa dibujada en los labios. Hablaba poco. Entendía algunas palabras deletreando el español de la Frontera, aunque prefería comunicarse en la lengua de sus ancestros africanos, especialmente en la de su bisabuelo Ogan, un cochero de Saint Nicolás pregonador de historias,

- Bon jou, bon jou
- ¿Es ke ou pral netoiyé soulié?,
- Papa bondyé.

Bolí volvió a escuchar la voz de madame Clarisse que se perdía entre las nubes y las Montañas Negras de Haití, hasta apagarse de repente en un solo llanto que transformó en quejido la planicie del Artibonito,

- ¡Mamma Clarisse!
- ¡ Mamma Clarisse
- ¡Mamma Clarisse!

La motocicleta sigue su ruta indetenible hacia el Este en medio de la oscuridad y el silencio de la noche. Ya serían las diez y las estrellas brillaban solas como incontables puntitos en el cielo. El ruido de la motocicleta ensordece endemoniado y rompe en mil pedazos la noche como si fuera un espejo al estallar.

La ciudad de Santo Domingo era diferente a Dajabón y mucho más que a la pequeña aldea de Tirolí, donde a esta hora madame Clarisse seguía buscándolo por sus caminos de montaña y herradura, porosos, angostos y secos como cuero curtido, mientras la motocicleta seguía su camino. Madame Clarisse no había salido nunca de Tirolí, aunque tenía ideas vagas de cómo estaba organizada una ciudad y cómo se vivía en ella. Tenía curiosidad por conocer los edificios, el alumbrado eléctrico, las bombillas con sus luces multicolores, las calles y avenidas asfaltadas, las tiendas, los maniquís de los que le hablaba una prima que estuvo en una de esas ciudades y los automóviles que se desplazaban más rápido que los burros y los caballos que montaba para buscar agua al río o para trasladarse a otras comarcas. La noción que tenía madame Clarisse de una ciudad era la de Tirolí y las historias que le contaban los viajeros que habían visitado esos lugares eran diferentes a sus propias ideas.

- Allí – le decían- vendían el agua de tomar, los hombres eran desconfiados y no eran amigos de nadie, caminaban de prisa como los caballos jóvenes, no saludaban y hablaban poco, tenían las caras de hierro y las sonrisas burlonas. La ciudad es un monstruo ante diluviano con tres cabezas, que devora a sus propios hijos y no los hace ellos.

Presentía que a Bolí se lo habían llevado algunos de estos hombres malvados, parecidos a los tonton Macute, convertidos en bakaces y que no lo volvería a ver jamás, como a otros niños que salieron de la aldea en iguales condiciones; que le darían alimentos desabridos para asonsarlo, convertirlo en zombi y dominar su voluntad y su alma, que lo llamarían con otro nombre en español, como Luís, José, Pedro, Manuel, etc. y que Bolí sería transformado en otra persona diferente a su papa y al él mismo, que no tendría acta de nacimiento, ni existencia oficial, como tampoco tendría ese documento en Haití, que sería un apartides, un paria, que sería vendido a un maître por unos míseros pesos y luego vendido a otro y así sucesivamente, que lo pondrían a trabajar duro como su slavey en las plantaciones agrícolas y en las construcciones de las ciudades, levantando enormes montañas llamadas edificios, torres, etc. que cuando se hiciera adulto se olvidaría del rostro de mamma Clarisse, porque con el tiempo, si encontrara el camino y regresara algún día a su tierra, no la reconocería, aunque la tuviera dentro de su corazón, ya que ella estaría muy vieja y enferma, gastada como bagazo de caña por el inexorable tiempo, o quizás haya muerto y que pronto, cuando llegue a su extraño destino, esta misma noche o mañana temprano, él sería colocado en algún semáforo en la ciudad de Santo Domingo o Santiago en pleno sol o bajo la torrencial lluvia, extendería sus manitas, miraría directamente con sus ojos tristes al conductor detrás de los cristales del automóvil para pedir dinero y llevárselo…. al maître en el enfer....mientras madame Clarisse lo estaría esperando en todo momento durante toda la vida.

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