EL LUNAR QUE MOTIVO UNA AMONESTACION
COMO MEDIDA DE COERSION EN LA OFICINA
FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL
Moreno seguía impertérrito como un soldado frente al espejo donde estaba afeitándose los pequeños y escasos matojos de barba descuidada, que aparentaban distantes puntitos grisáceos mal colocados en el rostro y que empezaron a crecerle durante el asueto de fin de semana. Se tocaba lentamente con el frío metal de la navaja de afeitar el lunar que tenía debajo del pómulo derecho. Todavía estaba somnoliento y sentía que se caía al pisar en falso, razón por la cual agarró con fuerza el lavamanos para no caerse sobre el resbaladizo piso de granito. Sentía calenturas y descompostura en todo el cuerpo a causa de la baja temperatura provocada por el refrigerador del aire acondicionado instalado en su dormitorio que contrastaba con la del baño.
Se topó suavemente el lunar como si tuviera acariciándolo con cierto alivio y eso aparentemente lo llenaba de placer y satisfacción. Su mano, aunque suave, con sus uñas cuidadosas y correctamente recortadas y pintadas con laca natural, como la de todo oficinista que tiene que estrechársela a otras manos como carta de presentación del jefe y de toda la institución, para la cual trabajaba desde hacía algunos años; ahora, esa mismas manos hacían otro tipo de trabajo, aparentemente duro, similar a las uñas de las retroexcavadoras que se sumergen bajo tierra para arañar y levantar toneladas de tierra y pesadas rocas.
El lunar era pequeño y negro y parecía un puntito imperfecto sin la menor importancia, casi del tamaño del agujero de un poro que apenas se le podía ver con una lupa. Eran las cinco y media de la mañana del lunes doce de octubre y tenía que dirigirse a la oficina a presentarle la programación de trabajo de la semana al jefe, discutirla punto a punto con él, hasta satisfacerlo plenamente, escucharle sus historias, las mismas historias de siempre sobre la esposa con la que estaba obligado a estar casado para no tener que partir los bienes matrimoniales acumulados entre ambos durante su vida conyugal; sus automóviles de lujos parcados en el túnel del penthouse donde residía con Martica frente al parque Mirador Sur; los caballos de paso fino que tenía en la finca de Monte Plata; los hijos super inteligentes, casi genios y que echaban pálante en el colegio bilingüe donde estudiaban los dos más pequeños y donde también estudian los hijos de los generales, los empresarios del consejo de la empresa privada, los altos funcionarios del gobierno, como él, y los diplomáticos extranjeros; el viaje a un pueblo del interior; los tragos sociales en compañía del embajador de España o de Estados Unidos acompañados del personal del cuerpo diplomático y altos funcionarios del gobierno; la reunión informal con el secretario de estado, con lo cual denotaba su influencia; el juego de golf en el Country Club de la capital; la querida, a quien había mandado de viaje a Miami a pasarse unos días, para poder enfriarse con Martica y con la esposa que lo tenía al coger el camino, o la muchacha quinceañera que se llevó al motel y a quien le dio "una pela de a verdad, sin tener que utilizar la viagra, como si tuviera la fuerza de un adolescente o un verdadero toro miura", decía con el pechito inflado y completamente satisfecho. Después, reunirse con el administrativo y allí llenarse de stress, porque, aunque esea no hablaba mucho, "era duro para soltar un centavo para las actividades de la oficina, regateándolos como si los cuartos fueran suyos o de su familia", comentaba.
El jefe era muy exigente y perfeccionista y tenía una semana fuera de la oficina, pero además, era madrugador y puntual y no permitía que nadie, absolutamente nadie llegara tarde, especialmente el primer día de trabajo de la semana, cuando él daba el ejemplo asistiendo puntualmente a las siete de la mañana.
Moreno tenía que estar listo con la programación y tener escrito en blanco y negro, como director técnico, los informes al día de todo el personal y de todas las actividades realizadas durante la ausencia del jefe; leerlos minuciosamente uno a uno, responder preguntas sobre aquello o sobre lo otro y contar alguna discreción o chisme de la que había tenido alguna información y que se le antojara conocer al jefe con un dejo de malicia entre los ojos para complacer su morbo sobre algunas de las chicas en particular que él le había ayudado a conseguir trabajo, especialmente de algunas de las barbies que galanteaban a los directores y al propio jefe con sus pantalones apretados, demarcados en sus partes púdicas y con los pechos saliéndose de la blusa. En ese instante Moreno recordaba también a su antiguo jefe de oficina, diferente al actual, de hablar poco, cerebrotónico, Magna Cum Laudem en Economía en Harvard University, reservado, profesional, paciente en extremo, convencional y con una ética protestante que deshumanizaba, ya que por cualquier quítame esta paja no le temblaba el pulso para firmar el oficio de cancelación.
Aparentemente eso no tenía la menor importancia cuando se miraba al espejo y descubría por primera vez ese diminuto lunar negro que ahora aparecía en su rostro y que de inmediato empezó a preocuparle. Quizás ese inocuo lunar oscuro estuviera ahí en ese lugar de su rostro hacía tiempo y pasaba desapercibido y que lo descubriera con sorpresa por casualidad esta mañana, como ocurre cuando uno ve las cosas por primera vez, se dijo para sus adentros. Volvió a tocarlo. Se acercó más al espejo para percatarse mejor de su existencia y notó sus irregularidades geométricas. Era un lunar poliforme, alargado en ocasiones o redondito, eso dependía de la posición de donde se le mirara. Por ejemplo, si se le miraba de frente, el lunar acusaba la figura de una pequeñita pata de gallina roja con sus alargados dedos, si era de lado, tomaba la forma de un perfecto escorpión aplastado y si fuera a cierta distancia, es decir pegado al inodoro o a la puerta de entrada, aunque borroso, tomaba la forma cilíndrica de una hormiga.
Cada vez que lo miraba, el lunar parecía que crecía y mientras más grande lo veía, la desesperación se apoderaba de Moreno que tenía que prepararse para ir a la oficina: vestirse elegantemente con traje formal confeccionado por los principales modistos de moda, colocarse sobre el cuello la nueva corbata que se ponía a diario con su nudo preferido, el Duque de York, como era su costumbre, tomar el desayuno, llevar la niña más pequeña al colegio y luego dirigirse en su sedán a la oficina por toda la avenida, pero ya eran las seis de la mañana y todavía estaba estático frente al espejo y no se había rasurado ni duchado, como pretendía en ese momento.
Mientras se miraba cuidadosamente una y otra vez el rostro en el espejo, notó de repente que el lunar comenzaba abultarse, que ya tenía cierto tamaño y que mientras más crecía, tomaba otras formas. Ese cambio aparente de tamaño comenzó a preocuparle, aunque guardaba silencio para no alarmar a la esposa, afanosa y diligente, que estaba en la cocina preparándole el desayuno junto a la conserje, que había llegado el domingo del Estero de Neyba.
Seguía mirándose y el lunar se veía más grande. Pensaba terminar de rasurarse y ducharse y en lugar de dirigirse a la oficina a donde el jefe, ir al médico para que lo atendiera con urgencia. Pero la situación lo aturdía, no sabía qué hacer en ese momento, ni tampoco quería consultar a la esposa para no complicarse mucho.
Ya eran las siete de la mañana, se imaginaba al jefe llegar aparatosamente a la oficina a esa hora, con dos franqueadores abriéndole el paso en el tapón de la 27 de Febrero con Churchill y la seguridad inmediatamente detrás de su yipeeta oficial con placa de tres dígitos, y , como un rito, sentado frente a su escritorio, con una tacita de café colocada encima de una mesita y mirando entretenidamente a los comentaristas y analistas de televisión, escrutando las noticias de los periódicos matutinos, observando cada detalle de lo que decían los dirigentes del partido oficialista entrevistados, los de la oposición y los de la sociedad civil, que estaban presentándose en distintos canales y que él buscaba con el control que tenía a su lado. Detrás, los empleados del despacho, simulando sus nervios con una aparente sonrisa de bienvenida y agrado, a juzgar por la rigidez de los movimientos teatrales que denotaban en sus gestos y en sus miradas cargadas de espanto y odio soterrado.
El lunar ya sobresalía y prácticamente le cubría todo el pómulo derecho. Era una bola grande informe que crecía sin control sobre su rostro. Se miró y cerró los ojos. Dio un paso atrás. Pensó seriamente llamar a la esposa, que en la cocina consultó el reloj de pared y se dio cuenta que era tarde. Se dirigió al dormitorio y al vestíbulo. Vio que Moreno no estaba en esos dos lugares. Tocó la puerta del baño y llamó a Moreno. Moreno no quería que lo vieran en esas condiciones y por esa razón no respondió una sola palabra.
En la oficina el jefe consultaba su Cartier y ya casi serían las siete y media de la mañana. Se levantó del mueble donde leía los periódicos matutinos. Tosió y llamó a uno de sus subalternos para preguntarle si el saloncito verde donde acostumbraba hacer la reunión de los lunes estaba listo, preguntó si Moreno estaba allí, esperándolo ceremoniosamente, como siempre entregado a su amo. Alguien del despacho marcó al móvil de Moreno para avisarle que se diera pronto que el jefe estaba esperándolo. Contestó la secretary automática. En tanto Moreno seguía con su vía crucis en el baño. Ya no aguantaba más. El lunar había crecido tanto que prácticamente le bloqueaba el ojo derecho y ya no podía ver por ese ojo. Comenzó a llorar largamente en silencio, impotente, con coraje espartano, casi desvanecido, mientras la esposa y la conserje golpeaban fuertemente la puerta con los nudos de sus dedos y luego con un poderoso objeto para intentar derribarla. En ese preciso instante el jefe llamaba iracundo, fuera de sí al jurídico para determinar las sanciones disciplinarias a tomar, después de una breve consulta y explicación con el Código Laboral en las manos, llamó a su secretaria particular "para que redactara una amonestación para Moreno y la remitiera al departamento de recursos humanos como primera medida de cohersión, pidiéndole para los fines de lugar correspondientes, una atenta explicación por escrito por el abandono del cargo ese día lunes 12 de octubre del año 2009".
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor agalo con criterio