FERNANDO FERNÁNDEZ DUVAL
El juez de traje azul y leontina que conocí hace años, no recuerdo en qué lugar, entró a la amplia sala con solo dejar al descubierto su rostro de piedra dura.
Allí estaban todos arrodillados frente a una imagen pagana: Judas y Bruto. Juntos, ahora, iniciaron la argumentación de su larga defensa frente al juez que los miraba, a pesar de la condena que todavía perdura como mancha indeleble, per se cula seculorum.
Mientras pronunciaban sus largos e interminables discursos en el polvo de los siglos en un lugar remoto que mi memoria no alcanza a recordar, César, ufano de su gloria inmortal que aún suena en las patas de su caballo que conquistó civilizaciones enteras en el desierto de la noche, hizo su entrada; más tarde lo haría Jesús, humilde y clarividente, mal vestido, delgado, mirada firme y dulce, seguido de una multitud descalza y hambrienta formada por pordioseros, andrajosos, carpinteros, panaderos, prostitutas, ladrones, enfermos, inválidos, pastores, pescadores y gente de toda laya.
Los dos, es decir, Bruto y César, atónitos, fijando su mirada lejana a los recién llegados, quedaron condenados para los próximos siglos
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Por favor agalo con criterio