Por José Saramago (Premio Nobel de Literatura)
Supongo que en elprincipio de los principios, antes de que hubiéramos inventado el habla, quees, como sabemos, la suprema creadora de incertidumbres, no nos atormentaríaninguna duda seria sobre quienes éramos y sobre nuestra relación personal ycolectiva con el lugar en que nos encontrábamos. El mundo, obviamente, solopodía ser lo que nuestros ojos veían en cada momento, y también, comoinformació n complementaria no menos importante, lo que los restantes sentidos –el oído, el tacto, el olfato, el paladar – consiguiesen comprender de él. Enesa hora inicial, el mundo era pura apariencia y pura superficie. La materiaera simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, ácida o insípida, sonora osilenciosa, con olor o sin olor. Todas las cosas eran lo que parecían ser porel simple motivo de que no había ninguna razón para que pareciesen y fuesenotra cosa. En aquellas antiquísimas eras no se nos pasaba por la cabeza que lamateria fuese "porosa". Hoy, sin embargo, aunque sabedores de que desde elúltimo de los virus hasta el universo, no somos nada más que organizaciones deátomos y que en el interior, además de la masa que les es propia, aunque sobraespacio para el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos, tal como hicieron nuestros antepasados de las cavernas, aprendiendo, identificando y reconociendo el mundo según la apariencia con que se nospresenta. Imagino que el espirito filosófico y el espirito científico,coinciden tes en su origen, se habrán manifestado el día en que alguien tuvo laintuición de que esa apariencia, al mismo tiempo que imagen exterior captablepor la consciencia y por ella utilizada, podía ser, también, una ilusión de lossentidos. Se bien es verdad que habitualmente se refiere más al mundo moral queal mundo físico, es de todos conocida la expresión popular en que esa intuiciónse plasma: "Las apariencias engañan." Una ilusión, por tanto…
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